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El Indio de Palos (2/3)

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en jueves, 11 junio 2009

(Viene de aquí)

Poco a poco, Gonzalo Guerrero empieza a ganarse a aquella gente desplegando sus conocimientos y sorprendiéndolos 7.Soldado batallandoen disciplinas desconocidas hasta entonces para ellos como eran la estrategia y las tácticas militares, utilizando estas nuevas técnicas de guerra en sus frecuentes enfrentamientos con clanes y dinastías rivales. Los numerosos triunfos de los miembros de la tribu en sus luchas internas, con la ayuda y consejos de Gonzalo, terminarán dándole a éste un cierto estatus, dedicándose, a partir de ahora, a adiestrar a los guerreros nativos en las artes de la guerra que, desde un punto de vista “europeo”, ganarán en disciplina y eficacia. Las acciones grupales, las estrategias y juegos tácticos, los ataques en relevo, las defensas organizadas…, eran insólitas para sus adversarios por lo que, combinados con el ímpetu, conocimientos y habilidades autóctonas, las victorias se sucedían unas tras otras.

No es extraño pues, que Gonzalo Guerrero se convirtiera casi en un héroe. Reclamado por el cacique Nachán Can y secundado por el jefe Balam, Guerrero adquiere rango de “nacom” o jefe militar.

El prestigio del palermo crece entre los miembros de la tribu, que aquel empieza a considerar ya suya. Quizás, el punto de inflexión lo desencadenó la visión de la hermosa Zizel Há, hija del rey, y cuyo interés seguramente fue correspondido. A partir de entonces, ante la desesperación del diácono compañero de infortunios, Guerrero se somete a todos los rituales que pondrán a prueba su valor y merecimiento de tal cargo.

8.RitualY ahora permítanme citarle la segunda película que, inevitablemente, me recordó esta historia y que, en este momento, le viene al pelo. Como Richard Harris en “Un hombre llamado Caballo” Gonzalo resiste estoico todas las pruebas que le inflingen. Tal que el personaje del actor británico en la antigua película, el andaluz sabe que esto es el principio de su transformación y el final de su vida anterior. Guerrero comprendió y asimiló perfectamente las costumbres, religión y filosofía de aquella gente, y las hizo suyas con aquel sacrificio. Tras superar  las más terribles pruebas se dejó hacer las mutilaciones y escarificaciones rituales. Los tatuajes shamánicos grabaron todo su cuerpo y labraron su cara. Se dejó perforar las orejas y colocarse los típicos zarcillos que deformaban sus lóbulos, así como los aros y pasadores que atravesaban su boca. Sus cabellos, más largos que el de la mayoría de los nativos, fueron trenzados y adornados como corresponde a un gran jefe y, en definitiva, su aspecto dejó de ser el de un hombre para convertirse en un enviado de Ahchujkak, el dios maya de la guerra.

De ahí en adelante, todo se sucede vertiginosamente. Ante la mutua atracción de Gonzalo y la princesa Zizel Há, su padre Nachán Can concede la mano de su hija al valiente guerrero. De esta forma, Gonzalo pasa a la aristocracia maya sin dejar de comandar sus tropas en las constantes luchas cuyos triunfos se van encadenando. Su nombre empieza a conocerse en todo el territorio, desde Cozumel hasta los alrededores de Chactemal, en la península. Todas las dinastías temen y respetan a aquel extranjero invencible que unos creen endemoniado y otros enviado por los dioses.

9.Guerrero maya

Entre tanto Gonzalo Guerrero tiene descendencia. Demostrando una completa asimilación a la nueva religión, su primera hija es sacrificada, como corresponde hacer con los primogénitos, mientras que los siguientes, dos niños y una niña, se someten a las costumbres y ritos autóctonos, como aplastarles la frente con tablillas de las que cuelga una piedra que, con el objeto de ver más allá (hacia el centro de la mente), los deja bizcos, símbolo de belleza en la cultura maya.

10.Grabado

Fray Jerónimo, a pesar de llevar tiempo apartado de Guerrero y aún en condición de esclavo, conoce e incluso presencia la transformación de su compañero, horrorizado ante la blasfemia y los numerosos pecados (principalmente la falsa idolatría) que éste comete aparentemente complacido. Aguilar busca en la enajenación la excusa que justifique a su amigo de tan ominosos actos pero sólo ve en él aceptación, lo que le perturba el alma. El monje, que aún conserva los harapos de sus hábitos y un pequeño libro de cuentas (que le permite ceñirse a su civilizado calendario), se encuentra más solo que nunca y, estando ya a punto de desistir –cuando se encomendaba al cielo y a su Dios para que lo llamara lo antes posible y dejar aquel infierno pagano y salvaje– oye los rumores… Los indios de su tribu andaban revueltos y nerviosos.

Parece ser que Hernán Cortés tuvo noticia, por boca de unos indios que a su vez habían oído a otros (allende las islas conocidas), cómo en aquellas lejanas e inexploradas tierras del istmo que separa ambos mares, habían visto gente como ellos. Hombres blancos y con barbas que no dejaban lugar a dudas de su procedencia cristiana.

Con esta nueva, Cortés, aprovechando una de sus expediciones se adentra por rutas más o menos vírgenes hasta llegar a las inmediaciones de la isla de Cozumel, donde dicen que se hallaban aquellos náufragos cautivos.

No eran tierras del todo desconocidas para los españoles, pues al menos un par de expediciones intentaron llegar a los alrededores en busca de riquezas y esclavos, siendo duramente rechazados ante el asombro de los conquistadores.

Cuentan incluso que cuando Hernández de Córdoba, con un grupo de soldados, pisó tierra en Cabo Catoche y 11.Pirámide MayaChampotón, aquellos salvajes estaban esperándolos. No estaban asustados ni confiados, sino atentos a sus movimientos. Los soldados castellanos, acostumbrados a otro tipo de reacción cuando aquellos aborígenes veían sus armaduras brillantes, fueron escoltados por los nativos hasta su pueblo, asombrándose de aquellas construcciones de piedra estucadas y coloreadas que, en mitad de la selva, salían a su paso. Rápidamente pensaron en las riquezas y tesoros que podrían guardar y, bajo excusa de pedir agua, acompañaron a aquellos extraños indígenas que casi parecían sonreírles (”más no era sonrisa amistosa sino inquietante…”, declararía uno de ellos más tarde). El calor era sofocante, la humedad elevadísima, los mosquitos y garrapatas los estaban devorando, pero los españoles avanzaban con paso firme y autoritario, sin dejar ver a aquellos indios apostados en los árboles que, realmente, estaban a punto de desfallecer. Una vez en aquella extraña ciudad, las mujeres salían a su paso, conservando aún la perseverante y maliciosa sonrisa.

Ante una especie de altar teñido de rojo un hechicero salió al encuentro, estaba pintado y su pecho manchado de sangre. Todas las señales eran amenazantes pero la codicia de aquellos hombres los nublaba. Con su acostumbrada arrogancia, cogieron agua de un pozo sin molestarse en pedir permiso y, presurosos, se la echaron por encima de sus 12.Calaveracorazas para enfriarlas. Inmediatamente, quisieron entrar en los templos y edificaciones notables pero el shamán lo impidió señalando hacia una escultura de piedra, sobre un pedestal al que se accedía mediante cuatro rampas, que representaba una figura devorada por un animal mitad serpiente mitad jaguar. Las rocas también estaban teñidas de rojo. Los soldados castellanos no se amilanaron, su avaricia era superior. Con desfachatez y soberbia empujaron a algunas mujeres para abrirse paso e, inmediatamente, aparecieron cientos de guerreros que entonaron una letanía cada vez más sonora. En pocos segundos, los gritos y aullidos de aquellos hombres se mezclaban con los animales de la selva, monos, papagayos y tucanes acompañaban los alaridos fantasmagóricos de aquella gente. Los españoles retrocedieron despacio ante los guerreros nativos que les apuntaban con flechas y lanzas. En su camino de regreso a la playa no dejaban de aparecer, como si se materializaran de la nada, hombres pintados, mimetizados con la selva. Un soldado dio un paso en falso y, en el acto, decenas de flechas lo atravesaron, dos de ellas en el cuello y la cabeza, la última en el ojo.

A pesar de todo, los soldados acamparon en la orilla. Los tambores no dejaban de sonar, en alerta, como aviso hacia aquellos intrusos. Cientos de hogueras resplandecían por toda la jungla, rodeando los barcos que fondeaban cercanos. Aún así, al amanecer, los soldados españoles pidieron ayuda, varios cañonazos sonaron, algunas barcas se aproximaban. Eso fue su fin.

13.Soldado español y mayasLos españoles no sabían de dónde les venían los ataques. Flechas, dardos emponzoñados que apenas atravesaban la piel infectaban… Sus armas de fuego no eran efectivas ante seres invisibles, sus espadas y lanzas no podían actuar sin un blanco cercano…Fue una masacre. Los cuerpos caían unos tras otros, y cuando estaban a punto de huir… aparecieron…

A la cabeza un salvaje, más alto que el resto, gritaba en una lengua extraña, los nativos contestaron repitiendo una misma palabra: “castillan,  castillan…”

Mas tarde, algunos supervivientes contarían a sus superiores, casi delirando, el casual parecido de aquella palabra con su gentilicio “castellano” y como aquel indio alto, el capitán…, parecía tener…barba…

Gonzalo Guerrero se convirtió en un caudillo. Logró lo que nadie había conseguido en aquellas tierras, unir todas las dinastías, aglutinar a todos los clanes de los territorios cercanos en un fin común, combatir a los conquistadores españoles.

Guerrero los conocía demasiado bien y sabía que nada detendría la desmedida ambición de su antigua patria. Los castellanos, tarde o temprano, acabarían llegando y arrasándolo todo, era cuestión de tiempo. Sus tropas, las mejores del mundo (y las más despiadadas) eran infinitas y su codicia casi tan grande y peligrosa como su orgullo. Sí, él formó parte de la maquinaria y era consciente del destino que les aguardaba…, pero no estaba dispuesto a ponérselo fácil. Por cada guerrero maya que marchara al séptimo cielo, decenas de cristianos se irían al infierno.

Así, Gonzalo advirtió a todos los jefes y caciques del inminente peligro, instruyendo a sus guerreros en la lucha contra los españoles. Les enseñó a no temer a los caballos ni a los cañones, a cuidarse de las armas de fuego. Los adiestró en las guerrillas y emboscadas, enseñándoles los puntos flacos de sus petos y armaduras y, en definitiva, a aprovecharse de la superioridad de su aparente “desconocimiento” induciendo a la confianza del enemigo.

Tras Francisco Hernández de Córdoba, otras expediciones, comandadas por Montejo y Dávila, intentaron llegar a la península corriendo igual suerte. Varios intentos fueron rechazados ante la estupefacción de los gobernadores españoles y, para sorpresa de ellos, los testimonios de los que volvían eran cada vez más desconcertantes. Relataban que encontraban rudimentarios bastiones a la manera europea, que los indios (al contrario de lo que conocían) se presentaban a la batalla de forma muy organizada, engañando y actuando por sorpresa, desgastando al enemigo o dividiéndolos para acabar con ellos. Y esto se repetía en diferentes zonas y, aparentemente, con diferentes tribus.

14.Una Batalla

Gonzalo Guerrero se desplazaba de una parte a otra del Yucatán para ayudar y asesorar a los caciques, y era el primero en entrar en lucha. Ahora protegía a su tierra y a su familia, y sabía que la única forma de retrasar el desastre era actuando rápida y contundentemente.

Jerónimo, naturalmente, ignoraba estos combates. Gonzalo aconsejó que lo mantuvieran ajeno a cualquier contacto, pues conocía el deseo del fraile por regresar a toda costa y conocedor como era del idioma, las costumbres y los asentamientos mayas, podría convertirse en un arma muy peligrosa en manos enemigas.

No obstante, Cortés llegó sin aparente ánimo belicoso. El objetivo, en principio, era rescatar a aquellos náufragos castellanos de los que había oído hablar y que se encontraban cautivos por lo que, utilizando algunos indios a su cargo (esclavos de Cuba y otras islas), mandó cartas y presentes para el rescate. También él era consciente del valor que aquellos dos posibles intérpretes podrían tener para sus futuras pretensiones

Finalmente las noticias llegaron a la tribu donde se encontraba Jerónimo Aguilar. El cacique, al principio receloso, terminó por escuchar a los enviados así que, ante las súplicas y demandas del religioso y la actitud tan sumisa y servicial que  siempre mostró, acabó apiadándose de él y aceptó el rescate.

Aunque dije que quería evitar citas literales y bibliográficas, lo cual he cumplido bastante a rajatabla, ahora deben disculparme por utilizar, a continuación, algunas de ellas. Frases literales. Tal cual Fray Jerónimo de Aguilar las narró y Bernal Díaz del Castillo, entonces un joven marinero con buena memoria a las órdenes de Cortés, escribió en su posterior obra. Se trata de un breve diálogo entre los dos protagonistas (y algunas frases más) tan dramáticamente emotivo y significativo, que no se puede obviar su “literalidad”.

15.Retrato Hernán Cortés

Retrato de Hernán Cortés

La dicha era muy grande para el fraile, Dios había escuchado finalmente sus súplicas y recompensado su sufrimiento. Hernán Cortés esperaba fondeado a poca distancia de aquella isla. Aquella carta era como la rama de olivo que la paloma llevó al patriarca Noé: “Señores y hermanos: Aquí, en Cozumel, he sabido que estáis en poder de un cacique detenidos. y os pido por merced que luego os vengáis aquí, a Cozumel, que para ello envío un navío con soldados, si los hubiésedes menester, y rescate para dar a esos indios con quien estáis; y lleva el navío de plazo ocho días para os aguardar; veníos con toda brevedad; de mí quinientos soldados y once navíos; en ellos voy, mediante Dios, la seríes bien mirados y aprovechados. Yo quedo en esta isla con que se dice Tabasco o Potonchan. Jerónimo, lleno de gozo por su inminente libertad, fue en busca de su compañero, seguro de que aquella nueva, inevitablemente, le haría entrar en razón. Al llegar, el ánimo en la cara del religioso advertía a Gonzalo de los últimos acontecimientos en los que él mismo, como última deferencia a su antiguo hermano de sangre y penurias, había intercedido para que llegara a buen fin.

Cuentan los cronistas las palabras de ambos y cómo, tras leerle Aguilar las cartas a Gonzalo, éste contestó: “Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras: idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra”, Jerónimo replicó angustiado, intentando salvar más el alma que el cuerpo de su compañero, que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar, a lo cual la princesa Zizel Há, entendiendo algo de lo que aquellos hombres decían y, sobretodo, las intenciones del fraile, protestó increpándole en su lengua: “Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido: idos vos y no curéis de más pláticas”.

De esta forma, fray Jerónimo Aguilar marchó en busca de su ansiada libertad, que no era otra que el cautiverio al que estaba acostumbrado; el de su patria, creencias y costumbres, lo que de alguna manera, a pesar de los años pasados entre aquella gente, le hacía detestar aún más ese paganismo y libertinaje que tanto le contrariaba e, incluso a veces, le hacía dudar.

No fue fácil, sin embargo, alcanzar su meta. El tiempo estaba sobrepasado, Cortés había partido y sólo el tesón, la confianza en su Dios y su propia desesperación, hizo que Aguilar no desistiera, llevándole un golpe de suerte al destino tan esperado. Las naves de Cortes, a falta de viento, no se habían adentrado aún en mar abierto.

Los vigías vieron cómo una piragua con indios se aproximaba. Jerónimo tranquilizó el nerviosismo de sus escoltas ante la cercanía de los soldados y, antes de que sus paisanos pudieran confundirlo, gritó en un castellano “mal mascado y peor pronunciado” pues casi había olvidado su lengua madre, “Dios, é Santa Maria y Sevilla”.

16.Hernán Cortés y GuerreroLos tripulantes del barco no daban créditos a sus ojos, pues aquel salvaje se les estaba dirigiendo en cristiano. Deduciendo que se trataba de unos de los cautivos lo hicieron subir a bordo, pero su apariencia, la piel morena por sol, el cabello trasquilado como un esclavo indio y su cuerpo casi desnudo, a expensas de un roído trapo del que colgaba un libro de horas muy viejo, les hizo dudar llamando a su capitán. A poco llegó Cortés, Jerónimo se puso en cuclillas, a la manera india, ante lo cual éste le hizo levantar y mandó vestir decentemente. Inmediatamente le preguntó por el otro español que decían haber, y Jerónimo le contó que se llamaba Gonzalo Guerrero, que fue a pedirle venir pero éste se negó porque vivía como indio entre los indios “y dijo que estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadadas las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tienen por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos. (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fue inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba”. Las sospechas de Hernán Cortés de que un traidor estaba ayudando a aquellos salvajes se confirmaron. Las referencias de sus oficiales a la forma de guerrear, las reacciones inusitadas de los indios, las familiares palabras “castillan, castillan” en referencia a Castilla, lugar de donde procedían y las otras hasta ahora no entendidas “ al calachoni, al calachoni ” , que no significaba otra tal “que mataran al capitán”, como pieza clave en toda batalla. Estas cosas no podían conocerla de otra forma. Cortés sintió una punzada de admiración pero fue el odio y la indignación su mayor emoción en aquel momento, con el semblante serio, más sin perturbarse, dijo en voz baja  “En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno”.

Continua…

Enrique Carrillo.

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El Indio de Palos (1/3)

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en martes, 9 junio 2009

Nuestro amigo y colaborador Enrique Carrillo lleva algún tiempo elaborando un relato histórico que quiere compartir con todos los lectores de este blog y que probablemente dejará a más de uno con la boca abierta por su historia y contenido y por la gracilidad en la redacción. Su extensión supera lo que consideramos razonable para un artículo, así que con su consentimiento y ayuda lo vamos a dividir en 3 partes que iremos publicando en días sucesivos. Os recomendamos encarecidamente su lectura y disfrute:

Como prometí, para que no todo sean críticas e intentando contribuir en la medida de mis posibilidades al aprecio olvidado de una tierra interesante, he redactado una colaboración intentando recrear un episodio que, como la mayoría de los que pueda yo hablar, imagino que muchos de ustedes conocerán pero que, quizás, otros, por lo ya comentado tantas veces, ignoren o, simplemente les suene de pasada.

Antes de comenzar, me gustaría puntualizar (aún a riesgo de que me linchen por insistente) el extraño comportamiento onubense de quienes, si bien son capaces de hacer autocrítica, reniegan, con frecuencia, de sus características más conocidas y explotadas, quizás por hastío del tópico exterior o por pena de que no se tengan o, al menos, valoren otras virtudes. Me refiero concretamente a la gesta colombina, lo más manido pero también importante, por su trascendencia, del pasado y la historia onubense.

Es verdad que se ha intentado vender el descubrimiento como algo exclusivamente local, a veces por darle a Huelva una identidad bien definida, aunque su influencia no tuviera una especial repercusión posterior en una tierra que parece condenada a ser maltratada por sus hijos. Pero también es verdad que la consecución de esta hazaña no tuvo su origen aquí por casualidad.

De todos es sabido que Palos de la Frontera, entre los siglos XV y XVI, era una importante cuna de marineros y artesanos navales, tanto por su peculiar situación, prácticamente en el océano pero resguardada en la ría del Tinto y protegida por la lengua de tierra de Saltes y Punta Umbría, como por su cercanía a la vecina Portugal, cuya hegemonía naval en esta época le daba el título a sus navegantes de ser los mejores del mundo.

Esta simbiosis con los marinos portugueses, cuyos intercambios eran frecuentes, dotaban a los marineros palermos de importantes conocimientos y habilidades náuticas, así como el hecho de ser el mar, prácticamente, el exclusivo sustento de la villa. A este punto, es justo añadir a las cualidades profesionales en la navegación y la construcción de barcos la de ser gente despierta e inquieta, llegando incluso a convertirse en corsarios (pirateando la negrería de las flotas extranjeras) cuando la necesidad obligaba.

Estas características no eran desconocidas por la Reina Católica quien eligió Palos como base de las legendarias naves predestinadas a la gloria e incluso astillero de una de ellas, siendo también el punto de partida de la España peninsular más directo para la gesta transoceánica.

Bien, pues en éstas estaba, recreando con mi imaginación la convulsa época mientras visitaba la casa-museo Pinzón en Palos cuando, mirando una serie de reproducciones que retrataban a los más conocidos participantes de los viajes americanos,  una de las imágenes me llamó la atención por lo peculiar: Sobre el nombre castellano “Gonzalo Guerrero” aparecía el retrato de un indígena ataviado de plumas con gesto solemne y embutido de cierta dignidad, como si de un jefe tribal se tratase.

Llegado a este punto, debo reconocer mi ignorancia en este episodio, disculpado, si se quiere, por mi condición de foráneo, así que, tras leer un breve comentario que indicaba la procedencia de aquel hombre, natural de Palos de la Frontera, y muerto en 1536 en las selvas de Honduras, me picó tanto la curiosidad que estuve buscando algo de información al respecto, y, como la gratificante sorpresa de quien va al cine sin conocer una película que resulta ser extraordinaria, quedé inmediatamente enamorado por la historia que, tras dejarla reposar durante un tiempo, este blog me ha vuelto a recordar y a continuación recrearé.

Intentaré, eso sí, evitar citas y copias bibliográficas para darle mayor dinamismo y espontaneidad, de forma que no sea más que un relato “oral” que sirva de reclamo para el que quiera profundizar en él.

Como prólogo, y para darle un toque literario a la narración, podríamos imaginarnos una figura encima de una atalaya, cuyo verdor contagia al extenso y claro mar, casi transparente, que la circunda. Encima de ella un hombre casi desnudo, con el cuerpo oscuro no por su raza sino producto del perseverante sol, tatuado de los pies a la cabeza, las orejas perforadas llenas de pendientes y aros. Ataviado con adornos de hueso, piel y oro, y un penacho de plumas tocando unos largos cabellos trenzados que enmarcan una cara labrada de extrañas marcas rituales. Todo indica el aspecto de un caribe, un indígena de las selvas tropicales de un mundo nuevo para unos, pero viejos como el sol para otros. Todo indica el aspecto de un gran cacique maya…, excepto un detalle…, un rostro barbado, unos ojos celestes como aquel océano, una nariz fina y recta y, sobretodo…, el reflejo de un alma atormentada.

Aquel guerrero mira la inmensidad del mar y piensa en unos tiempos que apenas son un recuerdo, un sueño. En su memoria se confunden vestigios de una vida que parece no corresponderle. Aquel guerrero recuerda, no sin esfuerzo, una juventud donde un relato casi fantástico escuchado en un puerto lleno de vida y trasiego le mantuvo siempre obsesionado. El descubrimiento de unos conquistadores españoles, un tal Alonso Niño y Cristóbal Guerra, de una isla en el golfo de Paria (Isla Margarita o de los Mosquitos, no recuerda bien) repleta de gigantescas ostras cargadas de purísimas perlas. Perlas que los aventureros llevaron consigo llenando cofres que les proporcionaron fama y riquezas.

Aquel guerrero indio ahora piensa que él es como esas perlas…, basura que el sufrimiento recubre de nácar…

—–……—–

La historia, como he dicho, comienza en Palos, en una fecha sin determinar en las últimas décadas del siglo XV. Gonzalo Guerrero nace en el entorno marinero de la villa pero es otro ambiente, el bélico de las guerras del momento, el que finalmente le llama, enrolándose en las tropas de otro Gonzalo tocayo suyo, Fernández de Córdoba, popularmente conocido como el Gran Capitán, con quien contribuirá a la toma de Granada y al final de la Reconquista.

Guerrero, que adquiere una gran experiencia como soldado, se convierte en un estimado arcabucero que continuará fiel al famoso comandante, acompañándolo en su posterior campaña en Nápoles, primer “sitio” del Imperio, donde formará parte de lo que será el germen de los afamados “tercios” que tanto éxito tendrán con Felipe II.

De esta forma, nuestro protagonista se consagra como curtido militar recorriendo Europa y haciendo honor a su apellido que, como un presagio del destino, marcará su vida hasta el final de sus días.

Pero esta historia no sería diferente a tantas de la época si no fuera porque en alguna de sus estancias en su pueblo natal, probablemente entre campañas, permisos y guerras, conoce las maravillosas historias, que en Palos se contaban por doquier, de viajes, mundos inexplorados, riquezas y aventuras. No hay que olvidar que Gonzalo era más joven que el menor de los Pinzón, quien en sus últimas empresas, posteriores a los viajes colombinos, coincidiría en tiempo y lugar con nuestro protagonista, el cual sabría de primera mano de las gestas de su ilustre paisano.

Puerto Histórico de Palos a finales del s. XV

Es por esto, que en algún momento, Gonzalo Guerrero pensaría que tantos años de adiestramiento y combate le sería útil para cambiar su destino y fortuna. La soldadesca era sacrificada y poco producente, sin embargo el Nuevo Mundo prometía una recompensa con tintes tan aventureros como redentores. Por otro lado, la bolsa apremiaba y, las “nuevas Indias” traían rumores de oro y plata, por lo que no tardó mucho en convencerse de que su futuro podría provenir del joven continente.

Mapa de Centroamérica, 1860.

De esta forma, Gonzalo Guerrero, que debido a su experiencia militar y currículum no encontraría demasiados problemas, se embarca, alrededor de 1510, rumbo a las Américas con el capitán Diego Nicuesa, gobernador de Veragua, al oeste del golfo de Urabá, y quien llevaba tiempo inmerso en disputas y guerras internas con otro capitán español, Alonso de Ojeda, que gobernaba Nueva Andalucía, al este. Estas tierras entre el cabo de Vela (Colombia) y el cabo Gracias a Dios (Honduras y Nicaragua) eran producto de la fiebre conquistadora fomentada por Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel y el propio Colón, para eludir el monopolio colombino y rentabilizar la costosa empresa americana.

En esta situación tan conflictiva, con guerras fraticidas de poder, ambiciosos proyectos territoriales, aspiraciones regias, abusos, crímenes y esclavitud, en donde Pizarro aún era un sobresaliente soldado partidario de Ojeda (quien lo deja a cargo de su feudo, más tarde Cartagena de Indias), y el famoso expedicionario Núñez de Balboa, tras explorar los mares del Sur, funda Santa María de la Antigua del Darién, llega nuestro héroe, Gonzalo Guerrero, quien será testigo e incluso partícipe de algunas de las historias protagonizadas por los citados personajes, algunos de los cuales conocerá personalmente.

El azar y su afán de progresar, sitúan a Gonzalo en un barco comandado por Valdivia, capitán de Balboa que, con el objetivo de informar del nuevo mar, parte de Darién (actual Panamá) con destino final en la Española (Santo Domingo), donde Guerrero pretende, bajo recomendación de Nicuesa, embarcar como oficial en un galeón.

2.Buque

De esta forma, la nave parte con buen tiempo, pero las peligrosas aguas del caribe y el traicionero clima tropical, acaban por desatar un temporal que azota al barco en alta mar, confirmando los temerosos presagios de algunos marineros tan supersticiosos como agoreros, que poco antes habían advertido señales desastrosas. Ahora, ante las gigantescas olas que engullen el navío y el viento huracanado que lo destroza, luchan sin demasiada esperanza por sobrevivir, aceptando algunos, entre la resignación y la impotencia, el castigo divino que saldará finalmente sus deudas y que hundirá sus pecados junto con el oro y las riquezas de aquel barco.

El combate con la madre naturaleza tuvo que ser encarnizado, el navío finalmente encalla en unos arrecifes llamados “de las Víboras”, también conocido por “los Alacranes”, cerca de Jamaica, y rompiéndose en mil pedazos expira llevándose consigo la mayoría de sus tripulantes.

Unos pocos consiguen salvarse, en un primer momento, de aquel apocalíptico final. Aunque es fácil imaginar − tras la agonía de los días posteriores, navegando a la deriva en una precaria barca, sin agua ni víveres, en un mar infectado de tiburones y donde el sol y el frío rivalizaban despiadadamente con el hambre y la sed − que algunos de los escasos supervivientes iniciales se hubieran sentido afortunados de haber acompañado a sus colegas al fondo del mar.

A los pocos días apenas quedaban una docena de una veintena de hombres y alguna mujer, entre ellos el capitán Valdivia, nuestro Gonzalo Guerrero y un temeroso fraile, natural de Écija, que aún desconocía que sería el primer intérprete maya de la historia y principal testigo de esta narración, Fray Jerónimo Aguilar. Éstos, que se habían visto obligados a recurrir a todo tipo de abominaciones para subsistir, entre ellas el inútil bucle de beber lo que orinaban o (como si de una macabra eucaristía se tratase) alimentarse con la sangre y carne de sus compañeros difuntos. Finalmente, ante la desesperación y el sufrimiento, divisan, en el último momento de su agonía y locura, un atisbo de esperanza. Los graznidos leves de unas gaviotas parecían indicar el final de catorce días de calvario. Una mancha de tierra sin montañas se iba formando.

Poco les dura la alegría. Cuando, exangües, llegan a la playa de aquella tierra desconocida (en la península del Yucatán), apenas les da tiempo a recuperarse ya que, frente a ellos, un número considerable de extraños seres, con el cuerpo semidesnudo, lleno de estigmas y señales, pintados de forma amenazante y armados con lanzas, porras, flechas y cerbatanas, los esperaban con indudable ánimo agresivo.

3.Apocalypto_peq

El capitán Valdivia, haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba sacó su espada dispuesto a defenderse y, entre gritos y aullidos inhumanos (la mayoría provenientes de aquellos salvajes) se enzarzaron en un combate, conscientes los españoles de no tener ya la más mínima oportunidad de salir con vida.

Apenas Valdivia atravesó a uno de ellos, un machetazo seco en el cráneo lo hizo caer como un pelele, dejándolo malherido. El resto se batieron como pudieron, llevándose Gonzalo Guerrero a dos indios 4.General apresadopor delante antes de acabar en el suelo molido a porrazos. Uno de éstos, con certero golpe de macana, reventó como un melón la cabeza de otro marino, huyendo el desgraciado hacia la selva mientras se la sujetaba entre las manos (más tarde sanaría quedándose tonto y perdonándoles los nativos la vida, por infeliz, durante los pocos años que vivió). Los que sobrevivieron fueron apresados y poco a poco sacrificados, pues aquellos indígenas eran caníbales y tanto Gonzalo Guerrero como Fray Jerónimo Aguilar tuvieron que presenciar horrorizados, junto a un par de compañeros más, como el resto, con Valdivia al frente, eran devorados “Cerré los ojos cuando vi que Valdivia moría como mueren las reses en mi tierra, acanalado por el pecho” (narraría Aguilar en sus memorias). La espantosa visión de aquellos salvajes arremolinándose alrededor de la carne de sus hermanos, que morían de la forma más bestial jamás imaginada (sus miembros tirados hacia todos lados y sus cuerpos atravesados por afiladas lanzas), con bastante probabilidad les insuflaría el coraje suficiente para, aprovechando un descuido, escapar al interior de la isla, donde vagaron por la selva como animales. No pasó, sin embargo, demasiado tiempo hasta caer en manos de otra tribu rival quienes, más pragmáticos, los explotaron como esclavos.

Llegados a este punto, permítanme una licencia que pueda dar gusto a mis aficiones cinéfilas. Son, a mi parecer, tres las películas que parecen encajar perfectamente con esta historia, cada una en un momento de ella. La primera que, quizás por ser relativamente reciente, se me viene a la cabeza es “Apocalypto” de Gibson. Si bien un tanto americanizada, las luchas tribales, los raptos, sacrificios y esclavitudes me dan un marco, para bien o para mal, de las escenas más duras que tuvieron que vivir aquellos ancestros nuestros. Las otras dos, me las reservo para no adelantar acontecimientos, pero les aseguro que se adecuan aún más a esta aventura.

5.Mayas

A estas alturas, es ya casi evidente que la primera pareja de actores se centra en el fraile y nuestro olvidado palermo. Los otros dos hombres que escaparon del canibalismo terminaron muriendo de extenuación ante las infrahumanas condiciones en las que se les hacía trabajar. Es así que, tanto el coraje y la fuerza de Guerrero como la fe y la sumisión de fray Jerónimo fueron claves para la supervivencia de ambos. Ahora, soldado y fraile, casi perdida su condición de personas, podían experimentar, seguramente multiplicado por las extremas condiciones de vida allí, la esclavitud que, de forma natural, sus conciudadanos europeos inflingían permanentemente a indios y africanos.

6.Soldado, la misiónEn este punto podemos analizar la diferencia, complementaria si se quiere, de nuestros dos protagonistas. Por un lado el religioso sevillano, fiel a su doctrina, discreto, sumiso y capaz de resistir todas las vejaciones como si de una prueba divina se tratara. Por otro, el guerrero onubense, acostumbrado a golpear primero, al que, seguramente, su rebeldía le provocaría un mayor maltrato que a su circunstancial compañero, pero que  se aferra a su vida como único patrimonio. No obstante, los años de trabajos forzados en aquella isla irán puliendo el ánimo de los dos españoles, adaptándolos por fuerza a la forma de vida nativa.

Durante aquel tiempo los dos cautivos, presenciarían más de una vez enfrentamientos y luchas entre el pueblo que los retenía y otros clanes enemigos, lo cual, por otro lado, era frecuente. Pero, probablemente, en alguna de aquellas batallas, quizás para salvar la vida, tuvieran que participar y pelear, demostrando Gonzalo sus dotes para el combate e impresionando de esa forma a sus captores, quienes acostumbrados a un tipo de guerra más “florida” se asombrarían ante las maneras del esclavo.

Después de esto, los jefes que ejercían de amos empezarían a ver a los dos andaluces de diferente manera, valorando de alguna forma las virtudes que aquellos extraños individuos blancos y barbudos parecían tener, especialmente el luchador. Aunque también el fraile tuvo ocasión de hacer gala de habilidades ignotas para los indígenas, como una ocasión en que, recolectando miel de los paneles, Jerónimo aprovechó la cera para fabricar velas y cirios, dotando a los sorprendidos nativos (aunque no fuera su intención inicial) de una fuente de luz más cómoda, económica y versátil que las hasta entonces exclusivas hogueras. Es por esto, que en algunos de sus trueques y negocios, el cacique del clan que los retenía los regalaría como valioso presente al monarca de otra tribu, Nachán Can, quien a su vez cede el palermo a su jefe militar, Nacom Balam, que inmediatamente reconoce en Gonzalo a un similar, aunque todavía no era consciente del potencial que Guerrero poseía. Éste, tuvo oportunidad en alguna ocasión de demostrar su nobleza y valor ante el jefe maya, quien a partir de entonces lo empezaría tratar con más respeto.

Entre tanto Fray Jerónimo ve, temeroso, como Guerrero se va aculturando y participando cada vez más de las costumbres de aquellos salvajes, e incluso mantiene, aunque no era la primera vez, relaciones sexuales con mujeres (siempre discretas porque aún sufría la condición de siervo) algo que el fraile evitaba con todas sus fuerzas para aferrarse a su castidad como último resquicio de su religión.

De esta forma, mientras el religioso trataba de pasar desapercibido, asumiendo su papel e intentando llamar la atención lo menos posible, en espera de algún milagro que recompensara su penitencia, Gonzalo empieza a gozar de una cierta consideración entre los indígenas, especialmente los guerreros, cuya pareja admiración y envidia (ya que aquel extraño empezaba captar la confianza de su jefe) provocará más de una disputa que el de Palos salvará con honor y valentía.

Continua…

Enrique Carrillo.

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