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El Indio de Palos (3/3)

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en Sábado, 13 junio 2009

(Viene de aquí)

A partir de entonces Gonzalo Guerrero fue una mancha para el Imperio y para España, un traidor, un hereje. No había palabras para definir a aquel hombre que no sólo traicionó a su pueblo, sino a su fe y a sus creencias. Un hombre que era capaz de matar a los suyos y entorpecer la voluntad real y divina. Alguien a quien Cortés jamás nombró en sus cartas salvo como “el otro”. A partir de ese momento Gonzalo Guerrero pasó a la historia con el sobrenombre de “el renegado”.

Jerónimo Aguilar, por su parte, jamás pudo volver a su tierra. Muy a su pesar, no pudo encontrar la paz anhelada, perdida durante tanto tiempo, que le hiciera reencontrarse con su Dios en algún monasterio de las montañas andaluzas. El destino le tenía reservado otro papel. El destino y Hernán Cortés claro. La posibilidad de hacerse con un traductor de confianza, de su propia sangre y que comulgara con sus intenciones, era algo tan valioso como el oro de aquel lugar. Aguilar era el primer castellano en conocer la lengua maya por lo que, cuando más adelante Cortés pudo contar con los servicios de una hermosa e inteligente mujer del otro lado de aquellas tierras, una indígena conocida por la Malinche y que más tarde se rebautizaría como Doña Marina (la otra cara de la moneda de Gonzalo Guerrero), se crearía un original y curioso sistema de traducción a tres. Jerónimo traducía del español al maya y Malinche, a su vez, del maya al azteca, de modo que Cortés tenía controlado todo el cotarro de lo que más tarde sería su conquista de México.

Y no hace falta llegar al final de este relato (aunque tendrán la oportunidad de comprobar que se adapta perfectamente) para citar la tercera película que, a pesar de alguna alusión fotográfica previa, aún tenía en el tintero: “La Misión” de Roland Joffé. Genial espectáculo de emociones, desde los paisajes de ensueño, hasta el guión y la música de Morricone. Los personajes de Robert de Niro y Jeremy Irons, aunque salvando las distancias en el caso del religioso, recuerdan de alguna manera a los dos españoles. El soldado y el cura. Ambos, extraños, al principio, en una cultura ajena. El jesuita que no cree en la violencia y se pone en manos de Dios, y el soldado renegado que lucha contra los suyos para salvar a los que ahora le acogen, atacando para defenderse, sacrificándose por su nuevo pueblo, el verdadero.

De nuevo pido un inciso. Hagamos una elipsis y enlacemos el final de esta historia con el principio de ella. Recuperemos a aquel jefe maya encima de la atalaya que, mirando al mar, rememoró esta historia. Aquel orgulloso cacique cuyos rasgos diferentes serían ahora difíciles de apreciar. Imaginemos como, de un plano general en el que la silueta alta y robusta de aquel hombre se recorta al contraluz de un sol que, como personal metáfora, esta a punto de sumergirse en aguas teñidas de sangre y oro, se pasa a un primer plano, en un zoom que acaba en sus ojos claros y marcados por la fatiga. Unos ojos que miran más allá del horizonte, hacia el pasado, y que ahora debe mirar de nuevo a el futuro, aunque éste sea tan incierto como su propia vida. Aquel guerrero debe marchar. Sus soldados lo están esperando.

La última batalla pondrá fin a la historia de Gonzalo Guerrero.

A partir de entonces los mayas desaparecerán como reino para convertirse en esclavos o conversos, y dará comienzo El Indio de Palosla conquista de México. Como Boabdil en otros tiempos que, Gonzalo, a pesar de su contribución, apenas recuerda, será Moctezuma, tras la caída de los mayas, el último bastión (azteca en este caso) para que, de nuevo, el glorioso Imperio donde nunca se pone el sol expanda su poder y su religión. Ahora sólo quedarán Perú y Pizarro para que aquella conquista, evangelizadora para los Reyes Católicos pero interesada para los lejanos súbditos de un emperador extranjero que nunca los conoció (Carlos V), quede consolidada. La conquista de América, el Nuevo Mundo forjado a fuego y golpe de cruz y espada.

Los desastres de Cabo Catoche y Champotón, conocido desde entonces como el cabo de la “mala pelea” no dejarán indiferentes a los gobernadores y comandantes de los importantes sitios de Indias. Cortés no tuvo oportunidad de vengar el orgullo militar y tomar aquella península, pues debía seguir ruta hacia la mítica Tenochtitlán, pero en 1536 otra expedición, mejor dotada en número y armas, con Lorenzo de Godoy al frente, intentará tomar de nuevo aquellas tierras, ahora cerca de la actual Honduras, en Puerto de Caballos.

La llegada fue rápida y por sorpresa. Varios navíos colmados de cañones, con cientos de soldados, caballos y artillería, se adentraron por los anchos esteros de aquellas lenguas de mar, hacia el río Ulúa. Los indios del cacique Cozumba advertidos con poco tiempo, pues los “hombres de hierro” avanzaban con presteza, apenas habían tenido tiempo de organizarse.

A pesar de todo el gran Nacom blanco, el jefe barbado, nuestro “indio de Palos”, venía de camino, con cincuenta canoas, a reforzar el Ticamaya y entrar en aquella decisiva batalla. Gonzalo había creado un básico sistema de espionaje entre los indios capturados por los españoles que conseguían escapar y los esporádicos soldados castellanos presos en diferentes tribus vecinas, de los que obtenía información a cambio de perdonarles la vida, muy estimadas por los hechiceros para sus sacrificios, pues no había mejor ofrenda a los dioses mayas que el coraje y valentía de un guerrero, y esos “castillan” demostraron tenerla. De esta forma supo de la llegada de los barcos al Valle del Sula, en las costas hondureñas.

El Indio de Palos (2)El desenlace era inevitable. Los españoles estaban prevenidos y escarmentados y venían dispuestos a terminar lo que tantas veces habían empezado.

No habría cuartel.

Las barcas ligeras de los soldados de Godoy cargaban con ballesteros y arcabuces, adentrándose en zona pantanosa. Las naves empezaron a disparar andanadas de cañón para despejar el terreno. Los jinetes, tan nerviosos como sus caballos, sujetaban firmes las riendas y la infantería de alabarderos, impaciente por saltar a tierra, apretaban los dientes ante el sonido de tambores y cánticos de guerra.

Entre tanto, los indios se iban situando, apostados entre las rocas, subidos a los árboles, parapetados en manglares. De repente comenzaron a escupir una lluvia de flechas cubriendo el contraataque de sus canoas. Los castellanos dispararon. Comenzó la lucha.

Algunos caballos desembarcaron otros no tuvieron tiempo. Las flechas y lanzas atravesaban la carne, la pólvora quemaba y agujereaba, las macanas rompían huesos y las espadas y machetes, junto con la metralla de los cañones, mutilaban y despedazaban. El río Ulúa empezó a cambiar de color con la sangre de la historia.

El Indio de Palos (3)

Cuando los españoles, confiados por su superioridad numérica y armamentística, decidieron que no sería necesario desembarcar más efectivos, pues la victoria se inclinaba de su parte (no en vano el verdadero Dios estaba con ellos), empezaron a llegar las canoas de Gonzalo. Aquel meandro del río, de repente, se cubrió de piraguas repletas de indios que, esperando la orden de su jefe, mantenían las cuerdas de los arcos tensas sin disparar aún sus proyectiles. Godoy, desde el castillo de su barco, frunció el ceño y, antes de que le diera tiempo a pensar, cientos de flechas ardiendo volaron hacia sus navíos.

El Indio de Palos (4)Las canoas se separaron. Unas fueron a ayudar a sus compañeros que luchaban en tierra y en la ribera del río, las otras se dirigieron a los barcos, algunos de los cuales tenían el velamen y la cubierta en llamas. Los arcabuceros se prepararon para rechazar a aquellos salvajes. El combate se intensificó.

Los mayas, con los cuerpos pintados de negro y rojo, las caras y las manos blancas, sus atuendos de rústico algodón y penachos de plumas, armados hasta los dientes y aullando como demonios, causaban en sus enemigos el efecto deseado. Miedo, desconcierto, nerviosismo. Algunos pudieron abordar los barcos y el combate cuerpo a cuerpo fue brutal, cuellos degollados, cabezas aplastadas…, algunos de esos indios robaban las armas de sus contrincantes y, ante el asombro y temor de los soldados españoles, las usaban con soltura y efectividad. Hasta Lorenzo de Godoy tuvo que desenvainar su espada.

En medio de aquella vorágine Gonzalo, de pie en su canoa y dirigiendo los ataques con un sable en la mano, reconoció, en un momento dado de la batalla, a un soldado. Estaba apostado en la cubierta inferior de aquel barco, cebando uno de los cañones con la cara medio tiznada de pólvora. Un tal José Panyagua, creía recordar, natural de Burgos. Fue compañero suyo en la campaña de Nápoles y en más de una ocasión se cubrieron las espaldas. Aquel recuerdo pasó por la cabeza de Guerrero abstrayéndolo, por un segundo, de aquella matanza. De repente Panyagua lo miró. Gonzalo, ajeno por un instante a su actual aspecto, creyó ver reconocimiento y sonrió levemente. El soldado lo apuntó con su mosquete y disparó errando el tiro…, parecía asustado. En ese momento una flecha atravesó su cuello, y junto con la vida de su antiguo amigo desapareció aquel último recuerdo de Gonzalo Guerrero.

Los españoles empezaron a ganar terreno. Con sacrificio y numerosas pérdidas fueron acorralando a los indígenas, haciéndolos retroceder. Gonzalo, sin embargo, luchaba en el río yendo con su canoa de un sitio a otro, ayudando a sus nuevos hermanos, matando a los viejos. Parecía un demonio poseído al que los dioses protegían, pues erguido en su barca, los cañonazos levantaban el agua a su alrededor sin llegar a tocarlo. Pero los dioses son caprichosos y, mientras Gonzalo gritaba, ordenaba, lanzaba mandobles con su espada cortando carne y partiendo huesos, una flecha de ballesta se clavó por encima de su ombligo atravesándolo. Gonzalo sintió como le desgarraba el estómago y le dejaba sin respiración. Ese momento de reparo que le hizo bajar la defensa fue suficiente para que un certero tiro de arcabuz reventara el pecho del que, en otros tiempos, fuera gran arcabucero. Fue este disparo el que realmente le mató.

Gonzalo cayó al agua. Sus guerreros, tras presenciar la mortal descarga, acudieron en su ayuda recuperando el cuerpoEl Indio de Palos (5) moribundo de su jefe. Los españoles estaban ahora machacándolos. A pesar de todo, la piragua que transportaba al palermo pudo llegar a la orilla, y sus fieles cargaron con Gonzalo replegándose, junto con los demás, hacia el interior de la selva. Allí, a salvo por un momento, depositaron su cuerpo en el suelo, sin moverlo demasiado. Estaba agonizando. Nadie intentó sacarle la flecha, no había ya nada que hacer. El gran agujero en su pecho era mortal de necesidad. Incompatible con la vida.

Gonzalo Guerrero miró su herida y, con su último aliento, pidió que siguieran luchando. Luego tosió, escupió sangre, y antes de expirar aún tuvo tiempo de susurrar que cuidaran de su familia.

Gonzalo Guerrero, natural de Palos de la Frontera (Huelva), soldado y marino español…, cacique maya…, murió en 1536 en Puerto de Caballos.

Los mayas se retiraron dejando el cuerpo de Guerrero en aquella selva. Cuando los soldados castellanos, más tarde, hicieron recuento de bajas lo confundirían con un indio más de los allí yacentes. Sin embargo, en una carta conservada en el Archivo General de Indias de Sevilla, escrita, el 14 de agosto de aquel año, por de Andrés de Cereceda (quien fue gobernador de Honduras, y que lucho en aquella batalla contra Cozumba), se relata lo siguiente: …”Como en el combate dentro del albarrada el día antes que se diesen, con un tiro de arcabuz se abía muerto un cristiano español que se llamaba Gonzalo (Guerrero), que es el que andaba entre los yndios en la península del Yucatán veynte años ha y más que este el que dizen que destruyó al adelantado Montejo; y como lo de alla se despobló de cristianos vino a ayudar a los de aca con una flota de cinquenta canoas y a matar a los que aquí estabamos antes de la venida del adelantado abra cinco o seis meses cuando yo hize justicia de ciertos caciques de la tierra como atras he tocado porque fui avisado de la trayción y junta que sobre paces tenia urdida; y andaba este español que fue muerto desnudo y labrado el cuerpo y en abito yndio”…

Al caer la noche, los hombres de Gonzalo fueron en busca del cuerpo de su jefe, que yacía tal y como lo habían dejado. Los mayas lo cogieron con respeto, el que se merece un gran nacom que ha partido finalmente hacia el Sol, y lo llevaron, casi en procesión, hasta la orilla del río. Allí lo dejaron flotar, con suma delicadeza, mientras la corriente lo arrastraba hacia la embocadura del mar. No hubo piras incendiarias ni enterramientos. Fue su último homenaje a aquel hombre que el océano trajo y que al océano devolvían.

Gonzalo Guerrero fue desterrado de la gloriosa historia de España. A pesar de ello, su existencia se conoce gracias a el relato de su compañero, Jerónimo Aguilar, y por las crónicas de algunos contemporáneos, especialmente Bernal Díaz del Castillo.

Durante mucho tiempo su nombre fue sinónimo de traición y se evitaba nombrarlo. Posteriormente, su tierra adoptiva, la verdadera para él, lo rescató considerándolo el padre del mestizaje mexicano. Siendo sus hijos los primeros mestizos de América fruto del amor por sus gentes y su tierra, y no de la violencia, el odio y la prepotencia de los invasores.

El Indio de Palos (6)Con el tiempo, Gonzalo Guerrero ha sido recuperado por unos y por otros. En México (Yucatán) tiene varios monumentos conmemorativos y plazas, en el Paseo de Montejo de la ciudad de Mérida, en Chetumal y en Cozumel (Quintana Roo). En España, para la mayoría aún sigue siendo un desconocido. Ni un vestigio en Huelva. En Palos un retrato perdido entre varios otros, en la antigua Casa Museo de Martín Alonso Pinzón y apenas una línea en la información publicada por la ciudad natal.

El Indio de Palos (7)A pesar de todo, cuando empecé a documentarme me sorprendí de lo que encontré. No sólo la variedad de textos clásicos sino la cantidad de estudios, publicaciones y escritos al respecto, alguna que otra novela e incluso un par de cómics. No es de extrañar, pues pocas historias de ficción tienen tantos componentes literarios como esta “True Story”. Lo raro es que aún no se haya llevado al cine, aunque tiempo al tiempo…, basta con que Hollywood se entere, y no precisamente la hermanada con Huelva.

En cuanto a la bibliografía consultada, aparte de lo apuntado en una de mis tantas “interrupciones” debo decir que ha sido un verdadero placer sumergirme en toda esa literatura, antigua y moderna, que ha absorbido por completo mi último mes, hurtando tiempo mientras trabajaba y apurándolo cuando no lo hacía. La experiencia, no obstante, ha sido gratificante y espero que para ustedes también lo sea, pues este relato ha ido creciendo solo, como si tuviera vida propia y, con la modestia y respeto que debo a cualquier otro que antes que yo (más o menos profesionalmente) se haya sumergido en el océano en busca de los restos de este personaje para estudiarlo, novelarlo, colocarlo en la historia o, simplemente, tenerlo como amigo durante un tiempo, mi intención ha sido que ustedes se emocionen tanto como yo, imaginando la vida de un hombre en un tiempo tan duro como fascinante.

Por esto, en vez de aburrirles con una extensa bibliografía de tipo académica (tampoco esto es ninguna tesis doctoral) creo más acertado comentársela un poco, especialmente aquella que he manejado y consultado.

Para empezar, citaré los autores contemporáneos a nuestro héroe, dos de los cuales tuvieron información de primera mano como son Hernán Cortés en sus “Cartas de Relación” y Bernal Díaz del Castillo, con su maravillosa “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, totalmente recomendable incluso para deleitarse leyendo por puro placer. También de la misma época están López de Gómara, (aunque criticado por Bernal por escribir de oídas sin salir de España), que escribió “Historia General de las Indias y la Conquista de Mexico” y, por otro lado, la “Relación de las cosas del Yucatán” donde Diego de Landa, más tarde obispo del Yucatán, hará una crítica de las costumbres y creencias indígenas que, salvando su carácter apológico contra ellas, tienen un punto de vista antropológicamente interesante. Todo lo contrario en su exposición es Fray Bartolomé de las Casas con su fiel pero algo tediosa “Bellísima relación de la destrucción de las Indias” y, algo más tarde, Diego López de Cogolludo, se basaría en los escritos desaparecidos de Landa para escribir “Historia de Yucatán” e, igualmente, Fernández de Salazar se valió de las Cartas de Cortés y los escritos de Gómara para redactar un valioso tratado “Crónica de la Nueva España”.

Y no quiero acabar esta lista de textos clásicos (entre muchos otros, se entiende) sin citar la bella obra dramática en verso “La conquista de México” de Fernando de Zárate (ó Antonio Enríquez Gómez), una de las pocas epopeyas épicas escrita sobre el tema.

Hasta aquí, para no aburrirles, los textos clásicos, nombrándoles a continuación algunos más recientes como “Perfil de Indoamérica de nuestro tiempo” de Lipschutz (1968), “Gonzalo Guerrero, (apuntes para su biografía)” de José Armando Ceballos. Quintana Roo (1980) o “Lenguas, traducción y metáfora: relatos de la alteridad en tres crónicas de la conquista de México” de Valeria Añón, Universidad de Buenos Aires CNICT (2006). Y entre la novela y la historia está “Gonzalo Guerrero, Memoria olvidada. Trauma de México” de Carlos Villa Roiz (1995), original crítica al sometimiento conquistador desde la perspectiva de la supuesta hija de Gonzalo Guerrero, convertida ahora en doncella del obispo Diego de Landa.

El Indio de Palos (8)Ya en el terreno de la novela histórica pura y dura me topé, al menos, con cuatro obras (que no he tenido oportunidad de leer). “El futuro fue ayer” de Luca de Tena (1987), que da el protagonismo a Jerónimo Aguilar, “Gonzalo Guerrero” de Eugenio Aguirre (1991) y “Huracán Corazón del Cielo”, de Francis Pisani (1992), ambas basadas en la vida del Palermo. Y la más reciente y ficcionada “La última Profecía” de Álvaro Ancona (2008).

Para acabar, uno de los últimos hallazgos, entre el estudio y la novela, fue el de un paisano suyo, Salvador Campos Jara, que en 1995 parece ser que (al igual que yo ahora) se topó con Gonzalo Guerrero por casualidad. La diferencia es que el onubense citado convirtió la vida de nuestro personaje en motivo de su estudio, tesis doctoral y beca para un futuro libro, que desconozco si vio la luz, cuyo acertadísimo nombre sería “El hijo de los alacranes” (como lo envidio). Su trabajo se llama “Gonzalo Guerrero: elementos para la creación de un mito”. Universidad de Huelva (1995).

Por último solo citar, como curiosidad la existencia, al menos de dos cómics, uno de ellos “Conquistadores de El Indio de Palos (9)Yucatán” de Miguel Calatayud y Fernando Savater (1992), el otro creo que es francés “Guerrero l’etranger” de Maranzano y Camille le Gendre.

Y finalmente, como sorpresa para todos, una ONG de Huelva (única referencia que he encontrado en la capital) llamada “Gonzalo Guerrero”, parece ser que desde 1992 relacionada con Iberoamérica y no se si aún en activo.

No quiero acabar sin hacer algún apunte a las imágenes que he utilizado (al menos para que no me empapelen), las cuales también han tenido su curre. Varias tardes me ha sorprendido mi mujer frente al ordenador con los ojos enrojecidos en plan zombie y moviendo los dedos como un autómata, guardando imágenes como el que guarda dólares y que, ya imaginarán, para que sean más o menos acordes a la narración, han necesitado acumularse en una buena base de datos. Aprovecho, por tanto, para pedir permiso a los autores de las mismas, (pues cada vez que grababa una se me cortaba el cuerpo con la dichosa “protección”) ya que, aunque no se muy bien como funciona esto de los derechos y el copyright, mis intenciones son totalmente altruistas y, como pueden comprobar, no persigo ningún fin lucrativo más que el propio goce de la escritura y la lectura, por lo tanto espero que sea suficiente.

Enrique Carrillo.

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El Indio de Palos (2/3)

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en Jueves, 11 junio 2009

(Viene de aquí)

Poco a poco, Gonzalo Guerrero empieza a ganarse a aquella gente desplegando sus conocimientos y sorprendiéndolos 7.Soldado batallandoen disciplinas desconocidas hasta entonces para ellos como eran la estrategia y las tácticas militares, utilizando estas nuevas técnicas de guerra en sus frecuentes enfrentamientos con clanes y dinastías rivales. Los numerosos triunfos de los miembros de la tribu en sus luchas internas, con la ayuda y consejos de Gonzalo, terminarán dándole a éste un cierto estatus, dedicándose, a partir de ahora, a adiestrar a los guerreros nativos en las artes de la guerra que, desde un punto de vista “europeo”, ganarán en disciplina y eficacia. Las acciones grupales, las estrategias y juegos tácticos, los ataques en relevo, las defensas organizadas…, eran insólitas para sus adversarios por lo que, combinados con el ímpetu, conocimientos y habilidades autóctonas, las victorias se sucedían unas tras otras.

No es extraño pues, que Gonzalo Guerrero se convirtiera casi en un héroe. Reclamado por el cacique Nachán Can y secundado por el jefe Balam, Guerrero adquiere rango de “nacom” o jefe militar.

El prestigio del palermo crece entre los miembros de la tribu, que aquel empieza a considerar ya suya. Quizás, el punto de inflexión lo desencadenó la visión de la hermosa Zizel Há, hija del rey, y cuyo interés seguramente fue correspondido. A partir de entonces, ante la desesperación del diácono compañero de infortunios, Guerrero se somete a todos los rituales que pondrán a prueba su valor y merecimiento de tal cargo.

8.RitualY ahora permítanme citarle la segunda película que, inevitablemente, me recordó esta historia y que, en este momento, le viene al pelo. Como Richard Harris en “Un hombre llamado Caballo” Gonzalo resiste estoico todas las pruebas que le inflingen. Tal que el personaje del actor británico en la antigua película, el andaluz sabe que esto es el principio de su transformación y el final de su vida anterior. Guerrero comprendió y asimiló perfectamente las costumbres, religión y filosofía de aquella gente, y las hizo suyas con aquel sacrificio. Tras superar  las más terribles pruebas se dejó hacer las mutilaciones y escarificaciones rituales. Los tatuajes shamánicos grabaron todo su cuerpo y labraron su cara. Se dejó perforar las orejas y colocarse los típicos zarcillos que deformaban sus lóbulos, así como los aros y pasadores que atravesaban su boca. Sus cabellos, más largos que el de la mayoría de los nativos, fueron trenzados y adornados como corresponde a un gran jefe y, en definitiva, su aspecto dejó de ser el de un hombre para convertirse en un enviado de Ahchujkak, el dios maya de la guerra.

De ahí en adelante, todo se sucede vertiginosamente. Ante la mutua atracción de Gonzalo y la princesa Zizel Há, su padre Nachán Can concede la mano de su hija al valiente guerrero. De esta forma, Gonzalo pasa a la aristocracia maya sin dejar de comandar sus tropas en las constantes luchas cuyos triunfos se van encadenando. Su nombre empieza a conocerse en todo el territorio, desde Cozumel hasta los alrededores de Chactemal, en la península. Todas las dinastías temen y respetan a aquel extranjero invencible que unos creen endemoniado y otros enviado por los dioses.

9.Guerrero maya

Entre tanto Gonzalo Guerrero tiene descendencia. Demostrando una completa asimilación a la nueva religión, su primera hija es sacrificada, como corresponde hacer con los primogénitos, mientras que los siguientes, dos niños y una niña, se someten a las costumbres y ritos autóctonos, como aplastarles la frente con tablillas de las que cuelga una piedra que, con el objeto de ver más allá (hacia el centro de la mente), los deja bizcos, símbolo de belleza en la cultura maya.

10.Grabado

Fray Jerónimo, a pesar de llevar tiempo apartado de Guerrero y aún en condición de esclavo, conoce e incluso presencia la transformación de su compañero, horrorizado ante la blasfemia y los numerosos pecados (principalmente la falsa idolatría) que éste comete aparentemente complacido. Aguilar busca en la enajenación la excusa que justifique a su amigo de tan ominosos actos pero sólo ve en él aceptación, lo que le perturba el alma. El monje, que aún conserva los harapos de sus hábitos y un pequeño libro de cuentas (que le permite ceñirse a su civilizado calendario), se encuentra más solo que nunca y, estando ya a punto de desistir –cuando se encomendaba al cielo y a su Dios para que lo llamara lo antes posible y dejar aquel infierno pagano y salvaje– oye los rumores… Los indios de su tribu andaban revueltos y nerviosos.

Parece ser que Hernán Cortés tuvo noticia, por boca de unos indios que a su vez habían oído a otros (allende las islas conocidas), cómo en aquellas lejanas e inexploradas tierras del istmo que separa ambos mares, habían visto gente como ellos. Hombres blancos y con barbas que no dejaban lugar a dudas de su procedencia cristiana.

Con esta nueva, Cortés, aprovechando una de sus expediciones se adentra por rutas más o menos vírgenes hasta llegar a las inmediaciones de la isla de Cozumel, donde dicen que se hallaban aquellos náufragos cautivos.

No eran tierras del todo desconocidas para los españoles, pues al menos un par de expediciones intentaron llegar a los alrededores en busca de riquezas y esclavos, siendo duramente rechazados ante el asombro de los conquistadores.

Cuentan incluso que cuando Hernández de Córdoba, con un grupo de soldados, pisó tierra en Cabo Catoche y 11.Pirámide MayaChampotón, aquellos salvajes estaban esperándolos. No estaban asustados ni confiados, sino atentos a sus movimientos. Los soldados castellanos, acostumbrados a otro tipo de reacción cuando aquellos aborígenes veían sus armaduras brillantes, fueron escoltados por los nativos hasta su pueblo, asombrándose de aquellas construcciones de piedra estucadas y coloreadas que, en mitad de la selva, salían a su paso. Rápidamente pensaron en las riquezas y tesoros que podrían guardar y, bajo excusa de pedir agua, acompañaron a aquellos extraños indígenas que casi parecían sonreírles (”más no era sonrisa amistosa sino inquietante…”, declararía uno de ellos más tarde). El calor era sofocante, la humedad elevadísima, los mosquitos y garrapatas los estaban devorando, pero los españoles avanzaban con paso firme y autoritario, sin dejar ver a aquellos indios apostados en los árboles que, realmente, estaban a punto de desfallecer. Una vez en aquella extraña ciudad, las mujeres salían a su paso, conservando aún la perseverante y maliciosa sonrisa.

Ante una especie de altar teñido de rojo un hechicero salió al encuentro, estaba pintado y su pecho manchado de sangre. Todas las señales eran amenazantes pero la codicia de aquellos hombres los nublaba. Con su acostumbrada arrogancia, cogieron agua de un pozo sin molestarse en pedir permiso y, presurosos, se la echaron por encima de sus 12.Calaveracorazas para enfriarlas. Inmediatamente, quisieron entrar en los templos y edificaciones notables pero el shamán lo impidió señalando hacia una escultura de piedra, sobre un pedestal al que se accedía mediante cuatro rampas, que representaba una figura devorada por un animal mitad serpiente mitad jaguar. Las rocas también estaban teñidas de rojo. Los soldados castellanos no se amilanaron, su avaricia era superior. Con desfachatez y soberbia empujaron a algunas mujeres para abrirse paso e, inmediatamente, aparecieron cientos de guerreros que entonaron una letanía cada vez más sonora. En pocos segundos, los gritos y aullidos de aquellos hombres se mezclaban con los animales de la selva, monos, papagayos y tucanes acompañaban los alaridos fantasmagóricos de aquella gente. Los españoles retrocedieron despacio ante los guerreros nativos que les apuntaban con flechas y lanzas. En su camino de regreso a la playa no dejaban de aparecer, como si se materializaran de la nada, hombres pintados, mimetizados con la selva. Un soldado dio un paso en falso y, en el acto, decenas de flechas lo atravesaron, dos de ellas en el cuello y la cabeza, la última en el ojo.

A pesar de todo, los soldados acamparon en la orilla. Los tambores no dejaban de sonar, en alerta, como aviso hacia aquellos intrusos. Cientos de hogueras resplandecían por toda la jungla, rodeando los barcos que fondeaban cercanos. Aún así, al amanecer, los soldados españoles pidieron ayuda, varios cañonazos sonaron, algunas barcas se aproximaban. Eso fue su fin.

13.Soldado español y mayasLos españoles no sabían de dónde les venían los ataques. Flechas, dardos emponzoñados que apenas atravesaban la piel infectaban… Sus armas de fuego no eran efectivas ante seres invisibles, sus espadas y lanzas no podían actuar sin un blanco cercano…Fue una masacre. Los cuerpos caían unos tras otros, y cuando estaban a punto de huir… aparecieron…

A la cabeza un salvaje, más alto que el resto, gritaba en una lengua extraña, los nativos contestaron repitiendo una misma palabra: “castillan,  castillan…”

Mas tarde, algunos supervivientes contarían a sus superiores, casi delirando, el casual parecido de aquella palabra con su gentilicio “castellano” y como aquel indio alto, el capitán…, parecía tener…barba…

Gonzalo Guerrero se convirtió en un caudillo. Logró lo que nadie había conseguido en aquellas tierras, unir todas las dinastías, aglutinar a todos los clanes de los territorios cercanos en un fin común, combatir a los conquistadores españoles.

Guerrero los conocía demasiado bien y sabía que nada detendría la desmedida ambición de su antigua patria. Los castellanos, tarde o temprano, acabarían llegando y arrasándolo todo, era cuestión de tiempo. Sus tropas, las mejores del mundo (y las más despiadadas) eran infinitas y su codicia casi tan grande y peligrosa como su orgullo. Sí, él formó parte de la maquinaria y era consciente del destino que les aguardaba…, pero no estaba dispuesto a ponérselo fácil. Por cada guerrero maya que marchara al séptimo cielo, decenas de cristianos se irían al infierno.

Así, Gonzalo advirtió a todos los jefes y caciques del inminente peligro, instruyendo a sus guerreros en la lucha contra los españoles. Les enseñó a no temer a los caballos ni a los cañones, a cuidarse de las armas de fuego. Los adiestró en las guerrillas y emboscadas, enseñándoles los puntos flacos de sus petos y armaduras y, en definitiva, a aprovecharse de la superioridad de su aparente “desconocimiento” induciendo a la confianza del enemigo.

Tras Francisco Hernández de Córdoba, otras expediciones, comandadas por Montejo y Dávila, intentaron llegar a la península corriendo igual suerte. Varios intentos fueron rechazados ante la estupefacción de los gobernadores españoles y, para sorpresa de ellos, los testimonios de los que volvían eran cada vez más desconcertantes. Relataban que encontraban rudimentarios bastiones a la manera europea, que los indios (al contrario de lo que conocían) se presentaban a la batalla de forma muy organizada, engañando y actuando por sorpresa, desgastando al enemigo o dividiéndolos para acabar con ellos. Y esto se repetía en diferentes zonas y, aparentemente, con diferentes tribus.

14.Una Batalla

Gonzalo Guerrero se desplazaba de una parte a otra del Yucatán para ayudar y asesorar a los caciques, y era el primero en entrar en lucha. Ahora protegía a su tierra y a su familia, y sabía que la única forma de retrasar el desastre era actuando rápida y contundentemente.

Jerónimo, naturalmente, ignoraba estos combates. Gonzalo aconsejó que lo mantuvieran ajeno a cualquier contacto, pues conocía el deseo del fraile por regresar a toda costa y conocedor como era del idioma, las costumbres y los asentamientos mayas, podría convertirse en un arma muy peligrosa en manos enemigas.

No obstante, Cortés llegó sin aparente ánimo belicoso. El objetivo, en principio, era rescatar a aquellos náufragos castellanos de los que había oído hablar y que se encontraban cautivos por lo que, utilizando algunos indios a su cargo (esclavos de Cuba y otras islas), mandó cartas y presentes para el rescate. También él era consciente del valor que aquellos dos posibles intérpretes podrían tener para sus futuras pretensiones

Finalmente las noticias llegaron a la tribu donde se encontraba Jerónimo Aguilar. El cacique, al principio receloso, terminó por escuchar a los enviados así que, ante las súplicas y demandas del religioso y la actitud tan sumisa y servicial que  siempre mostró, acabó apiadándose de él y aceptó el rescate.

Aunque dije que quería evitar citas literales y bibliográficas, lo cual he cumplido bastante a rajatabla, ahora deben disculparme por utilizar, a continuación, algunas de ellas. Frases literales. Tal cual Fray Jerónimo de Aguilar las narró y Bernal Díaz del Castillo, entonces un joven marinero con buena memoria a las órdenes de Cortés, escribió en su posterior obra. Se trata de un breve diálogo entre los dos protagonistas (y algunas frases más) tan dramáticamente emotivo y significativo, que no se puede obviar su “literalidad”.

15.Retrato Hernán Cortés

Retrato de Hernán Cortés

La dicha era muy grande para el fraile, Dios había escuchado finalmente sus súplicas y recompensado su sufrimiento. Hernán Cortés esperaba fondeado a poca distancia de aquella isla. Aquella carta era como la rama de olivo que la paloma llevó al patriarca Noé: “Señores y hermanos: Aquí, en Cozumel, he sabido que estáis en poder de un cacique detenidos. y os pido por merced que luego os vengáis aquí, a Cozumel, que para ello envío un navío con soldados, si los hubiésedes menester, y rescate para dar a esos indios con quien estáis; y lleva el navío de plazo ocho días para os aguardar; veníos con toda brevedad; de mí quinientos soldados y once navíos; en ellos voy, mediante Dios, la seríes bien mirados y aprovechados. Yo quedo en esta isla con que se dice Tabasco o Potonchan. Jerónimo, lleno de gozo por su inminente libertad, fue en busca de su compañero, seguro de que aquella nueva, inevitablemente, le haría entrar en razón. Al llegar, el ánimo en la cara del religioso advertía a Gonzalo de los últimos acontecimientos en los que él mismo, como última deferencia a su antiguo hermano de sangre y penurias, había intercedido para que llegara a buen fin.

Cuentan los cronistas las palabras de ambos y cómo, tras leerle Aguilar las cartas a Gonzalo, éste contestó: “Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras: idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra”, Jerónimo replicó angustiado, intentando salvar más el alma que el cuerpo de su compañero, que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar, a lo cual la princesa Zizel Há, entendiendo algo de lo que aquellos hombres decían y, sobretodo, las intenciones del fraile, protestó increpándole en su lengua: “Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido: idos vos y no curéis de más pláticas”.

De esta forma, fray Jerónimo Aguilar marchó en busca de su ansiada libertad, que no era otra que el cautiverio al que estaba acostumbrado; el de su patria, creencias y costumbres, lo que de alguna manera, a pesar de los años pasados entre aquella gente, le hacía detestar aún más ese paganismo y libertinaje que tanto le contrariaba e, incluso a veces, le hacía dudar.

No fue fácil, sin embargo, alcanzar su meta. El tiempo estaba sobrepasado, Cortés había partido y sólo el tesón, la confianza en su Dios y su propia desesperación, hizo que Aguilar no desistiera, llevándole un golpe de suerte al destino tan esperado. Las naves de Cortes, a falta de viento, no se habían adentrado aún en mar abierto.

Los vigías vieron cómo una piragua con indios se aproximaba. Jerónimo tranquilizó el nerviosismo de sus escoltas ante la cercanía de los soldados y, antes de que sus paisanos pudieran confundirlo, gritó en un castellano “mal mascado y peor pronunciado” pues casi había olvidado su lengua madre, “Dios, é Santa Maria y Sevilla”.

16.Hernán Cortés y GuerreroLos tripulantes del barco no daban créditos a sus ojos, pues aquel salvaje se les estaba dirigiendo en cristiano. Deduciendo que se trataba de unos de los cautivos lo hicieron subir a bordo, pero su apariencia, la piel morena por sol, el cabello trasquilado como un esclavo indio y su cuerpo casi desnudo, a expensas de un roído trapo del que colgaba un libro de horas muy viejo, les hizo dudar llamando a su capitán. A poco llegó Cortés, Jerónimo se puso en cuclillas, a la manera india, ante lo cual éste le hizo levantar y mandó vestir decentemente. Inmediatamente le preguntó por el otro español que decían haber, y Jerónimo le contó que se llamaba Gonzalo Guerrero, que fue a pedirle venir pero éste se negó porque vivía como indio entre los indios “y dijo que estaba casado y tenía tres hijos, y que tenía labrada la cara y horadadas las orejas y el bezo de abajo, y que era hombre de la mar, de Palos, y que los indios le tienen por esforzado; y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche un capitán con tres navíos. (parece ser fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba) que él fue inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí juntamente con un cacique de un gran pueblo, según he ya dicho en lo de Francisco Hernández de Córdoba”. Las sospechas de Hernán Cortés de que un traidor estaba ayudando a aquellos salvajes se confirmaron. Las referencias de sus oficiales a la forma de guerrear, las reacciones inusitadas de los indios, las familiares palabras “castillan, castillan” en referencia a Castilla, lugar de donde procedían y las otras hasta ahora no entendidas “ al calachoni, al calachoni ” , que no significaba otra tal “que mataran al capitán”, como pieza clave en toda batalla. Estas cosas no podían conocerla de otra forma. Cortés sintió una punzada de admiración pero fue el odio y la indignación su mayor emoción en aquel momento, con el semblante serio, más sin perturbarse, dijo en voz baja  “En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno”.

Continua…

Enrique Carrillo.

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