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Onubenses por el mundo: Un cateto en Bangkok

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en Viernes, 7 mayo 2010

El cateto que suscribe estas líneas venía ya de vuelta. El viaje había empezado en Siem Reap (Camboya) donde recorrimos incansablemente los indescriptibles templos de Angkor. Hicimos una paradita en la coqueta Phnom Penh y después tomamos un vuelo barato a Bangkok, donde permanecimos tres días completos. Cuando compré el billete sabía que en Tailandia había una revolución, y sólo temía quedarme atrapado en el aeropuerto, pero lo que no podía sospechar es que iba estar en medio de una revuelta en la que murieron finalmente 21 personas, www.elmundo.es :

Tailandia sigue inmersa en una profunda crisis política por la enorme división entre partidarios y detractores de Shinawatra, derrocado por un golpe de Estado en 2006 y prófugo de la justicia pero que se resiste a abandonar el protagonismo político.

Los “camisas rojas”, integrados en su mayoría por las clases humildes de las zonas rurales del noreste del país, consideran que el Gobierno de Vejjajiva es ilegítimo porque no nació de las urnas sino de pactos parlamentarios con diputados tránsfugas.

Este sector de la población recela de la elite de Bangkok, cuyos residentes confían en que puedan tomarse un descanso de las protestas cuando la próxima semana arranque las vacaciones por el Songkran o Año Nuevo budista.

El sábado 10 de abril fue la fecha elegida para hacer compras -o ‘shopping’ como dicen los esnobs-: Bangkok, en ese sentido, tiene mucho que ofrecer. Nos dirigimos a la calle Silom, donde se encuentran las mejores tiendas, sin saber que era el cuartel general de los rojos, que la tenían controlada. Por supuesto, los centros comerciales, para evitar destrozos, cerraron las puertas. Salir de la multitud de manifestantes no fue fácil y volver al hotel aún peor: tardamos una hora en encontrar el taxi. Algunos de los manifestantes nos informaron amablemente de que lo mejor para nosotros era que nos quitásemos de en medio, ya que el ataque del ejército era inminente. El taxi no nos pudo dejar en el hotel, sólo nos pudo acercar: la ciudad había sido tomada en todos los puntos clave.

Mi prioridad era resguardarnos en el hotel, ver lo que pasaba por la tele y escaparme al ciber de vez en cuando para saber si el aeropuerto seguía funcionando, ya que en la revolución anterior había sido ocupado. Como en la calle Khao San, punto neurálgico de los mochileros del mundo, reinaba una aparente tranquilidad -obviando el hecho de que los helicópteros militares sobrevolaban muy bajito la zona-, salimos a un restaurante a quitarnos el hambre. No nos había llegado el primer plato cuando los comensales empezaron a salir corriendo, arrasándolo todo: las mesas volaban, la gente se atropellaba y trataba de salvar el pellejo sin guardar las formas. No sabía muy bien que pasaba y como soy un hombre de prioridades, instintivamente cogí mi cerveza y mi libro y me escondí tras la barra, dejando a mi novia sola en la mesa. Sólo cuando me di cuenta de mi curioso olvido, le pegué una voz y se vino pegando saltitos por entre los muebles tirados. Fue una falsa alarma: había llegado un batallón armado pero, obviamente, ignoraban a los turistas -que los tailandeses cuidan con esmero, ya que les produce nada menos que el 7% del PIB-.

Tras la comida, tomamos el callejón-atajo a nuestro hotel y vimos a mucha gente llorando caminando en contra. Al poco rato, también me empezaron a salir lagrimitas: ¡gases lacrimógenos! Los estaban tirando desde el aire para dispersar a un gigantesco grupo de rojos que se habían enfrentado al ejéricito. Cuando llegamos a lugar de la batalla, a 25 pasos exactos de la entrada del hotel, y apenas 10 minutos después, en la acera no había más que piedras, agujeros de bala en las paredes y ventanas y por todas partes sangre, gente asustada y un montón de guiris haciendo fotos de héroe “feisbuquero”. Unos viandantes se llevaban, a rastras, el último manifestante muerto.

Al día siguiente, lo peor: una terrorífica normalidad.

Lector.

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