A partir de entonces Gonzalo Guerrero fue una mancha para el Imperio y para España, un traidor, un hereje. No había palabras para definir a aquel hombre que no sólo traicionó a su pueblo, sino a su fe y a sus creencias. Un hombre que era capaz de matar a los suyos y entorpecer la voluntad real y divina. Alguien a quien Cortés jamás nombró en sus cartas salvo como “el otro”. A partir de ese momento Gonzalo Guerrero pasó a la historia con el sobrenombre de “el renegado”.
Jerónimo Aguilar, por su parte, jamás pudo volver a su tierra. Muy a su pesar, no pudo encontrar la paz anhelada, perdida durante tanto tiempo, que le hiciera reencontrarse con su Dios en algún monasterio de las montañas andaluzas. El destino le tenía reservado otro papel. El destino y Hernán Cortés claro. La posibilidad de hacerse con un traductor de confianza, de su propia sangre y que comulgara con sus intenciones, era algo tan valioso como el oro de aquel lugar. Aguilar era el primer castellano en conocer la lengua maya por lo que, cuando más adelante Cortés pudo contar con los servicios de una hermosa e inteligente mujer del otro lado de aquellas tierras, una indígena conocida por la Malinche y que más tarde se rebautizaría como Doña Marina (la otra cara de la moneda de Gonzalo Guerrero), se crearía un original y curioso sistema de traducción a tres. Jerónimo traducía del español al maya y Malinche, a su vez, del maya al azteca, de modo que Cortés tenía controlado todo el cotarro de lo que más tarde sería su conquista de México.
Y no hace falta llegar al final de este relato (aunque tendrán la oportunidad de comprobar que se adapta perfectamente) para citar la tercera película que, a pesar de alguna alusión fotográfica previa, aún tenía en el tintero: “La Misión” de Roland Joffé. Genial espectáculo de emociones, desde los paisajes de ensueño, hasta el guión y la música de Morricone. Los personajes de Robert de Niro y Jeremy Irons, aunque salvando las distancias en el caso del religioso, recuerdan de alguna manera a los dos españoles. El soldado y el cura. Ambos, extraños, al principio, en una cultura ajena. El jesuita que no cree en la violencia y se pone en manos de Dios, y el soldado renegado que lucha contra los suyos para salvar a los que ahora le acogen, atacando para defenderse, sacrificándose por su nuevo pueblo, el verdadero.
De nuevo pido un inciso. Hagamos una elipsis y enlacemos el final de esta historia con el principio de ella. Recuperemos a aquel jefe maya encima de la atalaya que, mirando al mar, rememoró esta historia. Aquel orgulloso cacique cuyos rasgos diferentes serían ahora difíciles de apreciar. Imaginemos como, de un plano general en el que la silueta alta y robusta de aquel hombre se recorta al contraluz de un sol que, como personal metáfora, esta a punto de sumergirse en aguas teñidas de sangre y oro, se pasa a un primer plano, en un zoom que acaba en sus ojos claros y marcados por la fatiga. Unos ojos que miran más allá del horizonte, hacia el pasado, y que ahora debe mirar de nuevo a el futuro, aunque éste sea tan incierto como su propia vida. Aquel guerrero debe marchar. Sus soldados lo están esperando.
La última batalla pondrá fin a la historia de Gonzalo Guerrero.
A partir de entonces los mayas desaparecerán como reino para convertirse en esclavos o conversos, y dará comienzo
la conquista de México. Como Boabdil en otros tiempos que, Gonzalo, a pesar de su contribución, apenas recuerda, será Moctezuma, tras la caída de los mayas, el último bastión (azteca en este caso) para que, de nuevo, el glorioso Imperio donde nunca se pone el sol expanda su poder y su religión. Ahora sólo quedarán Perú y Pizarro para que aquella conquista, evangelizadora para los Reyes Católicos pero interesada para los lejanos súbditos de un emperador extranjero que nunca los conoció (Carlos V), quede consolidada. La conquista de América, el Nuevo Mundo forjado a fuego y golpe de cruz y espada.
Los desastres de Cabo Catoche y Champotón, conocido desde entonces como el cabo de la “mala pelea” no dejarán indiferentes a los gobernadores y comandantes de los importantes sitios de Indias. Cortés no tuvo oportunidad de vengar el orgullo militar y tomar aquella península, pues debía seguir ruta hacia la mítica Tenochtitlán, pero en 1536 otra expedición, mejor dotada en número y armas, con Lorenzo de Godoy al frente, intentará tomar de nuevo aquellas tierras, ahora cerca de la actual Honduras, en Puerto de Caballos.
La llegada fue rápida y por sorpresa. Varios navíos colmados de cañones, con cientos de soldados, caballos y artillería, se adentraron por los anchos esteros de aquellas lenguas de mar, hacia el río Ulúa. Los indios del cacique Cozumba advertidos con poco tiempo, pues los “hombres de hierro” avanzaban con presteza, apenas habían tenido tiempo de organizarse.
A pesar de todo el gran Nacom blanco, el jefe barbado, nuestro “indio de Palos”, venía de camino, con cincuenta canoas, a reforzar el Ticamaya y entrar en aquella decisiva batalla. Gonzalo había creado un básico sistema de espionaje entre los indios capturados por los españoles que conseguían escapar y los esporádicos soldados castellanos presos en diferentes tribus vecinas, de los que obtenía información a cambio de perdonarles la vida, muy estimadas por los hechiceros para sus sacrificios, pues no había mejor ofrenda a los dioses mayas que el coraje y valentía de un guerrero, y esos “castillan” demostraron tenerla. De esta forma supo de la llegada de los barcos al Valle del Sula, en las costas hondureñas.
El desenlace era inevitable. Los españoles estaban prevenidos y escarmentados y venían dispuestos a terminar lo que tantas veces habían empezado.
No habría cuartel.
Las barcas ligeras de los soldados de Godoy cargaban con ballesteros y arcabuces, adentrándose en zona pantanosa. Las naves empezaron a disparar andanadas de cañón para despejar el terreno. Los jinetes, tan nerviosos como sus caballos, sujetaban firmes las riendas y la infantería de alabarderos, impaciente por saltar a tierra, apretaban los dientes ante el sonido de tambores y cánticos de guerra.
Entre tanto, los indios se iban situando, apostados entre las rocas, subidos a los árboles, parapetados en manglares. De repente comenzaron a escupir una lluvia de flechas cubriendo el contraataque de sus canoas. Los castellanos dispararon. Comenzó la lucha.
Algunos caballos desembarcaron otros no tuvieron tiempo. Las flechas y lanzas atravesaban la carne, la pólvora quemaba y agujereaba, las macanas rompían huesos y las espadas y machetes, junto con la metralla de los cañones, mutilaban y despedazaban. El río Ulúa empezó a cambiar de color con la sangre de la historia.

Cuando los españoles, confiados por su superioridad numérica y armamentística, decidieron que no sería necesario desembarcar más efectivos, pues la victoria se inclinaba de su parte (no en vano el verdadero Dios estaba con ellos), empezaron a llegar las canoas de Gonzalo. Aquel meandro del río, de repente, se cubrió de piraguas repletas de indios que, esperando la orden de su jefe, mantenían las cuerdas de los arcos tensas sin disparar aún sus proyectiles. Godoy, desde el castillo de su barco, frunció el ceño y, antes de que le diera tiempo a pensar, cientos de flechas ardiendo volaron hacia sus navíos.
Las canoas se separaron. Unas fueron a ayudar a sus compañeros que luchaban en tierra y en la ribera del río, las otras se dirigieron a los barcos, algunos de los cuales tenían el velamen y la cubierta en llamas. Los arcabuceros se prepararon para rechazar a aquellos salvajes. El combate se intensificó.
Los mayas, con los cuerpos pintados de negro y rojo, las caras y las manos blancas, sus atuendos de rústico algodón y penachos de plumas, armados hasta los dientes y aullando como demonios, causaban en sus enemigos el efecto deseado. Miedo, desconcierto, nerviosismo. Algunos pudieron abordar los barcos y el combate cuerpo a cuerpo fue brutal, cuellos degollados, cabezas aplastadas…, algunos de esos indios robaban las armas de sus contrincantes y, ante el asombro y temor de los soldados españoles, las usaban con soltura y efectividad. Hasta Lorenzo de Godoy tuvo que desenvainar su espada.
En medio de aquella vorágine Gonzalo, de pie en su canoa y dirigiendo los ataques con un sable en la mano, reconoció, en un momento dado de la batalla, a un soldado. Estaba apostado en la cubierta inferior de aquel barco, cebando uno de los cañones con la cara medio tiznada de pólvora. Un tal José Panyagua, creía recordar, natural de Burgos. Fue compañero suyo en la campaña de Nápoles y en más de una ocasión se cubrieron las espaldas. Aquel recuerdo pasó por la cabeza de Guerrero abstrayéndolo, por un segundo, de aquella matanza. De repente Panyagua lo miró. Gonzalo, ajeno por un instante a su actual aspecto, creyó ver reconocimiento y sonrió levemente. El soldado lo apuntó con su mosquete y disparó errando el tiro…, parecía asustado. En ese momento una flecha atravesó su cuello, y junto con la vida de su antiguo amigo desapareció aquel último recuerdo de Gonzalo Guerrero.
Los españoles empezaron a ganar terreno. Con sacrificio y numerosas pérdidas fueron acorralando a los indígenas, haciéndolos retroceder. Gonzalo, sin embargo, luchaba en el río yendo con su canoa de un sitio a otro, ayudando a sus nuevos hermanos, matando a los viejos. Parecía un demonio poseído al que los dioses protegían, pues erguido en su barca, los cañonazos levantaban el agua a su alrededor sin llegar a tocarlo. Pero los dioses son caprichosos y, mientras Gonzalo gritaba, ordenaba, lanzaba mandobles con su espada cortando carne y partiendo huesos, una flecha de ballesta se clavó por encima de su ombligo atravesándolo. Gonzalo sintió como le desgarraba el estómago y le dejaba sin respiración. Ese momento de reparo que le hizo bajar la defensa fue suficiente para que un certero tiro de arcabuz reventara el pecho del que, en otros tiempos, fuera gran arcabucero. Fue este disparo el que realmente le mató.
Gonzalo cayó al agua. Sus guerreros, tras presenciar la mortal descarga, acudieron en su ayuda recuperando el cuerpo
moribundo de su jefe. Los españoles estaban ahora machacándolos. A pesar de todo, la piragua que transportaba al palermo pudo llegar a la orilla, y sus fieles cargaron con Gonzalo replegándose, junto con los demás, hacia el interior de la selva. Allí, a salvo por un momento, depositaron su cuerpo en el suelo, sin moverlo demasiado. Estaba agonizando. Nadie intentó sacarle la flecha, no había ya nada que hacer. El gran agujero en su pecho era mortal de necesidad. Incompatible con la vida.
Gonzalo Guerrero miró su herida y, con su último aliento, pidió que siguieran luchando. Luego tosió, escupió sangre, y antes de expirar aún tuvo tiempo de susurrar que cuidaran de su familia.
Gonzalo Guerrero, natural de Palos de la Frontera (Huelva), soldado y marino español…, cacique maya…, murió en 1536 en Puerto de Caballos.
Los mayas se retiraron dejando el cuerpo de Guerrero en aquella selva. Cuando los soldados castellanos, más tarde, hicieron recuento de bajas lo confundirían con un indio más de los allí yacentes. Sin embargo, en una carta conservada en el Archivo General de Indias de Sevilla, escrita, el 14 de agosto de aquel año, por de Andrés de Cereceda (quien fue gobernador de Honduras, y que lucho en aquella batalla contra Cozumba), se relata lo siguiente: …”Como en el combate dentro del albarrada el día antes que se diesen, con un tiro de arcabuz se abía muerto un cristiano español que se llamaba Gonzalo (Guerrero), que es el que andaba entre los yndios en la península del Yucatán veynte años ha y más que este el que dizen que destruyó al adelantado Montejo; y como lo de alla se despobló de cristianos vino a ayudar a los de aca con una flota de cinquenta canoas y a matar a los que aquí estabamos antes de la venida del adelantado abra cinco o seis meses cuando yo hize justicia de ciertos caciques de la tierra como atras he tocado porque fui avisado de la trayción y junta que sobre paces tenia urdida; y andaba este español que fue muerto desnudo y labrado el cuerpo y en abito yndio”…
Al caer la noche, los hombres de Gonzalo fueron en busca del cuerpo de su jefe, que yacía tal y como lo habían dejado. Los mayas lo cogieron con respeto, el que se merece un gran nacom que ha partido finalmente hacia el Sol, y lo llevaron, casi en procesión, hasta la orilla del río. Allí lo dejaron flotar, con suma delicadeza, mientras la corriente lo arrastraba hacia la embocadura del mar. No hubo piras incendiarias ni enterramientos. Fue su último homenaje a aquel hombre que el océano trajo y que al océano devolvían.
Gonzalo Guerrero fue desterrado de la gloriosa historia de España. A pesar de ello, su existencia se conoce gracias a el relato de su compañero, Jerónimo Aguilar, y por las crónicas de algunos contemporáneos, especialmente Bernal Díaz del Castillo.
Durante mucho tiempo su nombre fue sinónimo de traición y se evitaba nombrarlo. Posteriormente, su tierra adoptiva, la verdadera para él, lo rescató considerándolo el padre del mestizaje mexicano. Siendo sus hijos los primeros mestizos de América fruto del amor por sus gentes y su tierra, y no de la violencia, el odio y la prepotencia de los invasores.
Con el tiempo, Gonzalo Guerrero ha sido recuperado por unos y por otros. En México (Yucatán) tiene varios monumentos conmemorativos y plazas, en el Paseo de Montejo de la ciudad de Mérida, en Chetumal y en Cozumel (Quintana Roo). En España, para la mayoría aún sigue siendo un desconocido. Ni un vestigio en Huelva. En Palos un retrato perdido entre varios otros, en la antigua Casa Museo de Martín Alonso Pinzón y apenas una línea en la información publicada por la ciudad natal.
A pesar de todo, cuando empecé a documentarme me sorprendí de lo que encontré. No sólo la variedad de textos clásicos sino la cantidad de estudios, publicaciones y escritos al respecto, alguna que otra novela e incluso un par de cómics. No es de extrañar, pues pocas historias de ficción tienen tantos componentes literarios como esta “True Story”. Lo raro es que aún no se haya llevado al cine, aunque tiempo al tiempo…, basta con que Hollywood se entere, y no precisamente la hermanada con Huelva.
En cuanto a la bibliografía consultada, aparte de lo apuntado en una de mis tantas “interrupciones” debo decir que ha sido un verdadero placer sumergirme en toda esa literatura, antigua y moderna, que ha absorbido por completo mi último mes, hurtando tiempo mientras trabajaba y apurándolo cuando no lo hacía. La experiencia, no obstante, ha sido gratificante y espero que para ustedes también lo sea, pues este relato ha ido creciendo solo, como si tuviera vida propia y, con la modestia y respeto que debo a cualquier otro que antes que yo (más o menos profesionalmente) se haya sumergido en el océano en busca de los restos de este personaje para estudiarlo, novelarlo, colocarlo en la historia o, simplemente, tenerlo como amigo durante un tiempo, mi intención ha sido que ustedes se emocionen tanto como yo, imaginando la vida de un hombre en un tiempo tan duro como fascinante.
Por esto, en vez de aburrirles con una extensa bibliografía de tipo académica (tampoco esto es ninguna tesis doctoral) creo más acertado comentársela un poco, especialmente aquella que he manejado y consultado.
Para empezar, citaré los autores contemporáneos a nuestro héroe, dos de los cuales tuvieron información de primera mano como son Hernán Cortés en sus “Cartas de Relación” y Bernal Díaz del Castillo, con su maravillosa “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, totalmente recomendable incluso para deleitarse leyendo por puro placer. También de la misma época están López de Gómara, (aunque criticado por Bernal por escribir de oídas sin salir de España), que escribió “Historia General de las Indias y la Conquista de Mexico” y, por otro lado, la “Relación de las cosas del Yucatán” donde Diego de Landa, más tarde obispo del Yucatán, hará una crítica de las costumbres y creencias indígenas que, salvando su carácter apológico contra ellas, tienen un punto de vista antropológicamente interesante. Todo lo contrario en su exposición es Fray Bartolomé de las Casas con su fiel pero algo tediosa “Bellísima relación de la destrucción de las Indias” y, algo más tarde, Diego López de Cogolludo, se basaría en los escritos desaparecidos de Landa para escribir “Historia de Yucatán” e, igualmente, Fernández de Salazar se valió de las Cartas de Cortés y los escritos de Gómara para redactar un valioso tratado “Crónica de la Nueva España”.
Y no quiero acabar esta lista de textos clásicos (entre muchos otros, se entiende) sin citar la bella obra dramática en verso “La conquista de México” de Fernando de Zárate (ó Antonio Enríquez Gómez), una de las pocas epopeyas épicas escrita sobre el tema.
Hasta aquí, para no aburrirles, los textos clásicos, nombrándoles a continuación algunos más recientes como “Perfil de Indoamérica de nuestro tiempo” de Lipschutz (1968), “Gonzalo Guerrero, (apuntes para su biografía)” de José Armando Ceballos. Quintana Roo (1980) o “Lenguas, traducción y metáfora: relatos de la alteridad en tres crónicas de la conquista de México” de Valeria Añón, Universidad de Buenos Aires CNICT (2006). Y entre la novela y la historia está “Gonzalo Guerrero, Memoria olvidada. Trauma de México” de Carlos Villa Roiz (1995), original crítica al sometimiento conquistador desde la perspectiva de la supuesta hija de Gonzalo Guerrero, convertida ahora en doncella del obispo Diego de Landa.
Ya en el terreno de la novela histórica pura y dura me topé, al menos, con cuatro obras (que no he tenido oportunidad de leer). “El futuro fue ayer” de Luca de Tena (1987), que da el protagonismo a Jerónimo Aguilar, “Gonzalo Guerrero” de Eugenio Aguirre (1991) y “Huracán Corazón del Cielo”, de Francis Pisani (1992), ambas basadas en la vida del Palermo. Y la más reciente y ficcionada “La última Profecía” de Álvaro Ancona (2008).
Para acabar, uno de los últimos hallazgos, entre el estudio y la novela, fue el de un paisano suyo, Salvador Campos Jara, que en 1995 parece ser que (al igual que yo ahora) se topó con Gonzalo Guerrero por casualidad. La diferencia es que el onubense citado convirtió la vida de nuestro personaje en motivo de su estudio, tesis doctoral y beca para un futuro libro, que desconozco si vio la luz, cuyo acertadísimo nombre sería “El hijo de los alacranes” (como lo envidio). Su trabajo se llama “Gonzalo Guerrero: elementos para la creación de un mito”. Universidad de Huelva (1995).
Por último solo citar, como curiosidad la existencia, al menos de dos cómics, uno de ellos “Conquistadores de
Yucatán” de Miguel Calatayud y Fernando Savater (1992), el otro creo que es francés “Guerrero l’etranger” de Maranzano y Camille le Gendre.
Y finalmente, como sorpresa para todos, una ONG de Huelva (única referencia que he encontrado en la capital) llamada “Gonzalo Guerrero”, parece ser que desde 1992 relacionada con Iberoamérica y no se si aún en activo.
No quiero acabar sin hacer algún apunte a las imágenes que he utilizado (al menos para que no me empapelen), las cuales también han tenido su curre. Varias tardes me ha sorprendido mi mujer frente al ordenador con los ojos enrojecidos en plan zombie y moviendo los dedos como un autómata, guardando imágenes como el que guarda dólares y que, ya imaginarán, para que sean más o menos acordes a la narración, han necesitado acumularse en una buena base de datos. Aprovecho, por tanto, para pedir permiso a los autores de las mismas, (pues cada vez que grababa una se me cortaba el cuerpo con la dichosa “protección”) ya que, aunque no se muy bien como funciona esto de los derechos y el copyright, mis intenciones son totalmente altruistas y, como pueden comprobar, no persigo ningún fin lucrativo más que el propio goce de la escritura y la lectura, por lo tanto espero que sea suficiente.
Enrique Carrillo.
























en disciplinas desconocidas hasta entonces para ellos como eran la estrategia y las tácticas militares, utilizando estas nuevas técnicas de guerra en sus frecuentes enfrentamientos con clanes y dinastías rivales. Los numerosos triunfos de los miembros de la tribu en sus luchas internas, con la ayuda y consejos de Gonzalo, terminarán dándole a éste un cierto estatus, dedicándose, a partir de ahora, a adiestrar a los guerreros nativos en las artes de la guerra que, desde un punto de vista “europeo”, ganarán en disciplina y eficacia. Las acciones grupales, las estrategias y juegos tácticos, los ataques en relevo, las defensas organizadas…, eran insólitas para sus adversarios por lo que, combinados con el ímpetu, conocimientos y habilidades autóctonas, las victorias se sucedían unas tras otras.
Y ahora permítanme citarle la segunda película que, inevitablemente, me recordó esta historia y que, en este momento, le viene al pelo. Como Richard Harris en “Un hombre llamado Caballo” Gonzalo resiste estoico todas las pruebas que le inflingen. Tal que el personaje del actor británico en la antigua película, el andaluz sabe que esto es el principio de su transformación y el final de su vida anterior. Guerrero comprendió y asimiló perfectamente las costumbres, religión y filosofía de aquella gente, y las hizo suyas con aquel sacrificio. Tras superar las más terribles pruebas se dejó hacer las mutilaciones y escarificaciones rituales. Los tatuajes shamánicos grabaron todo su cuerpo y labraron su cara. Se dejó perforar las orejas y colocarse los típicos zarcillos que deformaban sus lóbulos, así como los aros y pasadores que atravesaban su boca. Sus cabellos, más largos que el de la mayoría de los nativos, fueron trenzados y adornados como corresponde a un gran jefe y, en definitiva, su aspecto dejó de ser el de un hombre para convertirse en un enviado de Ahchujkak, el dios maya de la guerra.

Champotón, aquellos salvajes estaban esperándolos. No estaban asustados ni confiados, sino atentos a sus movimientos. Los soldados castellanos, acostumbrados a otro tipo de reacción cuando aquellos aborígenes veían sus armaduras brillantes, fueron escoltados por los nativos hasta su pueblo, asombrándose de aquellas construcciones de piedra estucadas y coloreadas que, en mitad de la selva, salían a su paso. Rápidamente pensaron en las riquezas y tesoros que podrían guardar y, bajo excusa de pedir agua, acompañaron a aquellos extraños indígenas que casi parecían sonreírles (”más no era sonrisa amistosa sino inquietante…”, declararía uno de ellos más tarde). El calor era sofocante, la humedad elevadísima, los mosquitos y garrapatas los estaban devorando, pero los españoles avanzaban con paso firme y autoritario, sin dejar ver a aquellos indios apostados en los árboles que, realmente, estaban a punto de desfallecer. Una vez en aquella extraña ciudad, las mujeres salían a su paso, conservando aún la perseverante y maliciosa sonrisa.
corazas para enfriarlas. Inmediatamente, quisieron entrar en los templos y edificaciones notables pero el shamán lo impidió señalando hacia una escultura de piedra, sobre un pedestal al que se accedía mediante cuatro rampas, que representaba una figura devorada por un animal mitad serpiente mitad jaguar. Las rocas también estaban teñidas de rojo. Los soldados castellanos no se amilanaron, su avaricia era superior. Con desfachatez y soberbia empujaron a algunas mujeres para abrirse paso e, inmediatamente, aparecieron cientos de guerreros que entonaron una letanía cada vez más sonora. En pocos segundos, los gritos y aullidos de aquellos hombres se mezclaban con los animales de la selva, monos, papagayos y tucanes acompañaban los alaridos fantasmagóricos de aquella gente. Los españoles retrocedieron despacio ante los guerreros nativos que les apuntaban con flechas y lanzas. En su camino de regreso a la playa no dejaban de aparecer, como si se materializaran de la nada, hombres pintados, mimetizados con la selva. Un soldado dio un paso en falso y, en el acto, decenas de flechas lo atravesaron, dos de ellas en el cuello y la cabeza, la última en el ojo.
Los españoles no sabían de dónde les venían los ataques. Flechas, dardos emponzoñados que apenas atravesaban la piel infectaban… Sus armas de fuego no eran efectivas ante seres invisibles, sus espadas y lanzas no podían actuar sin un blanco cercano…Fue una masacre. Los cuerpos caían unos tras otros, y cuando estaban a punto de huir… aparecieron…

Los tripulantes del barco no daban créditos a sus ojos, pues aquel salvaje se les estaba dirigiendo en cristiano. Deduciendo que se trataba de unos de los cautivos lo hicieron subir a bordo, pero su apariencia, la piel morena por sol, el cabello trasquilado como un esclavo indio y su cuerpo casi desnudo, a expensas de un roído trapo del que colgaba un libro de horas muy viejo, les hizo dudar llamando a su capitán. A poco llegó Cortés, Jerónimo se puso en cuclillas, a la manera india, ante lo cual éste le hizo levantar y mandó vestir decentemente. Inmediatamente le preguntó por el otro español que decían haber, y Jerónimo le contó que se llamaba Gonzalo Guerrero, que fue a pedirle venir pero éste se negó porque vivía como indio entre los indios “y dijo que estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadadas las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tienen por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos. (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fue inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba”. Las sospechas de Hernán Cortés de que un traidor estaba ayudando a aquellos salvajes se confirmaron. Las referencias de sus oficiales a la forma de guerrear, las reacciones inusitadas de los indios, las familiares palabras “castillan, castillan” en referencia a Castilla, lugar de donde procedían y las otras hasta ahora no entendidas “ al calachoni, al calachoni ” , que no significaba otra tal “que mataran al capitán”, como pieza clave en toda batalla. Estas cosas no podían conocerla de otra forma. Cortés sintió una punzada de admiración pero fue el odio y la indignación su mayor emoción en aquel momento, con el semblante serio, más sin perturbarse, dijo en voz baja “En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno”.


por delante antes de acabar en el suelo molido a porrazos. Uno de éstos, con certero golpe de macana, reventó como un melón la cabeza de otro marino, huyendo el desgraciado hacia la selva mientras se la sujetaba entre las manos (más tarde sanaría quedándose tonto y perdonándoles los nativos la vida, por infeliz, durante los pocos años que vivió). Los que sobrevivieron fueron apresados y poco a poco sacrificados, pues aquellos indígenas eran caníbales y tanto Gonzalo Guerrero como Fray Jerónimo Aguilar tuvieron que presenciar horrorizados, junto a un par de compañeros más, como el resto, con Valdivia al frente, eran devorados “Cerré los ojos cuando vi que Valdivia moría como mueren las reses en mi tierra, acanalado por el pecho” (narraría Aguilar en sus memorias). La espantosa visión de aquellos salvajes arremolinándose alrededor de la carne de sus hermanos, que morían de la forma más bestial jamás imaginada (sus miembros tirados hacia todos lados y sus cuerpos atravesados por afiladas lanzas), con bastante probabilidad les insuflaría el coraje suficiente para, aprovechando un descuido, escapar al interior de la isla, donde vagaron por la selva como animales. No pasó, sin embargo, demasiado tiempo hasta caer en manos de otra tribu rival quienes, más pragmáticos, los explotaron como esclavos.
En este punto podemos analizar la diferencia, complementaria si se quiere, de nuestros dos protagonistas. Por un lado el religioso sevillano, fiel a su doctrina, discreto, sumiso y capaz de resistir todas las vejaciones como si de una prueba divina se tratara. Por otro, el guerrero onubense, acostumbrado a golpear primero, al que, seguramente, su rebeldía le provocaría un mayor maltrato que a su circunstancial compañero, pero que se aferra a su vida como único patrimonio. No obstante, los años de trabajos forzados en aquella isla irán puliendo el ánimo de los dos españoles, adaptándolos por fuerza a la forma de vida nativa.