La Huelva Cateta

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El muelle del ocaso

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en martes, 4 junio 2013

Dicen que para ser feliz sólo necesitas de esas pequeñas cosas que carecen de valor… una de mis preferidas era ir al Muelle de las Canoas, sentarme con los pies colgando sobre el agua y contemplar el atardecer. Disfrutaba como un niño de los colores anaranjados que me regalaba el Sol en su último suspiro del día, y contemplando ese acto tan natural como la vida misma, se me olvidaban mis preocupaciones y me hacía recordar que por muy mal que me hubiese ido el día tenía la suerte de seguir vivo y apreciar aún más las cosas insignificantes. Esto último me daba esperanzas para el siguiente día…

A veces, apartaba la vista del maravilloso cuadro lleno de vida que se autopintaba frente a mis ojos y me daba cuenta, de que alrededor habían más personas… a veces era una persona mayor recordando algún tiempo pasado o hablando con sus pensamientos, otras una joven pareja que sentada en un banco empezaban a recorrer los primeros pasos en el juego del amor… y así, diferentes personas con diferentes historias gozaban de uno de los mejores espectáculos gratuitos que ofrecía Huelva cada tarde…

Recuerdo que podías escuchar el sonido de las fuentes, las golondrinas en primavera, el cantar de alguna bandada de flamencos que llegaban a la marisma, incluso la marea parecía que te susurrase muy levemente algún secreto de los océanos a la vez que me acariciaba mis pies colgantes… Si me demoraba en mi visita, podía escuchar el sonido de un pesquero que llegaba a buen puerto después de varios días de un duro trabajo sobre la mar, o la voz del patrón de otro pesquero que le decía al marinero que soltara amarras para zarpar en busca de fortuna…

La gente seguían su camino, unos llegaban y otros se iban, a veces, ya con el ocaso cumplido, se acercaba un grupo de jóvenes con una minicadena y se ponían a bailar simplemente porque eso les hacía feliz a ellos, y más de uno también disfrutaba al verlos ensayar. Personalmente, nunca me molestaron, para mi eran parte de ese carismático rincón onubense, siempre ponían la música baja y me enseñaban constantemente que si una cosa te hace feliz tienes que agarrarla sin importarte lo que los demás piensen de ti…

Pero todo lo que acabo de contaros, no vale nada, al menos ya no…

Ese rinconcito tan mágico que me ayudaba a mí y a otras muchas personas cada día, ha dejado de ser especial… Y mira que lo he intentado…  Ayer fui a hacerle una visita, pero la marea no me susurraba nada ni siquiera sentía su tacto sobre mis pies, apenas escuchaba a las golondrinas ni a los flamencos, me costó mucho oír el sonido del pesquero que llegaba con las luces puestas, incluso no llegué a entender lo que el patrón le decía al marinero… Por no entender, no entendía nada, estaba confuso… El atardecer no perdía sus colores, eso era cierto, pero le faltaba la maravillosa banda sonora que dotaba a ese lugar de paz y armonía, esa que le daba cuerda  a las emociones…

Pensé que era yo, y miré alrededor para ver si a los demás habitantes les pasaba lo mismo… Busqué con la mirada a la pareja de jóvenes enamorados pero no los encontré, resulta que el banco de acero donde estaban forjando los valores del amor ya no estaba en su sitio, lo habían quitado… entonces busqué a la anciana que se atrevía todavía a despeinar sus pensamientos con la brisa, pero no la encontré… la brisa ya no olía a mar… seguía confuso… dirigí la mirada al metro cuadrado donde bailaban aquellos jóvenes, pero la radio había dejado de sonar… En su lugar había mesas y sillas, y torcí la mirada y seguía viendo mesas y sillas… y de ese ejército infinito salían gritos de gente que comía, un tropel que sin duda taladraba mis sentidos, puesto que estaba mareado y me sentía cansado, más bien, derrotado, como al que le quitan un trozo de su cielo, un sonido de sus sueños, un olor de su infancia… y caí en un efímero letargo…

Y de repente, lo entendí todo…

Bonilla Muelle Canoas (1) Bonilla Muelle Canoas (2) Bonilla Muelle Canoas (3)

Aquel trozo de mi casa,  de la casa de los onubenses, había tocado su fin, el dinero le había ganado la partida a lo bello, a lo hermoso, a lo mágico… y sin más, se bajó el telón… y aunque ya estaba bien entrada la caída del ocaso, me quedó tiempo para despedirme, pero esta despedida no sería la de hasta mañana, sino la de hasta siempre.

Emilio.

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