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Galaroza recupera los juguetes antiguos

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en Viernes, 3 febrero 2012

La localidad serrana de Galaroza no deja de innovar en su afán por difundir sus recursos y aumentar su prestigio turístico. A falta de disponibilidad económica, los cachoneros echan mano de su imaginación para seguir siendo referente provincial en materia cultural.

La buena idea en esta ocasión la ha tenido el Ayuntamiento de Galaroza, que ha contado con la ayuda de la Asociación Cultural Lieva y, especialmente, de Luís Manuel González González, un cachonero emigrante en Mallorca que es propietario de una estupenda colección de juguetes de hojalata antiguos y actuales. Tras un largo proceso de diálogo, las dos partes han acordado crear un espacio donde pueda exponerse la colección de forma permanente.

La colección consta de de 165 piezas de diversos períodos históricos del siglo pasado, desde 1930 hasta la actualidad, y la intención de González es continuar incrementando su número, hasta llegar a los 222 objetos. Se trata, fundamentalmente, de juguetes de hojalata que representan animales, vehículos y otros objetos, presentando casi todos ellos un buen estado de conservación.

Además, se trata de una colección internacional, ya que contiene piezas procedentes de España, Francia, Alemania, Portugal, República Checa, Canadá, Japón, India o China. La nación referente a nivel mundial en este tipo de juguetes fue Alemania, especialmente la ciudad de Nuremberg, que destacó a partir de 1850. En la actualidad, es importante el papel de China, que atesora ya décadas de tradición.

En nuestro país, la fabricación de juguetes de hojalata empieza aproximadamente en el año 1900, y sólo se dedicaban a ella los hojalateros, fabricando piezas sin colores y soldadas con estaño; se trataba, fundamentalmente, de miniaturas de cocina para que jugaran las niñas. A partir de la primera década de aquel siglo, se empiezan a copiar otros modelos más elaborados procedentes de países como Alemania e Inglaterra, nuevas producciones en las que destacan especialmente la mítica casa Payá y, posteriormente, la casa Rico, quienes colaboraron a consolidar la fructífera y larga tradición juguetera de la localidad alicantina de Ibi.

Luís González inició esta afición hace veinte años, al cabo de los cuales ha conseguido atesorar un conjunto de objetos original, por lo que supone de oferta diferente al catálogo de exposiciones de interés que suele ofrecer un pueblo. Cuando puede, intenta ampliar el repertorio con nuevas adquisiciones que suponen piezas de coleccionistas, muy apreciadas entre los expertos del sector.

González lleva cerca de 40 años fuera de su pueblo, pero lo lleva dentro del corazón. Otra de sus pasiones es el cicloturismo, ya que ha realizado la vuelta a la Península Ibérica en bicicleta, recorriendo 4.657 kilómetros, el viaje Madrid-París, de 1.585 kms. o la vuelta a Mallorca. Además, ha colaborando altruistamente con iniciativas sociales en la tierra que le acogió. Por ello, ha querido también ofrecer a Galaroza esta posibilidad, soportando dilaciones provocadas por la difícil situación económica y renunciando a otras posibilidades que podrían haberle reportado mayores beneficios.

Los objetivos de esta iniciativa son recuperar los valores de los juguetes de otras épocas, realizar actividades en torno a esta cultura popular y aumentar los polos de atracción turística del municipio. En la tarea de traer esta colección a Galaroza ha colaborado la Asociación Cultural Lieva, quien ha llevado el peso del diálogo entre las partes y ha propuesto ideas y fórmulas para que sea en breve una realidad.

Antonio F. Tristancho.

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Onubenses por el mundo: Un cateto en Manila

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en Domingo, 28 febrero 2010

Para el día de Andalucía queremos proponer con este artículo, lo que esperamos sea una saga de historias de onubenses viajeros al más puro estilo de “Andaluces Por el Mundo”. Para este primer artículo, nuestro amigo y colaborador “Lector” nos cuenta cosas de su prolongada estancia en Manila, capital de las Islas Filipinas, al otro lado del mundo. Esperamos que os guste:

Lo primero que impacta al llegar al aeropuerto de Manila es la humedad, que pocas veces baja del 80 por ciento, y la temperatura, que oscila entre los 25 y los 35 grados durante todo el año. Algunos no lo soportan, pero la mayoría nos acostumbramos en menos de una semana. Otra cosa son las cucarachas, que salen al anochecer, se cuelan hasta en los pliegues de la toalla, te despiertan por la noche paseándose por tu nuca y, lo peor, te pican. Los filipinos lo llevan bien; yo todavía no.

Manila

La llamaban “La perla de Oriente” porque era la ciudad más avanzada, occidentalizada, rica y hermosa del sudeste de Asia, y lo siguió siendo hasta la Segunda Guerra Mundial. Pero Manila ya no tiene alma: se la arrebataron las bombas americanas para “liberar” (bonito eufemismo) al pueblo filipino del yugo japonés. Se cargaron en tres días a 150.000 filipinos y el 90 por ciento del patrimonio arquitectónico colonial que heredaron de los españoles; no en vano fue la segunda ciudad más destruida durante la Segunda Guerra Mundial después de Varsovia. Por eso Manila no tiene monumentos destacados, pero se conservan algunas iglesias y catedrales, edificios sueltos y fortificaciones bien hermosos, pero son sólo un resto de lo que en tiempo fue. Filipinas, sin embargo, es un paraíso vivo: basta salir de la capital para disfrutar de una naturaleza impresionante: Palawan, Ifugao, Boracay, Mindoro, Camiguin, Vigán (guglead, guglead…).

Catedral de Manila

Isla de Corón. Archipiélago de Palawan

Isla de Malcapuya. Archipiélago de Palawa

Isla de Malcapuya. Archipiélago de Palawa

Los filipinos son gente sonriente, servicial, agradecida y simpatiquísima. Y fuertes ante las adversidades. Personas que habían perdido toda la casa tras el tifón Ondoy te lo contaban como si estuvieran hablando de una anécdota. Cierto que los asiáticos contienen las emociones, pero también es cierto que no se paran a lamentar por algo que no pudieron evitar.

Residentes sobre los cables eléctricos tras las inundaciones provocadas por el Tifón. Imagen: REUTERS/Erik de Castro. Fuente: http://www.boston.com

El castellano está casi extinguido y sólo lo hablan las personas de la clase más alta (algunos políticos hablan español) que son descendientes de los criollos españoles. El último periódico en castellano, que era una gacetilla que salía cada dos semanas, desapareció a fines del siglo pasado. La influencia de España está presente en la gastronomía (hay paella, lechón, ensaimada, adobo, gambas al ajillo, aunque no son exactamente los nuestros), el vocabulario (kumustás??, disgrasya, trabaho) y, eso dicen ellos, la corrupción (pudiera ser, pero entre España y la independencia estuvieron medio siglo ocupados por Estados Unidos).

Caótico orden del tráfico de Manila

Manila es una ciudad incómoda y caótica para vivir. No existe una red pública de transporte ni nada parecido, sino que cada uno debe ir aprendiendo poco a poco cómo llegar a los sitios. Existen tres líneas de metro elevado que forman un círculo y pertenecen a dos compañías diferentes (un viaje cuesta 20 céntimos de euro). Hay autobuses (como los de Damas) que hacen líneas por la ciudad, pero no hay paradas sino que te puedes bajar hasta en medio de una autopista (en serio, que yo lo he vivido) con sólo pedirlo al conductor; si quieres saber a dónde van tienes que entender al copiloto que va pegando voces con la puerta abierta o pararte a leer al costado del vehículo. Los jeepneys, que son un símbolo de Filipinas, más de lo mismo, pero hacen rutas de barrio a barrio, de no más de 4 kms. También están los FX, taxis-furgonetas con aire acondicionado, y los taxis (puedes estar media horita en uno y pagar un euro y medio). También están los triciclos (tirados por bici o por moto) que te llevan por dentro de un barrio o barangay (a la gente aquí no le gusta caminar, el concepto de paseo es casi inexistente). El combustible que usan es de la peor calidad posible y eso nos lleva a los mayores problemas de esta ciudad: la contaminación y el tráfico. Los atascos europeos son una broma comparados con éstos. Los jeepneys dejan nubes negras a su paso y muchos optan por caminar con un pañuelo en la nariz o una mascarilla. Lo peor es que la polución se te pega al cuerpo y si pasas mucho tiempo en la calle, el pelo te huele a gasolina quemada.

Los supermecados no tienen ni jamón, ni chorizo, ni mortadela, ni queso: eso hay que comprarlo en tiendas de ‘delicatessen’ a un precio estratosférico (y yo, para que os voy a engañar, de vez en cuando no puedo más y compro algo). El periódico sale a un euro (caro).

Aquí el concepto de crisis no funciona porque es contínua: la verdadera crisis llega cuando hay una mala cosecha de arroz y el precio sube; si la gente empieza a pasar hambre, entonces es que hay crisis de verdad (el pan no se come casi, aunque nos parezca improbable). La crisis les afecta en las remesas de los ‘filipino overseas’, su población fuera del país, que es de 25 millones de habitantes, la mayoría en Estados Unidos, Canadá, Emiratos Árabes y Europa.

Manila es, en pocas palabras, un conglomerado inhabitable incrustado en medio del paraíso.

Lector.

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