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La ciudad de Salthish

Publicado por lahuelvacateta en Domingo, 28 Junio 2009

¿Cuántas veces hemos oído e incluso dicho, que en Huelva no hay monumentos, edificios o construcciones antiguas que visitar?

Y no se está falto de razón, pero no lejos de aquí y sin salir de Huelva, nos encontramos unos restos arqueológicos realmente importantes, mucho más de lo que podría parecer a la vista de lo poco divulgado que esta su existencia.

Dentro de las Marismas del Odiel, en la isla Saltes y más concretamente en la zona conocida como el Almendral, se encuentran los restos de una ciudad medieval musulmana, la ciudad de Salthish. Pero no nos equivoquemos, no se tratan de unos simples restos de una pequeña población, se trata de toda la estructura de una ciudad completa, perfectamente definida, de forma ortogonal (calles rectas y perpendiculares que es poco habitual en las ciudades islámicas), y que llegó a alcanzar una población de 10000 habitantes, y estamos hablando de 10000 habitantes de la época, que va desde el siglo VIII al XIII d.C.

Salthish (0)

En ella se pueden encontrar restos de una fortaleza con seis torres cuadradas y muros de más de dos metros de grosor, así como numerosas casas, construidas apoyadas unas sobre otras, con un patio central, pavimentos de ladrillo cocido, pozos decorados con motivos florares y brocal de cerámica vidriada, y en algunas, jardines, además de un puerto desde donde, entre otras cosas, se dirigían a lo que hoy es Punta Umbría, a recoger agua.

Pero no es sólo una ciudad medieval musulmana. Igualmente aparecen restos de poblamientos romanos, de salazones y de un templo de la época, esto también tiene su importancia ya que el lugar demuestra un asentamiento continuado desde la antigüedad hasta la época musulmana.

Pero aún excavando mas profundo, encontramos restos tartésicos a varios metros de profundidad. Cabe señalar que esta isla era uno los lugares citados como posible ubicación de la ciudad de Tartessos, ya que reúne prácticamente los mismos requisitos que Huelva capital y además es una isla (requisitos recogidos en el artículo de “La ciudad de Tartessos en Huelva capital”). Una de las razones por la que la descartaban como localización de la ciudad, era porque se pensaba que la isla era demasiado pequeña para esa ciudad (aunque quizás no).

Esta ciudad basaba su economía, al parecer por los restos encontrados, en la metalurgia del hierro, siendo el último eslabón en el tratamiento de este metal, aunque también tenían ricos cultivos de legumbres y cereales además de ganadería.

Pasó por varias conquistas, siendo sede de la Taifa de los Bekríes, después formó parte del reino de taifa de Huelva y Saltés, siendo finalmente conquistada por el reino de Taifa de Sevilla de al- Mutadid. Permaneció habitada hasta que en el siglo XIII, XIV sufrió un rápido despoblamiento, y a finales de este último ya solo quedaban ruinas de la ciudad. No se sabe a ciencia cierta a qué fue debido, pero la ciudad no presenta signo de que llegase a ser cristiana y quizás fuese el periodo de conquistas cristianas lo que provocase este despoblamiento.

Como curiosidad, pese a que en la actualidad es un paraje natural de enorme valor ecológico, esta zona después de la desaparición de la ciudad se consideraba poco saludable llegando a ser utilizado como leprosería. También se usó como coto de caza de los nobles.

En el lugar se han realizado excavaciones desde mediados de los años 80, que han ido sacando estos restos y descubriendo cimientos de viviendas y otros edificios de la ciudad medieval, pero estas ya hace unos años que pararon, y aunque quedaron acondicionados para poder visitar diversos restos con algún panel explicativo, estos al quedar prácticamente abandonados, paulatinamente han ido quedando cubiertos por la vegetación que crece inapelablemente.

Salthish (1)

Salthish (2)

Los terrenos en los que se encuentra ubicado el yacimiento, hasta hace poco eran de propiedad privada (alguna vez se intentó incluso especular urbanísticamente con la isla) pero hace poco que fue adquirida por la Junta de Andalucía, al ejercer derecho de retracto, como se informa en este enlace:

http://www.huelvainformacion.es/article/huelva/300382/saltes/una/ciudad/islamica/corazon/marismas/odiel.html#opi

Por lo que espero que esto provoque la vuelta a su excavación y estudió, y se acondicione para posibles visitas.

En la actualidad no puede visitarse, pero no por el abandono ni por razones administrativas, sino porque como es sabido, se encuentra en un paraje natural en el que en estos momentos está criando el águila pescadora, hecho este, también de importancia ya que al parecer esto no ocurría en España desde hace 35 años. Sin embargo, es muy posible que a partir de agosto pueda volver a visitarse, previa solicitud en el “Centro de visitantes de Marismas del Odiel“, que se encuentra en Calatilla, dónde además os informarán sobre lo que necesitéis, aunque como ya indiqué, sólo está al descubierto una pequeña parte de la cuidad y desde hace un tiempo está casi todo tapado por la vegetación, pero sin duda, sería muy interesante acceder y poder disfrutarlo.

Salthish (3)

Estos restos, a mi modo de ver, tienen un gran potencial, arqueológico, histórico e incluso turístico, ya que pasa por ser el yacimiento arqueológico más importante de la provincia, que en una ciudad como la nuestra con escasez de lugares que visitar, no vendría mal algo así, acondicionado y cuidado de posibles expolios. Y es que la historia de Huelva es amplia y variada aunque a veces no nos acordemos de ella, y nos limitemos siempre a lo mismo.

Neoptolemo.

Enlaces de interés relacionados:

http://www.arqueologiamedieval.com/noticias/noticias.asp?ref=3274

http://www.juntadeandalucia.es/averroes/gpba/huelva/visitas/Conjunto%20Lugares%20Colombinos,%20Isla%20de%20Saltes,%20Huelva/Conjunto%20Lugares%20Colombinos,%20Isla%20de%20Saltes,%20Huelva.htm

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El Indio de Palos (3/3)

Publicado por lahuelvacateta en Sábado, 13 Junio 2009

(Viene de aquí)

A partir de entonces Gonzalo Guerrero fue una mancha para el Imperio y para España, un traidor, un hereje. No había palabras para definir a aquel hombre que no sólo traicionó a su pueblo, sino a su fe y a sus creencias. Un hombre que era capaz de matar a los suyos y entorpecer la voluntad real y divina. Alguien a quien Cortés jamás nombró en sus cartas salvo como “el otro”. A partir de ese momento Gonzalo Guerrero pasó a la historia con el sobrenombre de “el renegado”.

Jerónimo Aguilar, por su parte, jamás pudo volver a su tierra. Muy a su pesar, no pudo encontrar la paz anhelada, perdida durante tanto tiempo, que le hiciera reencontrarse con su Dios en algún monasterio de las montañas andaluzas. El destino le tenía reservado otro papel. El destino y Hernán Cortés claro. La posibilidad de hacerse con un traductor de confianza, de su propia sangre y que comulgara con sus intenciones, era algo tan valioso como el oro de aquel lugar. Aguilar era el primer castellano en conocer la lengua maya por lo que, cuando más adelante Cortés pudo contar con los servicios de una hermosa e inteligente mujer del otro lado de aquellas tierras, una indígena conocida por la Malinche y que más tarde se rebautizaría como Doña Marina (la otra cara de la moneda de Gonzalo Guerrero), se crearía un original y curioso sistema de traducción a tres. Jerónimo traducía del español al maya y Malinche, a su vez, del maya al azteca, de modo que Cortés tenía controlado todo el cotarro de lo que más tarde sería su conquista de México.

Y no hace falta llegar al final de este relato (aunque tendrán la oportunidad de comprobar que se adapta perfectamente) para citar la tercera película que, a pesar de alguna alusión fotográfica previa, aún tenía en el tintero: “La Misión” de Roland Joffé. Genial espectáculo de emociones, desde los paisajes de ensueño, hasta el guión y la música de Morricone. Los personajes de Robert de Niro y Jeremy Irons, aunque salvando las distancias en el caso del religioso, recuerdan de alguna manera a los dos españoles. El soldado y el cura. Ambos, extraños, al principio, en una cultura ajena. El jesuita que no cree en la violencia y se pone en manos de Dios, y el soldado renegado que lucha contra los suyos para salvar a los que ahora le acogen, atacando para defenderse, sacrificándose por su nuevo pueblo, el verdadero.

De nuevo pido un inciso. Hagamos una elipsis y enlacemos el final de esta historia con el principio de ella. Recuperemos a aquel jefe maya encima de la atalaya que, mirando al mar, rememoró esta historia. Aquel orgulloso cacique cuyos rasgos diferentes serían ahora difíciles de apreciar. Imaginemos como, de un plano general en el que la silueta alta y robusta de aquel hombre se recorta al contraluz de un sol que, como personal metáfora, esta a punto de sumergirse en aguas teñidas de sangre y oro, se pasa a un primer plano, en un zoom que acaba en sus ojos claros y marcados por la fatiga. Unos ojos que miran más allá del horizonte, hacia el pasado, y que ahora debe mirar de nuevo a el futuro, aunque éste sea tan incierto como su propia vida. Aquel guerrero debe marchar. Sus soldados lo están esperando.

La última batalla pondrá fin a la historia de Gonzalo Guerrero.

A partir de entonces los mayas desaparecerán como reino para convertirse en esclavos o conversos, y dará comienzo El Indio de Palosla conquista de México. Como Boabdil en otros tiempos que, Gonzalo, a pesar de su contribución, apenas recuerda, será Moctezuma, tras la caída de los mayas, el último bastión (azteca en este caso) para que, de nuevo, el glorioso Imperio donde nunca se pone el sol expanda su poder y su religión. Ahora sólo quedarán Perú y Pizarro para que aquella conquista, evangelizadora para los Reyes Católicos pero interesada para los lejanos súbditos de un emperador extranjero que nunca los conoció (Carlos V), quede consolidada. La conquista de América, el Nuevo Mundo forjado a fuego y golpe de cruz y espada.

Los desastres de Cabo Catoche y Champotón, conocido desde entonces como el cabo de la “mala pelea” no dejarán indiferentes a los gobernadores y comandantes de los importantes sitios de Indias. Cortés no tuvo oportunidad de vengar el orgullo militar y tomar aquella península, pues debía seguir ruta hacia la mítica Tenochtitlán, pero en 1536 otra expedición, mejor dotada en número y armas, con Lorenzo de Godoy al frente, intentará tomar de nuevo aquellas tierras, ahora cerca de la actual Honduras, en Puerto de Caballos.

La llegada fue rápida y por sorpresa. Varios navíos colmados de cañones, con cientos de soldados, caballos y artillería, se adentraron por los anchos esteros de aquellas lenguas de mar, hacia el río Ulúa. Los indios del cacique Cozumba advertidos con poco tiempo, pues los “hombres de hierro” avanzaban con presteza, apenas habían tenido tiempo de organizarse.

A pesar de todo el gran Nacom blanco, el jefe barbado, nuestro “indio de Palos”, venía de camino, con cincuenta canoas, a reforzar el Ticamaya y entrar en aquella decisiva batalla. Gonzalo había creado un básico sistema de espionaje entre los indios capturados por los españoles que conseguían escapar y los esporádicos soldados castellanos presos en diferentes tribus vecinas, de los que obtenía información a cambio de perdonarles la vida, muy estimadas por los hechiceros para sus sacrificios, pues no había mejor ofrenda a los dioses mayas que el coraje y valentía de un guerrero, y esos “castillan” demostraron tenerla. De esta forma supo de la llegada de los barcos al Valle del Sula, en las costas hondureñas.

El Indio de Palos (2)El desenlace era inevitable. Los españoles estaban prevenidos y escarmentados y venían dispuestos a terminar lo que tantas veces habían empezado.

No habría cuartel.

Las barcas ligeras de los soldados de Godoy cargaban con ballesteros y arcabuces, adentrándose en zona pantanosa. Las naves empezaron a disparar andanadas de cañón para despejar el terreno. Los jinetes, tan nerviosos como sus caballos, sujetaban firmes las riendas y la infantería de alabarderos, impaciente por saltar a tierra, apretaban los dientes ante el sonido de tambores y cánticos de guerra.

Entre tanto, los indios se iban situando, apostados entre las rocas, subidos a los árboles, parapetados en manglares. De repente comenzaron a escupir una lluvia de flechas cubriendo el contraataque de sus canoas. Los castellanos dispararon. Comenzó la lucha.

Algunos caballos desembarcaron otros no tuvieron tiempo. Las flechas y lanzas atravesaban la carne, la pólvora quemaba y agujereaba, las macanas rompían huesos y las espadas y machetes, junto con la metralla de los cañones, mutilaban y despedazaban. El río Ulúa empezó a cambiar de color con la sangre de la historia.

El Indio de Palos (3)

Cuando los españoles, confiados por su superioridad numérica y armamentística, decidieron que no sería necesario desembarcar más efectivos, pues la victoria se inclinaba de su parte (no en vano el verdadero Dios estaba con ellos), empezaron a llegar las canoas de Gonzalo. Aquel meandro del río, de repente, se cubrió de piraguas repletas de indios que, esperando la orden de su jefe, mantenían las cuerdas de los arcos tensas sin disparar aún sus proyectiles. Godoy, desde el castillo de su barco, frunció el ceño y, antes de que le diera tiempo a pensar, cientos de flechas ardiendo volaron hacia sus navíos.

El Indio de Palos (4)Las canoas se separaron. Unas fueron a ayudar a sus compañeros que luchaban en tierra y en la ribera del río, las otras se dirigieron a los barcos, algunos de los cuales tenían el velamen y la cubierta en llamas. Los arcabuceros se prepararon para rechazar a aquellos salvajes. El combate se intensificó.

Los mayas, con los cuerpos pintados de negro y rojo, las caras y las manos blancas, sus atuendos de rústico algodón y penachos de plumas, armados hasta los dientes y aullando como demonios, causaban en sus enemigos el efecto deseado. Miedo, desconcierto, nerviosismo. Algunos pudieron abordar los barcos y el combate cuerpo a cuerpo fue brutal, cuellos degollados, cabezas aplastadas…, algunos de esos indios robaban las armas de sus contrincantes y, ante el asombro y temor de los soldados españoles, las usaban con soltura y efectividad. Hasta Lorenzo de Godoy tuvo que desenvainar su espada.

En medio de aquella vorágine Gonzalo, de pie en su canoa y dirigiendo los ataques con un sable en la mano, reconoció, en un momento dado de la batalla, a un soldado. Estaba apostado en la cubierta inferior de aquel barco, cebando uno de los cañones con la cara medio tiznada de pólvora. Un tal José Panyagua, creía recordar, natural de Burgos. Fue compañero suyo en la campaña de Nápoles y en más de una ocasión se cubrieron las espaldas. Aquel recuerdo pasó por la cabeza de Guerrero abstrayéndolo, por un segundo, de aquella matanza. De repente Panyagua lo miró. Gonzalo, ajeno por un instante a su actual aspecto, creyó ver reconocimiento y sonrió levemente. El soldado lo apuntó con su mosquete y disparó errando el tiro…, parecía asustado. En ese momento una flecha atravesó su cuello, y junto con la vida de su antiguo amigo desapareció aquel último recuerdo de Gonzalo Guerrero.

Los españoles empezaron a ganar terreno. Con sacrificio y numerosas pérdidas fueron acorralando a los indígenas, haciéndolos retroceder. Gonzalo, sin embargo, luchaba en el río yendo con su canoa de un sitio a otro, ayudando a sus nuevos hermanos, matando a los viejos. Parecía un demonio poseído al que los dioses protegían, pues erguido en su barca, los cañonazos levantaban el agua a su alrededor sin llegar a tocarlo. Pero los dioses son caprichosos y, mientras Gonzalo gritaba, ordenaba, lanzaba mandobles con su espada cortando carne y partiendo huesos, una flecha de ballesta se clavó por encima de su ombligo atravesándolo. Gonzalo sintió como le desgarraba el estómago y le dejaba sin respiración. Ese momento de reparo que le hizo bajar la defensa fue suficiente para que un certero tiro de arcabuz reventara el pecho del que, en otros tiempos, fuera gran arcabucero. Fue este disparo el que realmente le mató.

Gonzalo cayó al agua. Sus guerreros, tras presenciar la mortal descarga, acudieron en su ayuda recuperando el cuerpoEl Indio de Palos (5) moribundo de su jefe. Los españoles estaban ahora machacándolos. A pesar de todo, la piragua que transportaba al palermo pudo llegar a la orilla, y sus fieles cargaron con Gonzalo replegándose, junto con los demás, hacia el interior de la selva. Allí, a salvo por un momento, depositaron su cuerpo en el suelo, sin moverlo demasiado. Estaba agonizando. Nadie intentó sacarle la flecha, no había ya nada que hacer. El gran agujero en su pecho era mortal de necesidad. Incompatible con la vida.

Gonzalo Guerrero miró su herida y, con su último aliento, pidió que siguieran luchando. Luego tosió, escupió sangre, y antes de expirar aún tuvo tiempo de susurrar que cuidaran de su familia.

Gonzalo Guerrero, natural de Palos de la Frontera (Huelva), soldado y marino español…, cacique maya…, murió en 1536 en Puerto de Caballos.

Los mayas se retiraron dejando el cuerpo de Guerrero en aquella selva. Cuando los soldados castellanos, más tarde, hicieron recuento de bajas lo confundirían con un indio más de los allí yacentes. Sin embargo, en una carta conservada en el Archivo General de Indias de Sevilla, escrita, el 14 de agosto de aquel año, por de Andrés de Cereceda (quien fue gobernador de Honduras, y que lucho en aquella batalla contra Cozumba), se relata lo siguiente: …”Como en el combate dentro del albarrada el día antes que se diesen, con un tiro de arcabuz se abía muerto un cristiano español que se llamaba Gonzalo (Guerrero), que es el que andaba entre los yndios en la península del Yucatán veynte años ha y más que este el que dizen que destruyó al adelantado Montejo; y como lo de alla se despobló de cristianos vino a ayudar a los de aca con una flota de cinquenta canoas y a matar a los que aquí estabamos antes de la venida del adelantado abra cinco o seis meses cuando yo hize justicia de ciertos caciques de la tierra como atras he tocado porque fui avisado de la trayción y junta que sobre paces tenia urdida; y andaba este español que fue muerto desnudo y labrado el cuerpo y en abito yndio”…

Al caer la noche, los hombres de Gonzalo fueron en busca del cuerpo de su jefe, que yacía tal y como lo habían dejado. Los mayas lo cogieron con respeto, el que se merece un gran nacom que ha partido finalmente hacia el Sol, y lo llevaron, casi en procesión, hasta la orilla del río. Allí lo dejaron flotar, con suma delicadeza, mientras la corriente lo arrastraba hacia la embocadura del mar. No hubo piras incendiarias ni enterramientos. Fue su último homenaje a aquel hombre que el océano trajo y que al océano devolvían.

Gonzalo Guerrero fue desterrado de la gloriosa historia de España. A pesar de ello, su existencia se conoce gracias a el relato de su compañero, Jerónimo Aguilar, y por las crónicas de algunos contemporáneos, especialmente Bernal Díaz del Castillo.

Durante mucho tiempo su nombre fue sinónimo de traición y se evitaba nombrarlo. Posteriormente, su tierra adoptiva, la verdadera para él, lo rescató considerándolo el padre del mestizaje mexicano. Siendo sus hijos los primeros mestizos de América fruto del amor por sus gentes y su tierra, y no de la violencia, el odio y la prepotencia de los invasores.

El Indio de Palos (6)Con el tiempo, Gonzalo Guerrero ha sido recuperado por unos y por otros. En México (Yucatán) tiene varios monumentos conmemorativos y plazas, en el Paseo de Montejo de la ciudad de Mérida, en Chetumal y en Cozumel (Quintana Roo). En España, para la mayoría aún sigue siendo un desconocido. Ni un vestigio en Huelva. En Palos un retrato perdido entre varios otros, en la antigua Casa Museo de Martín Alonso Pinzón y apenas una línea en la información publicada por la ciudad natal.

El Indio de Palos (7)A pesar de todo, cuando empecé a documentarme me sorprendí de lo que encontré. No sólo la variedad de textos clásicos sino la cantidad de estudios, publicaciones y escritos al respecto, alguna que otra novela e incluso un par de cómics. No es de extrañar, pues pocas historias de ficción tienen tantos componentes literarios como esta “True Story”. Lo raro es que aún no se haya llevado al cine, aunque tiempo al tiempo…, basta con que Hollywood se entere, y no precisamente la hermanada con Huelva.

En cuanto a la bibliografía consultada, aparte de lo apuntado en una de mis tantas “interrupciones” debo decir que ha sido un verdadero placer sumergirme en toda esa literatura, antigua y moderna, que ha absorbido por completo mi último mes, hurtando tiempo mientras trabajaba y apurándolo cuando no lo hacía. La experiencia, no obstante, ha sido gratificante y espero que para ustedes también lo sea, pues este relato ha ido creciendo solo, como si tuviera vida propia y, con la modestia y respeto que debo a cualquier otro que antes que yo (más o menos profesionalmente) se haya sumergido en el océano en busca de los restos de este personaje para estudiarlo, novelarlo, colocarlo en la historia o, simplemente, tenerlo como amigo durante un tiempo, mi intención ha sido que ustedes se emocionen tanto como yo, imaginando la vida de un hombre en un tiempo tan duro como fascinante.

Por esto, en vez de aburrirles con una extensa bibliografía de tipo académica (tampoco esto es ninguna tesis doctoral) creo más acertado comentársela un poco, especialmente aquella que he manejado y consultado.

Para empezar, citaré los autores contemporáneos a nuestro héroe, dos de los cuales tuvieron información de primera mano como son Hernán Cortés en sus “Cartas de Relación” y Bernal Díaz del Castillo, con su maravillosa “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, totalmente recomendable incluso para deleitarse leyendo por puro placer. También de la misma época están López de Gómara, (aunque criticado por Bernal por escribir de oídas sin salir de España), que escribió “Historia General de las Indias y la Conquista de Mexico” y, por otro lado, la “Relación de las cosas del Yucatán” donde Diego de Landa, más tarde obispo del Yucatán, hará una crítica de las costumbres y creencias indígenas que, salvando su carácter apológico contra ellas, tienen un punto de vista antropológicamente interesante. Todo lo contrario en su exposición es Fray Bartolomé de las Casas con su fiel pero algo tediosa “Bellísima relación de la destrucción de las Indias” y, algo más tarde, Diego López de Cogolludo, se basaría en los escritos desaparecidos de Landa para escribir “Historia de Yucatán” e, igualmente, Fernández de Salazar se valió de las Cartas de Cortés y los escritos de Gómara para redactar un valioso tratado “Crónica de la Nueva España”.

Y no quiero acabar esta lista de textos clásicos (entre muchos otros, se entiende) sin citar la bella obra dramática en verso “La conquista de México” de Fernando de Zárate (ó Antonio Enríquez Gómez), una de las pocas epopeyas épicas escrita sobre el tema.

Hasta aquí, para no aburrirles, los textos clásicos, nombrándoles a continuación algunos más recientes como “Perfil de Indoamérica de nuestro tiempo” de Lipschutz (1968), “Gonzalo Guerrero, (apuntes para su biografía)” de José Armando Ceballos. Quintana Roo (1980) o “Lenguas, traducción y metáfora: relatos de la alteridad en tres crónicas de la conquista de México” de Valeria Añón, Universidad de Buenos Aires CNICT (2006). Y entre la novela y la historia está “Gonzalo Guerrero, Memoria olvidada. Trauma de México” de Carlos Villa Roiz (1995), original crítica al sometimiento conquistador desde la perspectiva de la supuesta hija de Gonzalo Guerrero, convertida ahora en doncella del obispo Diego de Landa.

El Indio de Palos (8)Ya en el terreno de la novela histórica pura y dura me topé, al menos, con cuatro obras (que no he tenido oportunidad de leer). “El futuro fue ayer” de Luca de Tena (1987), que da el protagonismo a Jerónimo Aguilar, “Gonzalo Guerrero” de Eugenio Aguirre (1991) y “Huracán Corazón del Cielo”, de Francis Pisani (1992), ambas basadas en la vida del Palermo. Y la más reciente y ficcionada “La última Profecía” de Álvaro Ancona (2008).

Para acabar, uno de los últimos hallazgos, entre el estudio y la novela, fue el de un paisano suyo, Salvador Campos Jara, que en 1995 parece ser que (al igual que yo ahora) se topó con Gonzalo Guerrero por casualidad. La diferencia es que el onubense citado convirtió la vida de nuestro personaje en motivo de su estudio, tesis doctoral y beca para un futuro libro, que desconozco si vio la luz, cuyo acertadísimo nombre sería “El hijo de los alacranes” (como lo envidio). Su trabajo se llama “Gonzalo Guerrero: elementos para la creación de un mito”. Universidad de Huelva (1995).

Por último solo citar, como curiosidad la existencia, al menos de dos cómics, uno de ellos “Conquistadores de El Indio de Palos (9)Yucatán” de Miguel Calatayud y Fernando Savater (1992), el otro creo que es francés “Guerrero l’etranger” de Maranzano y Camille le Gendre.

Y finalmente, como sorpresa para todos, una ONG de Huelva (única referencia que he encontrado en la capital) llamada “Gonzalo Guerrero”, parece ser que desde 1992 relacionada con Iberoamérica y no se si aún en activo.

No quiero acabar sin hacer algún apunte a las imágenes que he utilizado (al menos para que no me empapelen), las cuales también han tenido su curre. Varias tardes me ha sorprendido mi mujer frente al ordenador con los ojos enrojecidos en plan zombie y moviendo los dedos como un autómata, guardando imágenes como el que guarda dólares y que, ya imaginarán, para que sean más o menos acordes a la narración, han necesitado acumularse en una buena base de datos. Aprovecho, por tanto, para pedir permiso a los autores de las mismas, (pues cada vez que grababa una se me cortaba el cuerpo con la dichosa “protección”) ya que, aunque no se muy bien como funciona esto de los derechos y el copyright, mis intenciones son totalmente altruistas y, como pueden comprobar, no persigo ningún fin lucrativo más que el propio goce de la escritura y la lectura, por lo tanto espero que sea suficiente.

Enrique Carrillo.

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El Indio de Palos (2/3)

Publicado por lahuelvacateta en Jueves, 11 Junio 2009

(Viene de aquí)

Poco a poco, Gonzalo Guerrero empieza a ganarse a aquella gente desplegando sus conocimientos y sorprendiéndolos 7.Soldado batallandoen disciplinas desconocidas hasta entonces para ellos como eran la estrategia y las tácticas militares, utilizando estas nuevas técnicas de guerra en sus frecuentes enfrentamientos con clanes y dinastías rivales. Los numerosos triunfos de los miembros de la tribu en sus luchas internas, con la ayuda y consejos de Gonzalo, terminarán dándole a éste un cierto estatus, dedicándose, a partir de ahora, a adiestrar a los guerreros nativos en las artes de la guerra que, desde un punto de vista “europeo”, ganarán en disciplina y eficacia. Las acciones grupales, las estrategias y juegos tácticos, los ataques en relevo, las defensas organizadas…, eran insólitas para sus adversarios por lo que, combinados con el ímpetu, conocimientos y habilidades autóctonas, las victorias se sucedían unas tras otras.

No es extraño pues, que Gonzalo Guerrero se convirtiera casi en un héroe. Reclamado por el cacique Nachán Can y secundado por el jefe Balam, Guerrero adquiere rango de “nacom” o jefe militar.

El prestigio del palermo crece entre los miembros de la tribu, que aquel empieza a considerar ya suya. Quizás, el punto de inflexión lo desencadenó la visión de la hermosa Zizel Há, hija del rey, y cuyo interés seguramente fue correspondido. A partir de entonces, ante la desesperación del diácono compañero de infortunios, Guerrero se somete a todos los rituales que pondrán a prueba su valor y merecimiento de tal cargo.

8.RitualY ahora permítanme citarle la segunda película que, inevitablemente, me recordó esta historia y que, en este momento, le viene al pelo. Como Richard Harris en “Un hombre llamado Caballo” Gonzalo resiste estoico todas las pruebas que le inflingen. Tal que el personaje del actor británico en la antigua película, el andaluz sabe que esto es el principio de su transformación y el final de su vida anterior. Guerrero comprendió y asimiló perfectamente las costumbres, religión y filosofía de aquella gente, y las hizo suyas con aquel sacrificio. Tras superar  las más terribles pruebas se dejó hacer las mutilaciones y escarificaciones rituales. Los tatuajes shamánicos grabaron todo su cuerpo y labraron su cara. Se dejó perforar las orejas y colocarse los típicos zarcillos que deformaban sus lóbulos, así como los aros y pasadores que atravesaban su boca. Sus cabellos, más largos que el de la mayoría de los nativos, fueron trenzados y adornados como corresponde a un gran jefe y, en definitiva, su aspecto dejó de ser el de un hombre para convertirse en un enviado de Ahchujkak, el dios maya de la guerra.

De ahí en adelante, todo se sucede vertiginosamente. Ante la mutua atracción de Gonzalo y la princesa Zizel Há, su padre Nachán Can concede la mano de su hija al valiente guerrero. De esta forma, Gonzalo pasa a la aristocracia maya sin dejar de comandar sus tropas en las constantes luchas cuyos triunfos se van encadenando. Su nombre empieza a conocerse en todo el territorio, desde Cozumel hasta los alrededores de Chactemal, en la península. Todas las dinastías temen y respetan a aquel extranjero invencible que unos creen endemoniado y otros enviado por los dioses.

9.Guerrero maya

Entre tanto Gonzalo Guerrero tiene descendencia. Demostrando una completa asimilación a la nueva religión, su primera hija es sacrificada, como corresponde hacer con los primogénitos, mientras que los siguientes, dos niños y una niña, se someten a las costumbres y ritos autóctonos, como aplastarles la frente con tablillas de las que cuelga una piedra que, con el objeto de ver más allá (hacia el centro de la mente), los deja bizcos, símbolo de belleza en la cultura maya.

10.Grabado

Fray Jerónimo, a pesar de llevar tiempo apartado de Guerrero y aún en condición de esclavo, conoce e incluso presencia la transformación de su compañero, horrorizado ante la blasfemia y los numerosos pecados (principalmente la falsa idolatría) que éste comete aparentemente complacido. Aguilar busca en la enajenación la excusa que justifique a su amigo de tan ominosos actos pero sólo ve en él aceptación, lo que le perturba el alma. El monje, que aún conserva los harapos de sus hábitos y un pequeño libro de cuentas (que le permite ceñirse a su civilizado calendario), se encuentra más solo que nunca y, estando ya a punto de desistir –cuando se encomendaba al cielo y a su Dios para que lo llamara lo antes posible y dejar aquel infierno pagano y salvaje– oye los rumores… Los indios de su tribu andaban revueltos y nerviosos.

Parece ser que Hernán Cortés tuvo noticia, por boca de unos indios que a su vez habían oído a otros (allende las islas conocidas), cómo en aquellas lejanas e inexploradas tierras del istmo que separa ambos mares, habían visto gente como ellos. Hombres blancos y con barbas que no dejaban lugar a dudas de su procedencia cristiana.

Con esta nueva, Cortés, aprovechando una de sus expediciones se adentra por rutas más o menos vírgenes hasta llegar a las inmediaciones de la isla de Cozumel, donde dicen que se hallaban aquellos náufragos cautivos.

No eran tierras del todo desconocidas para los españoles, pues al menos un par de expediciones intentaron llegar a los alrededores en busca de riquezas y esclavos, siendo duramente rechazados ante el asombro de los conquistadores.

Cuentan incluso que cuando Hernández de Córdoba, con un grupo de soldados, pisó tierra en Cabo Catoche y 11.Pirámide MayaChampotón, aquellos salvajes estaban esperándolos. No estaban asustados ni confiados, sino atentos a sus movimientos. Los soldados castellanos, acostumbrados a otro tipo de reacción cuando aquellos aborígenes veían sus armaduras brillantes, fueron escoltados por los nativos hasta su pueblo, asombrándose de aquellas construcciones de piedra estucadas y coloreadas que, en mitad de la selva, salían a su paso. Rápidamente pensaron en las riquezas y tesoros que podrían guardar y, bajo excusa de pedir agua, acompañaron a aquellos extraños indígenas que casi parecían sonreírles (”más no era sonrisa amistosa sino inquietante…”, declararía uno de ellos más tarde). El calor era sofocante, la humedad elevadísima, los mosquitos y garrapatas los estaban devorando, pero los españoles avanzaban con paso firme y autoritario, sin dejar ver a aquellos indios apostados en los árboles que, realmente, estaban a punto de desfallecer. Una vez en aquella extraña ciudad, las mujeres salían a su paso, conservando aún la perseverante y maliciosa sonrisa.

Ante una especie de altar teñido de rojo un hechicero salió al encuentro, estaba pintado y su pecho manchado de sangre. Todas las señales eran amenazantes pero la codicia de aquellos hombres los nublaba. Con su acostumbrada arrogancia, cogieron agua de un pozo sin molestarse en pedir permiso y, presurosos, se la echaron por encima de sus 12.Calaveracorazas para enfriarlas. Inmediatamente, quisieron entrar en los templos y edificaciones notables pero el shamán lo impidió señalando hacia una escultura de piedra, sobre un pedestal al que se accedía mediante cuatro rampas, que representaba una figura devorada por un animal mitad serpiente mitad jaguar. Las rocas también estaban teñidas de rojo. Los soldados castellanos no se amilanaron, su avaricia era superior. Con desfachatez y soberbia empujaron a algunas mujeres para abrirse paso e, inmediatamente, aparecieron cientos de guerreros que entonaron una letanía cada vez más sonora. En pocos segundos, los gritos y aullidos de aquellos hombres se mezclaban con los animales de la selva, monos, papagayos y tucanes acompañaban los alaridos fantasmagóricos de aquella gente. Los españoles retrocedieron despacio ante los guerreros nativos que les apuntaban con flechas y lanzas. En su camino de regreso a la playa no dejaban de aparecer, como si se materializaran de la nada, hombres pintados, mimetizados con la selva. Un soldado dio un paso en falso y, en el acto, decenas de flechas lo atravesaron, dos de ellas en el cuello y la cabeza, la última en el ojo.

A pesar de todo, los soldados acamparon en la orilla. Los tambores no dejaban de sonar, en alerta, como aviso hacia aquellos intrusos. Cientos de hogueras resplandecían por toda la jungla, rodeando los barcos que fondeaban cercanos. Aún así, al amanecer, los soldados españoles pidieron ayuda, varios cañonazos sonaron, algunas barcas se aproximaban. Eso fue su fin.

13.Soldado español y mayasLos españoles no sabían de dónde les venían los ataques. Flechas, dardos emponzoñados que apenas atravesaban la piel infectaban… Sus armas de fuego no eran efectivas ante seres invisibles, sus espadas y lanzas no podían actuar sin un blanco cercano…Fue una masacre. Los cuerpos caían unos tras otros, y cuando estaban a punto de huir… aparecieron…

A la cabeza un salvaje, más alto que el resto, gritaba en una lengua extraña, los nativos contestaron repitiendo una misma palabra: “castillan,  castillan…”

Mas tarde, algunos supervivientes contarían a sus superiores, casi delirando, el casual parecido de aquella palabra con su gentilicio “castellano” y como aquel indio alto, el capitán…, parecía tener…barba…

Gonzalo Guerrero se convirtió en un caudillo. Logró lo que nadie había conseguido en aquellas tierras, unir todas las dinastías, aglutinar a todos los clanes de los territorios cercanos en un fin común, combatir a los conquistadores españoles.

Guerrero los conocía demasiado bien y sabía que nada detendría la desmedida ambición de su antigua patria. Los castellanos, tarde o temprano, acabarían llegando y arrasándolo todo, era cuestión de tiempo. Sus tropas, las mejores del mundo (y las más despiadadas) eran infinitas y su codicia casi tan grande y peligrosa como su orgullo. Sí, él formó parte de la maquinaria y era consciente del destino que les aguardaba…, pero no estaba dispuesto a ponérselo fácil. Por cada guerrero maya que marchara al séptimo cielo, decenas de cristianos se irían al infierno.

Así, Gonzalo advirtió a todos los jefes y caciques del inminente peligro, instruyendo a sus guerreros en la lucha contra los españoles. Les enseñó a no temer a los caballos ni a los cañones, a cuidarse de las armas de fuego. Los adiestró en las guerrillas y emboscadas, enseñándoles los puntos flacos de sus petos y armaduras y, en definitiva, a aprovecharse de la superioridad de su aparente “desconocimiento” induciendo a la confianza del enemigo.

Tras Francisco Hernández de Córdoba, otras expediciones, comandadas por Montejo y Dávila, intentaron llegar a la península corriendo igual suerte. Varios intentos fueron rechazados ante la estupefacción de los gobernadores españoles y, para sorpresa de ellos, los testimonios de los que volvían eran cada vez más desconcertantes. Relataban que encontraban rudimentarios bastiones a la manera europea, que los indios (al contrario de lo que conocían) se presentaban a la batalla de forma muy organizada, engañando y actuando por sorpresa, desgastando al enemigo o dividiéndolos para acabar con ellos. Y esto se repetía en diferentes zonas y, aparentemente, con diferentes tribus.

14.Una Batalla

Gonzalo Guerrero se desplazaba de una parte a otra del Yucatán para ayudar y asesorar a los caciques, y era el primero en entrar en lucha. Ahora protegía a su tierra y a su familia, y sabía que la única forma de retrasar el desastre era actuando rápida y contundentemente.

Jerónimo, naturalmente, ignoraba estos combates. Gonzalo aconsejó que lo mantuvieran ajeno a cualquier contacto, pues conocía el deseo del fraile por regresar a toda costa y conocedor como era del idioma, las costumbres y los asentamientos mayas, podría convertirse en un arma muy peligrosa en manos enemigas.

No obstante, Cortés llegó sin aparente ánimo belicoso. El objetivo, en principio, era rescatar a aquellos náufragos castellanos de los que había oído hablar y que se encontraban cautivos por lo que, utilizando algunos indios a su cargo (esclavos de Cuba y otras islas), mandó cartas y presentes para el rescate. También él era consciente del valor que aquellos dos posibles intérpretes podrían tener para sus futuras pretensiones

Finalmente las noticias llegaron a la tribu donde se encontraba Jerónimo Aguilar. El cacique, al principio receloso, terminó por escuchar a los enviados así que, ante las súplicas y demandas del religioso y la actitud tan sumisa y servicial que  siempre mostró, acabó apiadándose de él y aceptó el rescate.

Aunque dije que quería evitar citas literales y bibliográficas, lo cual he cumplido bastante a rajatabla, ahora deben disculparme por utilizar, a continuación, algunas de ellas. Frases literales. Tal cual Fray Jerónimo de Aguilar las narró y Bernal Díaz del Castillo, entonces un joven marinero con buena memoria a las órdenes de Cortés, escribió en su posterior obra. Se trata de un breve diálogo entre los dos protagonistas (y algunas frases más) tan dramáticamente emotivo y significativo, que no se puede obviar su “literalidad”.

15.Retrato Hernán Cortés

Retrato de Hernán Cortés

La dicha era muy grande para el fraile, Dios había escuchado finalmente sus súplicas y recompensado su sufrimiento. Hernán Cortés esperaba fondeado a poca distancia de aquella isla. Aquella carta era como la rama de olivo que la paloma llevó al patriarca Noé: “Señores y hermanos: Aquí, en Cozumel, he sabido que estáis en poder de un cacique detenidos. y os pido por merced que luego os vengáis aquí, a Cozumel, que para ello envío un navío con soldados, si los hubiésedes menester, y rescate para dar a esos indios con quien estáis; y lleva el navío de plazo ocho días para os aguardar; veníos con toda brevedad; de mí quinientos soldados y once navíos; en ellos voy, mediante Dios, la seríes bien mirados y aprovechados. Yo quedo en esta isla con que se dice Tabasco o Potonchan. Jerónimo, lleno de gozo por su inminente libertad, fue en busca de su compañero, seguro de que aquella nueva, inevitablemente, le haría entrar en razón. Al llegar, el ánimo en la cara del religioso advertía a Gonzalo de los últimos acontecimientos en los que él mismo, como última deferencia a su antiguo hermano de sangre y penurias, había intercedido para que llegara a buen fin.

Cuentan los cronistas las palabras de ambos y cómo, tras leerle Aguilar las cartas a Gonzalo, éste contestó: “Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras: idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra”, Jerónimo replicó angustiado, intentando salvar más el alma que el cuerpo de su compañero, que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar, a lo cual la princesa Zizel Há, entendiendo algo de lo que aquellos hombres decían y, sobretodo, las intenciones del fraile, protestó increpándole en su lengua: “Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido: idos vos y no curéis de más pláticas”.

De esta forma, fray Jerónimo Aguilar marchó en busca de su ansiada libertad, que no era otra que el cautiverio al que estaba acostumbrado; el de su patria, creencias y costumbres, lo que de alguna manera, a pesar de los años pasados entre aquella gente, le hacía detestar aún más ese paganismo y libertinaje que tanto le contrariaba e, incluso a veces, le hacía dudar.

No fue fácil, sin embargo, alcanzar su meta. El tiempo estaba sobrepasado, Cortés había partido y sólo el tesón, la confianza en su Dios y su propia desesperación, hizo que Aguilar no desistiera, llevándole un golpe de suerte al destino tan esperado. Las naves de Cortes, a falta de viento, no se habían adentrado aún en mar abierto.

Los vigías vieron cómo una piragua con indios se aproximaba. Jerónimo tranquilizó el nerviosismo de sus escoltas ante la cercanía de los soldados y, antes de que sus paisanos pudieran confundirlo, gritó en un castellano “mal mascado y peor pronunciado” pues casi había olvidado su lengua madre, “Dios, é Santa Maria y Sevilla”.

16.Hernán Cortés y GuerreroLos tripulantes del barco no daban créditos a sus ojos, pues aquel salvaje se les estaba dirigiendo en cristiano. Deduciendo que se trataba de unos de los cautivos lo hicieron subir a bordo, pero su apariencia, la piel morena por sol, el cabello trasquilado como un esclavo indio y su cuerpo casi desnudo, a expensas de un roído trapo del que colgaba un libro de horas muy viejo, les hizo dudar llamando a su capitán. A poco llegó Cortés, Jerónimo se puso en cuclillas, a la manera india, ante lo cual éste le hizo levantar y mandó vestir decentemente. Inmediatamente le preguntó por el otro español que decían haber, y Jerónimo le contó que se llamaba Gonzalo Guerrero, que fue a pedirle venir pero éste se negó porque vivía como indio entre los indios “y dijo que estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadadas las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tienen por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos. (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fue inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba”. Las sospechas de Hernán Cortés de que un traidor estaba ayudando a aquellos salvajes se confirmaron. Las referencias de sus oficiales a la forma de guerrear, las reacciones inusitadas de los indios, las familiares palabras “castillan, castillan” en referencia a Castilla, lugar de donde procedían y las otras hasta ahora no entendidas “ al calachoni, al calachoni ” , que no significaba otra tal “que mataran al capitán”, como pieza clave en toda batalla. Estas cosas no podían conocerla de otra forma. Cortés sintió una punzada de admiración pero fue el odio y la indignación su mayor emoción en aquel momento, con el semblante serio, más sin perturbarse, dijo en voz baja  “En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno”.

Continua…

Enrique Carrillo.

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El Indio de Palos (1/3)

Publicado por lahuelvacateta en Martes, 9 Junio 2009

Nuestro amigo y colaborador Enrique Carrillo lleva algún tiempo elaborando un relato histórico que quiere compartir con todos los lectores de este blog y que probablemente dejará a más de uno con la boca abierta por su historia y contenido y por la gracilidad en la redacción. Su extensión supera lo que consideramos razonable para un artículo, así que con su consentimiento y ayuda lo vamos a dividir en 3 partes que iremos publicando en días sucesivos. Os recomendamos encarecidamente su lectura y disfrute:

Como prometí, para que no todo sean críticas e intentando contribuir en la medida de mis posibilidades al aprecio olvidado de una tierra interesante, he redactado una colaboración intentando recrear un episodio que, como la mayoría de los que pueda yo hablar, imagino que muchos de ustedes conocerán pero que, quizás, otros, por lo ya comentado tantas veces, ignoren o, simplemente les suene de pasada.

Antes de comenzar, me gustaría puntualizar (aún a riesgo de que me linchen por insistente) el extraño comportamiento onubense de quienes, si bien son capaces de hacer autocrítica, reniegan, con frecuencia, de sus características más conocidas y explotadas, quizás por hastío del tópico exterior o por pena de que no se tengan o, al menos, valoren otras virtudes. Me refiero concretamente a la gesta colombina, lo más manido pero también importante, por su trascendencia, del pasado y la historia onubense.

Es verdad que se ha intentado vender el descubrimiento como algo exclusivamente local, a veces por darle a Huelva una identidad bien definida, aunque su influencia no tuviera una especial repercusión posterior en una tierra que parece condenada a ser maltratada por sus hijos. Pero también es verdad que la consecución de esta hazaña no tuvo su origen aquí por casualidad.

De todos es sabido que Palos de la Frontera, entre los siglos XV y XVI, era una importante cuna de marineros y artesanos navales, tanto por su peculiar situación, prácticamente en el océano pero resguardada en la ría del Tinto y protegida por la lengua de tierra de Saltes y Punta Umbría, como por su cercanía a la vecina Portugal, cuya hegemonía naval en esta época le daba el título a sus navegantes de ser los mejores del mundo.

Esta simbiosis con los marinos portugueses, cuyos intercambios eran frecuentes, dotaban a los marineros palermos de importantes conocimientos y habilidades náuticas, así como el hecho de ser el mar, prácticamente, el exclusivo sustento de la villa. A este punto, es justo añadir a las cualidades profesionales en la navegación y la construcción de barcos la de ser gente despierta e inquieta, llegando incluso a convertirse en corsarios (pirateando la negrería de las flotas extranjeras) cuando la necesidad obligaba.

Estas características no eran desconocidas por la Reina Católica quien eligió Palos como base de las legendarias naves predestinadas a la gloria e incluso astillero de una de ellas, siendo también el punto de partida de la España peninsular más directo para la gesta transoceánica.

Bien, pues en éstas estaba, recreando con mi imaginación la convulsa época mientras visitaba la casa-museo Pinzón en Palos cuando, mirando una serie de reproducciones que retrataban a los más conocidos participantes de los viajes americanos,  una de las imágenes me llamó la atención por lo peculiar: Sobre el nombre castellano “Gonzalo Guerrero” aparecía el retrato de un indígena ataviado de plumas con gesto solemne y embutido de cierta dignidad, como si de un jefe tribal se tratase.

Llegado a este punto, debo reconocer mi ignorancia en este episodio, disculpado, si se quiere, por mi condición de foráneo, así que, tras leer un breve comentario que indicaba la procedencia de aquel hombre, natural de Palos de la Frontera, y muerto en 1536 en las selvas de Honduras, me picó tanto la curiosidad que estuve buscando algo de información al respecto, y, como la gratificante sorpresa de quien va al cine sin conocer una película que resulta ser extraordinaria, quedé inmediatamente enamorado por la historia que, tras dejarla reposar durante un tiempo, este blog me ha vuelto a recordar y a continuación recrearé.

Intentaré, eso sí, evitar citas y copias bibliográficas para darle mayor dinamismo y espontaneidad, de forma que no sea más que un relato “oral” que sirva de reclamo para el que quiera profundizar en él.

Como prólogo, y para darle un toque literario a la narración, podríamos imaginarnos una figura encima de una atalaya, cuyo verdor contagia al extenso y claro mar, casi transparente, que la circunda. Encima de ella un hombre casi desnudo, con el cuerpo oscuro no por su raza sino producto del perseverante sol, tatuado de los pies a la cabeza, las orejas perforadas llenas de pendientes y aros. Ataviado con adornos de hueso, piel y oro, y un penacho de plumas tocando unos largos cabellos trenzados que enmarcan una cara labrada de extrañas marcas rituales. Todo indica el aspecto de un caribe, un indígena de las selvas tropicales de un mundo nuevo para unos, pero viejos como el sol para otros. Todo indica el aspecto de un gran cacique maya…, excepto un detalle…, un rostro barbado, unos ojos celestes como aquel océano, una nariz fina y recta y, sobretodo…, el reflejo de un alma atormentada.

Aquel guerrero mira la inmensidad del mar y piensa en unos tiempos que apenas son un recuerdo, un sueño. En su memoria se confunden vestigios de una vida que parece no corresponderle. Aquel guerrero recuerda, no sin esfuerzo, una juventud donde un relato casi fantástico escuchado en un puerto lleno de vida y trasiego le mantuvo siempre obsesionado. El descubrimiento de unos conquistadores españoles, un tal Alonso Niño y Cristóbal Guerra, de una isla en el golfo de Paria (Isla Margarita o de los Mosquitos, no recuerda bien) repleta de gigantescas ostras cargadas de purísimas perlas. Perlas que los aventureros llevaron consigo llenando cofres que les proporcionaron fama y riquezas.

Aquel guerrero indio ahora piensa que él es como esas perlas…, basura que el sufrimiento recubre de nácar…

—–……—–

La historia, como he dicho, comienza en Palos, en una fecha sin determinar en las últimas décadas del siglo XV. Gonzalo Guerrero nace en el entorno marinero de la villa pero es otro ambiente, el bélico de las guerras del momento, el que finalmente le llama, enrolándose en las tropas de otro Gonzalo tocayo suyo, Fernández de Córdoba, popularmente conocido como el Gran Capitán, con quien contribuirá a la toma de Granada y al final de la Reconquista.

Guerrero, que adquiere una gran experiencia como soldado, se convierte en un estimado arcabucero que continuará fiel al famoso comandante, acompañándolo en su posterior campaña en Nápoles, primer “sitio” del Imperio, donde formará parte de lo que será el germen de los afamados “tercios” que tanto éxito tendrán con Felipe II.

De esta forma, nuestro protagonista se consagra como curtido militar recorriendo Europa y haciendo honor a su apellido que, como un presagio del destino, marcará su vida hasta el final de sus días.

Pero esta historia no sería diferente a tantas de la época si no fuera porque en alguna de sus estancias en su pueblo natal, probablemente entre campañas, permisos y guerras, conoce las maravillosas historias, que en Palos se contaban por doquier, de viajes, mundos inexplorados, riquezas y aventuras. No hay que olvidar que Gonzalo era más joven que el menor de los Pinzón, quien en sus últimas empresas, posteriores a los viajes colombinos, coincidiría en tiempo y lugar con nuestro protagonista, el cual sabría de primera mano de las gestas de su ilustre paisano.

Puerto Histórico de Palos a finales del s. XV

Es por esto, que en algún momento, Gonzalo Guerrero pensaría que tantos años de adiestramiento y combate le sería útil para cambiar su destino y fortuna. La soldadesca era sacrificada y poco producente, sin embargo el Nuevo Mundo prometía una recompensa con tintes tan aventureros como redentores. Por otro lado, la bolsa apremiaba y, las “nuevas Indias” traían rumores de oro y plata, por lo que no tardó mucho en convencerse de que su futuro podría provenir del joven continente.

Mapa de Centroamérica, 1860.

De esta forma, Gonzalo Guerrero, que debido a su experiencia militar y currículum no encontraría demasiados problemas, se embarca, alrededor de 1510, rumbo a las Américas con el capitán Diego Nicuesa, gobernador de Veragua, al oeste del golfo de Urabá, y quien llevaba tiempo inmerso en disputas y guerras internas con otro capitán español, Alonso de Ojeda, que gobernaba Nueva Andalucía, al este. Estas tierras entre el cabo de Vela (Colombia) y el cabo Gracias a Dios (Honduras y Nicaragua) eran producto de la fiebre conquistadora fomentada por Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel y el propio Colón, para eludir el monopolio colombino y rentabilizar la costosa empresa americana.

En esta situación tan conflictiva, con guerras fraticidas de poder, ambiciosos proyectos territoriales, aspiraciones regias, abusos, crímenes y esclavitud, en donde Pizarro aún era un sobresaliente soldado partidario de Ojeda (quien lo deja a cargo de su feudo, más tarde Cartagena de Indias), y el famoso expedicionario Núñez de Balboa, tras explorar los mares del Sur, funda Santa María de la Antigua del Darién, llega nuestro héroe, Gonzalo Guerrero, quien será testigo e incluso partícipe de algunas de las historias protagonizadas por los citados personajes, algunos de los cuales conocerá personalmente.

El azar y su afán de progresar, sitúan a Gonzalo en un barco comandado por Valdivia, capitán de Balboa que, con el objetivo de informar del nuevo mar, parte de Darién (actual Panamá) con destino final en la Española (Santo Domingo), donde Guerrero pretende, bajo recomendación de Nicuesa, embarcar como oficial en un galeón.

2.Buque

De esta forma, la nave parte con buen tiempo, pero las peligrosas aguas del caribe y el traicionero clima tropical, acaban por desatar un temporal que azota al barco en alta mar, confirmando los temerosos presagios de algunos marineros tan supersticiosos como agoreros, que poco antes habían advertido señales desastrosas. Ahora, ante las gigantescas olas que engullen el navío y el viento huracanado que lo destroza, luchan sin demasiada esperanza por sobrevivir, aceptando algunos, entre la resignación y la impotencia, el castigo divino que saldará finalmente sus deudas y que hundirá sus pecados junto con el oro y las riquezas de aquel barco.

El combate con la madre naturaleza tuvo que ser encarnizado, el navío finalmente encalla en unos arrecifes llamados “de las Víboras”, también conocido por “los Alacranes”, cerca de Jamaica, y rompiéndose en mil pedazos expira llevándose consigo la mayoría de sus tripulantes.

Unos pocos consiguen salvarse, en un primer momento, de aquel apocalíptico final. Aunque es fácil imaginar − tras la agonía de los días posteriores, navegando a la deriva en una precaria barca, sin agua ni víveres, en un mar infectado de tiburones y donde el sol y el frío rivalizaban despiadadamente con el hambre y la sed − que algunos de los escasos supervivientes iniciales se hubieran sentido afortunados de haber acompañado a sus colegas al fondo del mar.

A los pocos días apenas quedaban una docena de una veintena de hombres y alguna mujer, entre ellos el capitán Valdivia, nuestro Gonzalo Guerrero y un temeroso fraile, natural de Écija, que aún desconocía que sería el primer intérprete maya de la historia y principal testigo de esta narración, Fray Jerónimo Aguilar. Éstos, que se habían visto obligados a recurrir a todo tipo de abominaciones para subsistir, entre ellas el inútil bucle de beber lo que orinaban o (como si de una macabra eucaristía se tratase) alimentarse con la sangre y carne de sus compañeros difuntos. Finalmente, ante la desesperación y el sufrimiento, divisan, en el último momento de su agonía y locura, un atisbo de esperanza. Los graznidos leves de unas gaviotas parecían indicar el final de catorce días de calvario. Una mancha de tierra sin montañas se iba formando.

Poco les dura la alegría. Cuando, exangües, llegan a la playa de aquella tierra desconocida (en la península del Yucatán), apenas les da tiempo a recuperarse ya que, frente a ellos, un número considerable de extraños seres, con el cuerpo semidesnudo, lleno de estigmas y señales, pintados de forma amenazante y armados con lanzas, porras, flechas y cerbatanas, los esperaban con indudable ánimo agresivo.

3.Apocalypto_peq

El capitán Valdivia, haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba sacó su espada dispuesto a defenderse y, entre gritos y aullidos inhumanos (la mayoría provenientes de aquellos salvajes) se enzarzaron en un combate, conscientes los españoles de no tener ya la más mínima oportunidad de salir con vida.

Apenas Valdivia atravesó a uno de ellos, un machetazo seco en el cráneo lo hizo caer como un pelele, dejándolo malherido. El resto se batieron como pudieron, llevándose Gonzalo Guerrero a dos indios 4.General apresadopor delante antes de acabar en el suelo molido a porrazos. Uno de éstos, con certero golpe de macana, reventó como un melón la cabeza de otro marino, huyendo el desgraciado hacia la selva mientras se la sujetaba entre las manos (más tarde sanaría quedándose tonto y perdonándoles los nativos la vida, por infeliz, durante los pocos años que vivió). Los que sobrevivieron fueron apresados y poco a poco sacrificados, pues aquellos indígenas eran caníbales y tanto Gonzalo Guerrero como Fray Jerónimo Aguilar tuvieron que presenciar horrorizados, junto a un par de compañeros más, como el resto, con Valdivia al frente, eran devorados “Cerré los ojos cuando vi que Valdivia moría como mueren las reses en mi tierra, acanalado por el pecho” (narraría Aguilar en sus memorias). La espantosa visión de aquellos salvajes arremolinándose alrededor de la carne de sus hermanos, que morían de la forma más bestial jamás imaginada (sus miembros tirados hacia todos lados y sus cuerpos atravesados por afiladas lanzas), con bastante probabilidad les insuflaría el coraje suficiente para, aprovechando un descuido, escapar al interior de la isla, donde vagaron por la selva como animales. No pasó, sin embargo, demasiado tiempo hasta caer en manos de otra tribu rival quienes, más pragmáticos, los explotaron como esclavos.

Llegados a este punto, permítanme una licencia que pueda dar gusto a mis aficiones cinéfilas. Son, a mi parecer, tres las películas que parecen encajar perfectamente con esta historia, cada una en un momento de ella. La primera que, quizás por ser relativamente reciente, se me viene a la cabeza es “Apocalypto” de Gibson. Si bien un tanto americanizada, las luchas tribales, los raptos, sacrificios y esclavitudes me dan un marco, para bien o para mal, de las escenas más duras que tuvieron que vivir aquellos ancestros nuestros. Las otras dos, me las reservo para no adelantar acontecimientos, pero les aseguro que se adecuan aún más a esta aventura.

5.Mayas

A estas alturas, es ya casi evidente que la primera pareja de actores se centra en el fraile y nuestro olvidado palermo. Los otros dos hombres que escaparon del canibalismo terminaron muriendo de extenuación ante las infrahumanas condiciones en las que se les hacía trabajar. Es así que, tanto el coraje y la fuerza de Guerrero como la fe y la sumisión de fray Jerónimo fueron claves para la supervivencia de ambos. Ahora, soldado y fraile, casi perdida su condición de personas, podían experimentar, seguramente multiplicado por las extremas condiciones de vida allí, la esclavitud que, de forma natural, sus conciudadanos europeos inflingían permanentemente a indios y africanos.

6.Soldado, la misiónEn este punto podemos analizar la diferencia, complementaria si se quiere, de nuestros dos protagonistas. Por un lado el religioso sevillano, fiel a su doctrina, discreto, sumiso y capaz de resistir todas las vejaciones como si de una prueba divina se tratara. Por otro, el guerrero onubense, acostumbrado a golpear primero, al que, seguramente, su rebeldía le provocaría un mayor maltrato que a su circunstancial compañero, pero que  se aferra a su vida como único patrimonio. No obstante, los años de trabajos forzados en aquella isla irán puliendo el ánimo de los dos españoles, adaptándolos por fuerza a la forma de vida nativa.

Durante aquel tiempo los dos cautivos, presenciarían más de una vez enfrentamientos y luchas entre el pueblo que los retenía y otros clanes enemigos, lo cual, por otro lado, era frecuente. Pero, probablemente, en alguna de aquellas batallas, quizás para salvar la vida, tuvieran que participar y pelear, demostrando Gonzalo sus dotes para el combate e impresionando de esa forma a sus captores, quienes acostumbrados a un tipo de guerra más “florida” se asombrarían ante las maneras del esclavo.

Después de esto, los jefes que ejercían de amos empezarían a ver a los dos andaluces de diferente manera, valorando de alguna forma las virtudes que aquellos extraños individuos blancos y barbudos parecían tener, especialmente el luchador. Aunque también el fraile tuvo ocasión de hacer gala de habilidades ignotas para los indígenas, como una ocasión en que, recolectando miel de los paneles, Jerónimo aprovechó la cera para fabricar velas y cirios, dotando a los sorprendidos nativos (aunque no fuera su intención inicial) de una fuente de luz más cómoda, económica y versátil que las hasta entonces exclusivas hogueras. Es por esto, que en algunos de sus trueques y negocios, el cacique del clan que los retenía los regalaría como valioso presente al monarca de otra tribu, Nachán Can, quien a su vez cede el palermo a su jefe militar, Nacom Balam, que inmediatamente reconoce en Gonzalo a un similar, aunque todavía no era consciente del potencial que Guerrero poseía. Éste, tuvo oportunidad en alguna ocasión de demostrar su nobleza y valor ante el jefe maya, quien a partir de entonces lo empezaría tratar con más respeto.

Entre tanto Fray Jerónimo ve, temeroso, como Guerrero se va aculturando y participando cada vez más de las costumbres de aquellos salvajes, e incluso mantiene, aunque no era la primera vez, relaciones sexuales con mujeres (siempre discretas porque aún sufría la condición de siervo) algo que el fraile evitaba con todas sus fuerzas para aferrarse a su castidad como último resquicio de su religión.

De esta forma, mientras el religioso trataba de pasar desapercibido, asumiendo su papel e intentando llamar la atención lo menos posible, en espera de algún milagro que recompensara su penitencia, Gonzalo empieza a gozar de una cierta consideración entre los indígenas, especialmente los guerreros, cuya pareja admiración y envidia (ya que aquel extraño empezaba captar la confianza de su jefe) provocará más de una disputa que el de Palos salvará con honor y valentía.

Continua…

Enrique Carrillo.

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¿Se repite la Historia?

Publicado por lahuelvacateta en Jueves, 21 Mayo 2009

La finalidad de la historia es explicar el presente, decir por qué el mundo que nos rodea es como es. El futuro depende del pasado. Por tanto, la Historia es pasado, es presente y se proyecta hacia el futuro, hacia nuevas posibilidades. No obstante, esas nuevas posibilidades deben servir para mejorar las condiciones de vida de los seres humanos, sin excluir a ni uno sólo de nosotros.

Pero “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. ¿La Historia se repite? Una respuesta a ello la tenemos en lo que está ocurriendo con el Polo Químico e Industrial de Huelva. Me dí cuenta de ello, tras la lectura de un libro para un trabajo universitario: Capitalismo minero y resistencia rural en el suroeste andaluz. La historia del año de los tiros. Libro que está basado esencialmente en Ríotinto entre los años 1873-1900. Trata sobre “el conflicto de los humos”, y está relacionado con las “teleras” o calcinaciones al aire. Relata también los hechos de El Año de los Tiros (4-2-1888), basándose en distintas versiones, y el tan polémico y ya mencionado conflicto de “los humos”, y los antihumistas. Mas, con esta reflexión, lo que pretendo es que cada cual saque sus propias conclusiones o posibles similitudes de estos acontecimientos pasados con lo que está ocurriendo hoy día en Huelva.

Teleras RioTintoTeleras de Ríotinto. Imagen: http://andresmarincejudo.blogspot.com

Son 2 los temas destacables que impregnan este periodo:

1) La lucha de los antihumistas para que se aplique el Decreto

En 1888 hubo un debate en las Cortes en el que se trató el tema de Los humos de Huelva. Y tras diversos estudios realizados, éstos dieron lugar a la promulgación del Decreto de Albareda mediante el cual se prohibía las calcinaciones al aire libre. El año 1889 transcurre entre reuniones y reticencias continuas de las autoridades y sin ninguna prueba que demuestre que el Decreto comenzara a aplicarse. Este mismo año vuelve el escepticismo, al quedar otro trabajador asfixiado en las minas y vuelve el descontento en el pueblo de Río Tinto por el plazo dado de 3 años para terminar con las teleras, ya que éste se consideraba excesivo. Acusan a Cánovas de no colaborar con la Causa de los Pueblos, por los intereses que tienen en las minas. Por su parte, Manuel de la Paliza propone la realización de un convenio cuyas propuestas serían: 1) Las empresas aceptarán constituir tribunales mixtos con representantes de empresas y pueblos. 2) Los pueblos y empresas designarán a sus representantes. 3) Los representantes de ambos fijarán las indemnizaciones.

Los vecinos de los pueblos afectados, no confiarían en esos tribunales mixtos y ven el Convenio como un capricho de la empresa para evitar el Decreto, ya que éste era incompatible con el Convenio. Asimismo, Ordóñez Ricón redactó una circular (que estuvo a punto de ser boicoteada por la empresa) convocando a una reunión a los representantes de cada pueblo para decidir qué se debería reivindicar. Esta reunión no agradó al Gobernador, que intentó que no se celebrara, mediante el envío de cartas a los alcaldes y a los propios convocantes. A raíz de estos acontecimientos comienza a surgir rumores que hablan de una posible derogación del Decreto. En el ámbito nacional, los contrarios a la prohibición de las calcinaciones, aconsejaban al Gobierno que no cumpliera el Decreto.

Teleras Riotinto 2Teleras. Imagen: http://zalamealareal.blogspot.com

2) La actitud de marcha atrás de los obreros ante la política de despidos de la Río Tinto Company.

A partir de 1890, se produce la aplicación del Decreto de Albareda para acabar con las teleras, pero esto a su vez supone el despido de muchos trabajadores. La empresa justifica los despidos por una reducción del sistema, y culpa a los antihumistas de la situación que viven los obreros en ese momento, consiguiendo así que se dé la vuelta a la actitud de los mineros, que comenzarán protestas para pedir trabajo y culparán a los antihumistas de su situación laboral. Una vez los obreros son despedidos, éstos empezarán a reunirse con políticos, dueños de otras empresas con el único fin de arreglar su situación, reuniones que no tienen éxito.

Los sectores que apoyaban a la empresa y la propia Río Tinto Company aprovecharían la situación de los obreros para realizar algunas maniobras como: 1) Sobornar a los políticos para que ayudasen a la empresa. 2) Cargar duramente contra los antihumistas, con el único fin de poner a los obreros en contra de éstos. 3) La compañía logró también convencer a la Academia de Medicina, con el fin de que  declarasen que el dióxido de azufre no era perjudicial para la salud.

A raíz de toda esta manipulación, los obreros comenzaron a manifestarse pidiendo trabajo y se formaron comisiones con el fin de convencer a los obreros que aún estuvieran a favor del Decreto. En febrero de 1890 se comienza el ataque más duro contra el Decreto de Albareda, que terminará con su derogación en diciembre de 1890. Este ataque se centró sobre todo, en la utilización de pruebas médicas que decían que las teleras no contaminaban tanto como decían los antihumistas y que no eran perjudiciales para la salud. En los años posteriores a la derogación del Decreto, volvieron a producirse manifestaciones exigiendo el cierre de las teleras, además, encontraron un método por el que el azufre de la pirita en vez de perderse en humo, se podía recuperar para los fabricantes de ácidos. Ante esto, las teleras se fueron cerrando poco a poco, cerrándose la última en 1907.

Con respecto a la mortalidad y morbilidad en las minas de Ríotinto, no hay referencias exactas sobre cómo influyó las teleras en la mortalidad, puesto que los propios médicos modificaban los informes para favorecer a la empresa. Si se realizara un estudio en profundidad sobre ese periodo, observaremos lo mucho que creció la mortalidad y morbilidad a causa de enfermedades que se contraían como consecuencia de la forma de trabajar en las minas. Las enfermedades más destacables desde 1873-1899 en la Cuenca Minera fueron: tuberculosis, traumatismos, enfermedades digestivas (destacando en el síndrome diarreico), epidemias, enfermedades cardiovasculares, enfermedades infecciosas, enfermedades de las vías respiratorias, enfermedades infecto-contagiosas, etc.

Por su parte, el Doctor Pulido (que había sido enviado para comprobar la insalubridad y lo que contaminaban las teleras), nos habla de unas sensaciones de opresión en el pecho, picor de ojos, hipersecreción mucosa y falta de aire en general, al situarse en la salida de humo de una telera. Hay que destacar el aumento de la mortalidad infantil debido a la contaminación y al trabajo en las minas, cosa que supuestamente estaba prohibida según la Ley Benot de 1873, que prohibía el trabajo en ellas a menores de 10 años. Pero no hay referencia alguna a que esta Ley se cumpliera, según nos cita Gil Varón. El periodo de mayor mortalidad fue desde 1873-1890, posteriormente hubo un débil descenso en general entre hombres y mujeres, pero aumentó el número de casos en los niños destacando, sobre todo, el síndrome diarreico.

Los trabajadores eran conscientes del impacto negativo (sobre la salud de ellos mismos y de sus propios familiares) de las calcinaciones al aire libre, pues veían cómo sus hijos morían masivamente como consecuencia de síndrome diarreico. Pero ellos estaban “entre dos aguas”, es decir, si eran despedidos morirían de hambre, si trabajaban alargaban un poco más sus tristes agonías. Naturalmente, optaron por esto último, recordemos que en estos años no existían las jubilaciones anticipadas, ni el subsidio por desempleo, ni el ERE (Expediente de Regulación de Empleo) y a quien era despedido sólo le esperaba el hambre y la miseria. Mientras tanto, en Madrid decían que “la gente de Huelva es muy belicosa”.

El Niño de la Ría.

Fuente: Ferrero Blanco, Mª D. (2006): Capitalismo minero y resistencia rural en el suroeste andaluz. La historia del año de los tiros. Servicio de Publicaciones de La Universidad de Huelva. Huelva.

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Casas Desaparecidas: La Casa de Los Garrocho

Publicado por lahuelvacateta en Sábado, 9 Mayo 2009

Ya hemos hablado anteriormente de los Garrocho, una de las familias más importantes de Huelva durante la Edad Moderna. Los miembros de esta familia se dedicaron a la carrera militar y eclesiástica, llegando incluso a corregidores de la villa de Huelva. Los Garrocho debían tener una casa principal como correspondía a su rango, y decidieron construirla en la calle La Fuente, llamada así por una fuente que surtía agua procedente del acueducto romano hasta bien entrado el siglo XVIII.

Esta calle se encuentra muy cerca de la plaza de San Pedro, lugar en el que se encontraban los centros de poder de Huelva en los siglos XVI y XVII: el castillo, la iglesia mayor de San Pedro y las Casas del Cabildo.  Pero en el siglo XVI se inicia una tendencia clara a continuar el poblamiento en la parte baja de la villa (la zona de la calle Concepción),  que con el paso de los años superará en importancia a la de San Pedro. Los Garrocho construyen su casa en la zona más baja de la calle La Fuente, un lugar cercano a San Pedro, pero no demasiado alejado del centro comercial de la ciudad.

Esta casa era un caserón de dos plantas, de los mejores que existieron en la ciudad. Tenía el escudo nobiliario de los Garrocho sobre su puerta, y un patio con arcos y alrededor del cual se disponían las habitaciones. Existen referencias sobre los “jardines” de la casa, así como de unas pinturas que celebraban los “triumphos gloriosos de esta Galeota de Huelva”, el barco capitaneado por esta familia y que se encargaba de librar a la ciudad del peligro de los piratas berberiscos.

Recreacion Antigua Fachada GarrochoRecreación aproximada de la fachada elaborada a partir de una descripcion, de una foto y de un dibujo.

Garrocho en el pasadoFoto: “El Castillo de San Pedro”, J.L. Gozálvez, P. 95.

Pues bien,  llegaron los años finales del siglo XX y la casa se mantenía en pie hasta que a algún “iluminado” se le ocurrió la feliz idea de que era un edificio inservible y sin valor, que debía ser derribado para ensanchar la calle.

Dicho y hecho, la casa de los Garrocho fue completamente derribada. El escudo de armas del portón fue desmontado y hoy puede ser contemplado en los jardines del Santuario de la Cinta. Su espacio se encuentra actualmente ocupado por un edificio de viviendas que en sus bajos tiene los estudios de RTVE Huelva.

Calle La FuenteNorthman.

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La Casa de Los Trianes

Publicado por lahuelvacateta en Domingo, 12 Abril 2009

La calle Puerto fue durante siglos uno de los lugares preferidos por los onubenses adinerados para construir sus casonas. La antigua calle Puerto era una zona intermedia entre el barrio Alto de San Pedro, donde se encontraban los centros adinistrativos y de poder, y el barrio portuario y comercial de la Concepción. Esta fue la zona elegida por la familia Trianes para construir su casa-palacio.

casa-de-los-trianesCasa-palacio de Los Trianes, calle Puerto. Foto: Huelva, Ayer y Hoy nº 55.

Los Trianes, como ya dijimos en el anterior artículo, eran una familia procedente de Ayamonte cuyos miembros se dedicaron al comercio e incluso ocuparon cargos administrativos como el de alcaides del castillo de Huelva. En el siglo XVIII construyeron un caserón en la calle Puerto. Esta era una casa típica de una familia de importancia en la Huelva del siglo XVIII. Dos pisos de altura, portada con balconada y un patio de columnas construido con un pozo central y a cuyo alrededor se distribuían las dependencias de la vivienda.

patio-de-los-trianesPatio de la casa-palacio de Los Trianes. Foto: Huelva, Ayer y Hoy nº 55.

Con el paso de los siglos la casa fue ocupada por un cuartel de la Guardia Civil hasta su derribo definitivo. En su lugar se construyó el “mondonguístico” edificio de la Telefónica, y con ella desapareció una vez más un trozo de la Historia de la ciudad.

edificio-telefonicaEdificio de Telefónica en la calle Puerto. Foto: Sr. Rubio

Northman.

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Los Trianes y El Nazareno

Publicado por lahuelvacateta en Viernes, 10 Abril 2009

Todas las ciudades y pueblos han tenido vecinos ilustres que han jugado el papel de mecenas o patrocinadores de cofradías, iglesias y eventos religiosos. Huelva también los tuvo.

En el pasado, era costumbre frecuente que los vecinos adinerados labrasen capillas o incluso iglesias completas, costeándolas con su propio dinero y convirtiéndolas en panteones familiares. En Huelva tenemos el ejemplo de la iglesia de la Merced (panteón de los Duques de Medina-Sidonia y donde se enterraron algunos de sus hijos), la cripta de la Soledad, la capilla de la Inmaculada costeada por los Ginés Martín (y ocupada hoy por la hermandad de Pasión en San Pedro), o la capilla de los Garrocho en la desaparecida iglesia de San Francisco.  Hablaremos ahora de la especial relación entre una de estas familias, los Trianes, y la Hermandad del Nazareno, que procesionará dentro de algunas horas por las calles de Huelva.

El Nazareno en Placeta (2007). Foto: Sr. Rubio

El Nazareno en Placeta (2007). Foto: Sr. Rubio

La familia Trianes llegó a Huelva en el siglo XVIII  (1760) procedentes de Ayamonte, puesto que la posición de la ciudad y su puerto eran más ventajosos para su comercio con la ciudad de Cádiz. Se establecen en la calle Puerto, comprándo las casas de Antonio Buttler (un descendiente de irlandeses) y construyéndose una casa palacio. Esta casa estaba justo enfrente del Convento de la Victoria, donde se encontraba la Hermandad del Nazareno desde su fundación.

En 1766, los Trianes son nombrados alcaídes del castillo por parte de los Duques de Medina-Sidonia. Un cargo más que nada honorífico, ya que el castillo estaba en ruinas por aquella época, pero que nos da una idea de la importancia de esta familia.  En 1791 Antonio Agustín Trianes Zenteno manda construir en el Convento de la Victoria la capilla del Sagrario, donde se venerarían las imágenes de la hermandad del Nazareno y donde se enterrarían los miembros de su familia. A partir de entonces, los Trianes se convierten en patrocinadores de esta Cofradía, encargándose de sacar la Hermandad y dar culto a las imágenes.

Pero las cosas en Huelva duran poco, y 40 años después se cierra el convento de la Victoria debido a la desamortización. La familia Trianes encarga trasladar las pertenencias de la Hermandad del Nazareno a la iglesia de la Concepción, dónde esta familia construye una nueva capilla para la Hermandad del Nazareno, capilla que ocupa en la actualidad. En el testamento de Teresa de la Cruz de Trianes (1845), viuda de José María Trianes, se declara, “que habiéndose suprimido los conventos trasladé al altar que pertenecía a los Trianes, mis hijos, a la Parroquia de la Concepción en donde conservan sus pertenencias, como lo demuestra su escudo de armas”.

Con el paso del tiempo -ese tiempo que en Huelva arrasa con todo- se derriba el convento de la Victoria y la casa de los Trianes. Incluso la inscripción en el arco de entrada a la capilla del Nazareno en la Concepción, que indicaba la fecha de construcción de la capilla y su costeamiento por la familia Trianes, ha sido borrada a base de pintura blanca en la última “restauración” de la iglesia.

escudo-nazarenoImagen: www.nazarenodehuelva.com

El último recuerdo que queda de esta familia en Huelva, forma parte del escudo de armas de la Hermandad del Nazareno.

Northman.

Las citas y las fechas se obtienen de la página web de la Hermandad del Nazareno de Huelva.

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El Cabezo del Cementerio Viejo

Publicado por lahuelvacateta en Domingo, 29 Marzo 2009

Las investigaciones ubican el origen de la ciudad de Huelva en la zona comprendida por los cabezos de San Pedro, Molino de Viento y Cementerio Viejo. Hoy día, sólo nos queda el de San Pedro como testigo de la Historia, pero, eso sí, muy mermado en lo que a su extensión original se refiere. En un extremo del cabezo de San Pedro se encontraba un apéndice del mismo, conocido como Cementerio Viejo al estar construido en su cima el primer cementerio de la ciudad “moderna” a principios del siglo XIX. Esta cornisa ocupaba parte de la actual calle Aragón y el paseo de Buenos Aíres o cuesta del Carnicero, asomándose a la plaza de la Merced en su punto más extremo.

cabezo-cementerio-viejoFoto: Google Earth

Este cabezo desaparece en 1883 para rellenar las marismas y ampliar la zona portuaria. Es interesante una anotación en las actas municipales con respecto a este desmonte, en la que se autoriza en una sesión municipal a “dar barrenos de pólvora para ayudar a la pica de dichas piedras”, ya que el desmonte estaba siendo dificultado por la aparición de grandes piedras…¿piedras? ¿en un cabezo?

El origen de estas piedras no puede ser corroborado, pero si tenemos en cuenta la cercanía del castillo a dicho cabezo, bien podrían ser restos de estructuras medievales o incluso sillares romanos.

En los cabezos y en el subsuelo de Huelva es fácil (lo era al menos antes) encontrar pizarras, piedras negras provenientes de la zona de Gibraleón y que eran utilizadas como materiales de construcción. Los grandes bloques de piedra provenientes de la canteras de Niebla eran utilizados para los edificios nobles. Por la información del acta municipal, las piedras parecen ser más sillares que pizarras.

Nunca sabremos a qué pertenecían aquellas piedras porque una vez más, un cabezo lleno de Historia, fue eliminado para dar paso a la “modernidad.”

Northman.

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La ciudad de Tartessos en Huelva capital (2/2)

Publicado por lahuelvacateta en Lunes, 23 Marzo 2009

Emporio

Dejando a un lado la cuestión geográfica, otro texto destacable es de Pseudo Escimno donde indica: “Vecina a esta se encuentra la noble ciudad (…) de (…) Gadira, después de esta se halla (…) el riquísimo emporio llamado Tartessos, ciudad Ilustre”.

En esta cita es reseñable la descripción de la ciudad como emporio, entendiéndose como una ciudad meramente comercial, donde acudían distintas civilizaciones con esos objetivos. Y ¿cómo ajustar esta definición a esta teoría?

La arqueología ha dejado patente cómo en los territorios tartesios hay dos zonas diferenciadas, una la zona Huelva que aglutinaba el comercio de metales y productos de la siderurgia, y una segunda en la de Doñana más dedicada a la agricultura y ganadería.

Esta división es significativa ya que todos los textos que hablan de la mítica ciudad, hablan casi exclusivamente de su riqueza mineral, hecho muy relevante a mi entender.

Por otro lado, en el dragado que se hizo en la ría se hallaron numerosos objetos, como armas construidas en la zona, así como diversos objetos griegos y de otras civilizaciones (y más que queda en el fondo), lo que unido a otras circunstancias, demuestran, según numerosos autores, que en el lugar se encontraba un puerto comercial de gran importancia, muy posiblemente anterior a la fundación de Gadir.

Una vez en la ciudad de Huelva, se comprueba que está construida sobre la ciudad romana de Onuba, la cual, a su vez, se encuentra sobre la Huelva Tartesia, cuyos restos aparecen en una gran extensión. Al examinar la ciudad Tartesia, se comprueba que en ella hay tres zonas diferenciadas. Junto a la zona de los Tartessos, se encuentran otras dos a modo de barrios, uno meramente griego y otro fenicio, que convivieron con la citada civilización, y que estuvieron dedicados a comerciar. De hecho, en las excavaciones para la construcción de un edificio en la ciudad de Huelva, sobre lo que sería la zona griega, aparecieron innumerables restos de objetos de esta cultura. Igualmente están los restos de un muro de contención fenicio, construido por éstos como objeto del comercio establecido.

Todo ello deja ver claramente que la ciudad tartesia de Huelva, era un gran centro de comercio, ajustándose al texto antes citado, ya que demuestra la convivencia y las relaciones comerciales entre estas civilizaciones más que la colonización o conquista por parte de las extranjeras, si bien, ejercieron notable influencia sobre ellos (periodo orientalizante). Unido a ello, hay restos de otras civilizaciones como, por ejemplo, los etruscos, que eran conocidos como piratas muy agresivos fuera de sus posesiones, pero que al parecer también comerciaban en el lugar.

Una tumba real

Otra cuestión a tratar sería los extraordinarios hallazgos del Cabezo de la Joya, en plena ciudad de Huelva, donde se encontró una necrópolis en la que una de las tumbas tenía características distintas a lo hasta el momento encontrado.

En ella aparecieron gran cantidad de objetos de valor, nada habituales en las otras tumbas de esta civilización, destacando entre ellas un carro, posiblemente de guerra, que debió pertenecer al difunto, lo que da al hallazgo el carácter “único” y de posible tumba real, al no haber otra similar.

Carro hallado en la Joya

Carro hallado en la Joya

Si bien el carro es el hallazgo más significativo, no son menos las estelas funerarias que al parecer representan enterramientos reales. En ellas aparecen grabados de escenas con personajes en distintas situaciones y además, un carro de características casi idénticas al encontrado en la Joya, como se puede observar en las imágenes de a continuación.

estela-funeraria-tartessos

Estela funeraria de enterramientos reales

Esto posiblemente podría quedar bastante esclarecido si los textos grabados encontrados en la tumba algún día pudiesen descifrarse, y como aparece en uno de los rótulos del museo de Huelva “¿y si pusiese Argantonio?”.

La ciudad más antigua de Europa occidental

Hasta hace poco se hablaba de Cádiz como la ciudad más antigua, por su fundación por parte de los fenicios, pero en los últimos años parece quedar bastante argumentado que este título corresponde a Huelva capital, merced a los hallazgos en la zona del Seminario, donde se han encontrado gran cantidad de ídolos religiosos, así como señales claras del establecimiento de poblaciones y zonas de cultivo, todo esto con una antigüedad de 4500 a 5000 años.

Junto a esto, se han descubierto tumbas tartéssicas, romanas y árabes. Todos estos descubrimientos dejan bastante claro que una vez se asentaron los primeros pobladores en la zona de Huelva, ya no volvería a quedar la zona deshabitada.

Esto corroboraría la circunstancia citada en el punto que trataba el hecho peninsular de la zona, ya que a la franja del Seminario se accedería directamente a través de la zona por la que quedaba unida al resto del territorio (indicado en el plano anterior).

Por todo ello, es lógico pensar que una civilización como los Tartessos, que parece confirmado que era autóctona, surgiese de poblaciones asentadas en la zona desde mucho tiempo antes, ya que no sería producto de la colonización de otras civilizaciones, como es caso de la fundación de Cádiz, sino que cuando estas civilizaciones llegaron, los autóctonos ya habitaban en el lugar.

Conclusiones

Todo lo expuesto, hay que unirlo al hecho de que todos los esfuerzos en localizar la mítica ciudad se han centrado casi exclusivamente en la franja de Doñana, como he comentado, entre otras cosas para intentar localizar el supuesto lago que rodeaba la ciudad, forzando el ajuste del resto de características de la zona, no hallando nada que pudiese hacer suponer que en ese lugar ha habido una ciudad de estas características.

Como mencioné con anterioridad, los textos clásicos que sirven para su localización siempre tienden a la exageración, sobre todo teniendo en cuenta que trataban de describir una ilustre ciudad de una rica civilización, adaptando, a mi entender, lo que sabían del tema a lo que conocían directamente, y sobredimensionándolo.

Cabe destacar, el hecho que tras la desaparición de Tartessos por la influencia de Cartago, ya que  molestaba al comercio, ese “emporio” comercial se trasladaría a la zona de Gadir, lo que produjo una gran confusión entre los distintos autores, llegando a confundir Tartessos con esta ciudad.

Sin embargo, me parece evidente que punto por punto, la ciudad de Huelva reúne muchas más condiciones para ser Tartessos o la ciudad capital del reino. Resulta muy significativo el hecho que bajo Huelva y Onuba se encuentran los restos de la ciudad tartesia en prácticamente toda su extensión, quedando bien delimitada por las necrópolis halladas en los alrededores, no encontrándose restos de otra ciudad de estas dimensiones en otro lugar, y mucho menos con las condiciones geográficas necesarias.

Por último, me hago la siguiente pregunta ¿por qué nunca se ha encontrado la ciudad de Tartessos? Me inclino a pensar que es difícil de encontrar porque se halla bajo otras dos ciudades, Onuba y la actual Huelva, sin olvidar a la Welba árabe, lo que dificulta con mucho su investigación.

Por tanto, yo seguiré creyendo que bajo mis pies está la ciudad de Tartessos, al menos hasta que alguien, saque una teoría que me parezca más convincente, o se encuentre Tartessos en otro lugar, cosa que particularmente creo imposible.

Neoptolemo.

Fuentes:

AVIENO: Ora Marítima.
ESTRABÓN: Geografía III.
HERODOTO: Historia Libro I.
Carta de Eustatio a Dionisio, 337.
ESCIMNO, 164.
DEAMOS, MARÍA BELÉN: Revista Historia de National Geographic.
FERNÁNDEZ JURADO, JESÚS: Tartessos en el Tiempo.
Diario Odiel Información, 15 de Septiembre de 2006.
www.tartessos.info
www.wikipedia.org

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