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Huelva, encanto y desencanto

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en domingo, 19 abril 2009

Estimados lectores, la siguiente carta se muestra tal cual fue mandada a un periódico local (del cual no obtuve respuesta) entre finales de enero y principios de febrero aproximadamente, por lo cual parte de su contenido queda un poco desfasado. No obstante, antes de puntualizar algunos de sus comentarios con la intención de actualizarlos, me parece oportuno que la lean tal y como fue redactada, conservando así la primera impresión que un tuerto en un país de ciegos se pudiera haber llevado.

Por otro lado, espero sepan disculparme, si puedo parecer reiterativo (algo que no me gustaría) ya que algunas líneas les sonarán al haber aludido con anterioridad a ellas, pero, tras comunicárseme su inminente publicación (les recuerdo que formaba parte del anterior artículo) creí conveniente esta aclaración.

Gracias por anticipado.

Huelva, encanto y desencanto

Lo primero que pensé cuando llegué a Huelva hace unos meses fue “vaya, no está tan mal” Acostumbrado a vivir en ciudades más o menos grandes y monumentales (por mi trabajo) estaba preocupado con este último destino, pues entre las capitales andaluzas no es de las más afamadas, contaminación aparte. Aunque conocía Huelva por estar de paso, me sorprendí gratamente de un cierto cambio hacia un incipiente cosmopolitismo urbanita, barrios nuevos y modernos, plazas y avenidas aparentemente cuidadas, amén de las virtudes ya conocidas de la provincia (gastronomía, naturaleza, etc.).

Cuando, a finales de septiembre, fui a alquilar mi apartamento en la calle Puerto, lo primero que hice, al verla completamente destripada, fue preguntar a un operario cuando acabarían las obras, y volví a sorprenderme “en una semana”. Que diligencia, pensé, mientras veía día y noche cantidad de gente esmerándose en concluir.

Luego tras pasear durante días e insuflarme de la idiosincrasia de la ciudad empecé a convencerme de que, a pesar de no ser especialmente rica en su patrimonio histórico-artístico tenía cierto atractivo: el legado inglés y minero, su situación entre rías y marismas, algún que otro edificio curioso… Pero bastó con que pasaran un par de semanas para desmontar toda ilusión, y me explico: La competencia y esmero en reabrir la calle Puerto, espoleada claro está por las numerosas críticas a su retraso, se mostró como algo excepcional dada la dejadez de los meses posteriores, en los que las obras que debían continuar en el acerado brillaban por su ausencia. Las vallas en las aceras, la plaza del Mora Claros cerrada como depósito de escombros y máquinas, y el eterno e incomprensible andamio de la UGT (¿alguien podría informarme cual es su función además de estorbar y afear?) como parte tristemente integrante de uno de los pocos núcleos arquitectónicos interesantes del centro de Huelva, eran, desgraciadamente, lo único que permanecía y permanece en esta pequeña y céntrica calle que, sin embargo, se asemeja más bien a una Castellana o Alcalá por el tiempo que lleva y llevará en acabar su intervención, dada la intermitencia de los trabajos.

Por otro lado, no puedo ocultar mi decepción y disgusto cuando paseo y observo atentamente el espacio en el que me muevo, algo que me gusta hacer, ya sea por deformación profesional o auténtico placer, y encuentro verdaderos atentados contra la cultura y el pasado de este pueblo. Y digo esto porque, a pesar de todo, aún quedan rincones y calles trufados de bellísimas edificaciones que pasan desapercibidas entre desafortunadas construcciones (algunas bastante recientes) que intentan sobrevivir a la ruina resignadas a que alguna constructora las haga desaparecer o, en el mejor de los casos, las rehabilite transformándolas en un pastiche al que, sin ningún tipo de escrúpulos ni impedimentos, se le añade un piso destrozando cualquier posibilidad de salvación. Ustedes son onubenses, y a mí estas aberraciones me duelen como si lo fuera, por lo que, si bien se puede comprender que, en una época en que el respeto al patrimonio era algo gratuito e inconveniente, se mutilaran edificios modernistas y clasicistas para abrir en sus bajos nefastos escaparates y se prolongaran sus hermosas fachadas con abominables áticos funcionales (algo muy arraigado en la ciudad y cuyo mayor paradigma esta en el hotel Paris), lo que no puedo llegar a entender es que hoy, en pleno siglo XXI, se sigan cometiendo semejantes barbaridades, con el negligente beneplácito público y la apatía de unos ciudadanos tan agradables en su trato como indiferentes con su cultura; y para comprenderlo paséense por la calle Alonso Barbas adyacente a San Pedro, por citar un ejemplo de lo que, aún hoy, se sigue permitiendo.

A toda esta masacre patrimonial habría que añadir una increíble desidia en las obras públicas ya que, tras leer en varios periódicos locales como a las autoridades competentes se les llena la boca alardeando de las subvenciones conseguidas para inversiones públicas y adecentamiento urbano (véanse las numerosas opciones barajadas para peatonalizar la Gran Vía) las obras de la plaza Doce de Octubre, corazón de la ciudad, lleva meses congelada, con sus vallas interceptando el paso y el tráfico, desluciendo cualquier perspectiva urbana, impidiendo el uso y disfrute de los ciudadanos y dejando que los materiales que no se han llegado a utilizar (losas, pavimentos, bancos, etc..) se marchiten hacinados a la intemperie entre temporales de frío y lluvia.

Sinceramente, tengo ganas de acabar mi trabajo e irme. Dicen que ojos que no ven corazón que no siente, que quien ignora no sufre, y que del arte, la cultura y la estética no se come. Quizás tengan razón y la sensibilidad solo sea un lastre, pero seguramente sin ella ustedes no tendrían la oportunidad de conocer ciudades como Florencia, París, Barcelona y un largo etcétera… y, sobretodo, dejarse el dinero en ellas.

E. D. Carrillo

Posdata: A 7 de Abril de 2009, puedo y debo matizar ciertas cosas.

La primera que, tras ocho meses (sin contar el tiempo anterior a mi llegada) presenciando, al entrar y salir de mi casa en la calle Puerto, el perenne y estéril andamio en la fachada de la UGT, andamio doblemente inexplicable ya que, aparte de no tener más uso que tapar un interesante palacete costumbrista, afear la calle y estorbar a los transeúntes (pues durante el tiempo que llevo aquí jamás vi a nadie en él) estos aparatajes pertenecen a empresas que los alquilan por días (prefiero no saber quien habrá subvencionado tanto gasto inútil), pues por fin, antes de partir unos días por Pascua, vi que lo estaban desmontando. Cuantas veces me habrá escuchado mi pobre pareja blasfemar al respecto, al menos podré disfrutar un poco de su vista antes de marcharme.

Por otro lado, las interminables obras de la calle Puerto parece que han llegado a su fin, no obstante, debo apuntar algo que tiene relación con ambas cosas. Cuando empezaron a abrir el acerado la primera vez pensé: bien, finalmente tendrán que acordarse de desmontar el dichoso andamio de marras, pues, tanto para trabajar en lo que debieran hacer, así como cambiar el enlosado, sería inevitable tal operación. A medida que avanzaban en los trabajos veía, con incredulidad, como se abría toda la acera excepto el tramo comprendido por él, y cuando un día, incapaz de contener mi asombro, le pregunto a un operario por su posible y lógico desmonte la contestación fue tan diáfana como significativa: “a nosotros nos han dicho que de aquí a aquí (señalando la envergadura de la instalación) como si no existiera”. De modo que ahora, recién acabadas las “faraónicas” obras de una calle con apenas cincuenta metros, la renovada vía goza de un flamante y moderno acerado (más lo que haya por dentro) salvo, claro está, la parte que no existe, un parche de unos siete u ocho metros que, como una cata arqueológica, recordará siempre el preciado tesoro de una acera, si bien vieja, maltrecha, parcheada y sucia, convertida ahora en vestigio histórico a falta de mejores ejemplares.

Puede que las casas modernistas, costumbristas, racionalistas y, en definitiva, históricas de la ciudad no merezcan conservarse, la verdad es que ya no se adecuan a ninguna unidad estilística u homogénea (puesto que se las han cargado casi todas) por lo que, como con acierto fonético ha bautizado un colaborador, son los mondongos los únicos que unifican, pero, desde luego, no se le puede reprochar al Ayuntamiento su sensibilidad para con un andamio que, ya puestos, podría haberse adoptado como una nueva torre Eiffel, un Guggenheim o la pirámide del Louvre (a falta de otros monumentos..) en vez de retirarse poco después, y, sobretodo, su delicadeza por dejar ese testigo visual de los diferentes estratos “aceriles” para que todo viandante pueda pararse a reflexionar, cuando se percate del cambio, sobre los diferentes gustos históricos de las aceras urbanas a lo largo de las décadas.

Por otro lado, el resto de mi artículo sigue, por desgracia, en plena vigencia. Despropósitos y aberraciones arquitectónicas y patrimoniales aparte, lo más alucinante sigue siendo la plaza Doce de Octubre. Supongo que no tendré la misma suerte que con el andamio de la UGT. No he visto un solo movimiento cuando llegué y no lo veré cuando me marche, espero que sus onubenses hijos puedan verla acabada. Aunque, si la idea es dejarla tal cual como si de una moderna y vanguardista “instalación” se tratara, no se puede negar que “original” sería, además, al fin y al cabo, ya está pintarrajeada de grafitis como bautizo monumental…, se ve que ni los burracos (otro apropiado invento fonético que he leído) han podido resistir la impaciencia.

Atentamente.

Carrillo.

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Carta a Huelva

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en lunes, 6 abril 2009

Hace algunas semanas que, de forma esporádica, leo vuestro blog, el cual conocí mientras buceaba en la web en busca de un poco de luz que explicara (y resalto explicar porque justificar sería imposible) algunos de los incomprensibles atentados que, con alarmante constancia y sin un lógico paréntesis temporal, se vienen cometiendo, desde décadas, en el patrimonio cultural de esta ciudad.

No soy onubense, es más, apenas conocía la capital exceptuando alguna visita rápida de paso por los lugares colombinos, por lo que siempre tenía a Huelva, y perdonen la sinceridad, por el patito feo de Andalucía. No obstante, el afán natural que tengo por encontrar el idiosincrásico atractivo que cada ciudad (donde circunstancial y temporalmente me toca vivir por trabajo) puede tener, me llevó a apreciar más esta pequeña capital que, si se sabe mirar, posee, al menos, una exclusiva personalidad en ciertos aspectos. Pero precisamente esta observación más atenta es la que me hace ver la cantidad de despropósitos y aberraciones que han ido acabando con un patrimonio que, gracias a la expansión demográfica y florecimiento de la burguesía entre el XIX y pp. del XX, podría ser de los más homogéneos de esta época en la comunidad andaluza.

Pero lo peor no es lo que se ha hecho, algo que me apena profundamente cuando veo las abominables mutilaciones y desapariciones que indiscriminadamente y sin más criterio que la ignorancia, la desconsideración y el provecho rápido, se han ido cometiendo en edificios y lugares realmente emblemáticos, sino lo que, increíblemente, se sigue haciendo aún hoy, con la alevosía y desprecio de unos, la concomitancia y beneplácito de otros, la negligencia e incompetencia de pocos y la pasividad y apatía de muchos.

Señores del blog, soy natural de Ronda, he vivido muchos años en Granada, Florencia, Úbeda y Baeza y el centro de Madrid, he trabajado en Cáceres y otras ciudades de indudable índole monumental, no sólo porque en algún momento histórico fueron importantes, sino porque sus autoridades y ciudadanos tuvieron la sensibilidad e inteligencia de conservar su Cultura. Ahora cada vez que salgo a la calle me cuesta muchísimo abstraerme de lo que veo y, a medida que voy conociendo la historia de Huelva, me voy disgustando más. Lo que antes pasaba desapercibido ahora me salta a los ojos por lo que es y, sobretodo, por lo que pudo ser. No consigo entender, por ejemplo, como una corporación tan importante en la materia como el Colegio de Arquitectos (para más inri) ha podido hacer semejante aberración en uno de los edificios más singulares de Huelva de forma totalmente gratuita (menos mal que sus colegas aparejadores tuvieron mayor sensibilidad), o como se permitió en fecha relativamente reciente que se cargaran de esa forma el único edificio de envergadura monumental del centro “Hotel Paris” o Casa de la Bola, cuya nominación por los exclusivos ¾ de cúpula esférica que coronan su torre ya no tiene sentido al perderse su perspectiva con ese horroroso ático de dos pisos que aumenta su inadvertencia.

Tampoco tiene moderna explicación la nefasta costumbre local de derrumbar casas y edificios históricos para reconstruir auténticos “pastiches” que imitan penosamente las fachadas ya inexistentes (algo que, sinceramente daña el sentido estético del menos pintado) o, en el mejor de los casos, lo vacían por completo sin ninguna necesidad, dejando solo la fachada edificio en Plaza de las Monjas o, “antesdeayer” sin ir más lejos, el edificio de la Vasco-Navarra en la calle Marina, por poner solo dos ejemplos) con el único objeto de hacer una obra nueva más cómoda y rápida de construir, cuando lo normal, legal e incluso “comercial” es hacer las reformas convenientes conservando la estructura (plantas), entradas, escaleras y otras partes nobles del edificio. A esto habría que añadir las constantes fachadas que, tras apuntalarse, se pierden de edificios más pequeños pero igualmente interesantes (calle San José) o los, también usualmente retranqueos de factura local que “alargan” como un chicle fachadas que, supuestamente, deberían tener algún tipo de protección (calle Alonso Barbas), o proyectos tan provincianos y carentes de gusto como lo que se pretende hacer en el antiguo y centenario mercado, por dios ¿una plaza porticada de estilo castellano?, ¿no sería más inteligente conservar, al menos parte de su fachada (y por ende de su historia) e integrarla en un proyecto inteligente y moderno?

Pero lo que más me apena e indigna y, sinceramente, más me cuesta entender es el completo desinterés del onubense por su propia ciudad, por su cultura y por su historia. Esa total apatía mezcla de ignorancia y desidia, incapaz de comprender que el crecimiento y modernización de una ciudad debe ser equilibrado, estético y respetuoso con su patrimonio, que si éste desaparece, desaparece su historia y se convierte en una urbanización más carente de interés. Que disfrutar de una ciudad bella es gratis para el que vive en ella y es, precisamente, lo que hacemos cuando nos gastamos el dinero para visitar otras ciudades que han sabido comprenderlo. Que nuestra casa no sólo está de puertas para adentro, sino también afuera y no podemos permitirnos tirar la basura y mirar para otro lado. Que el sol y las terrazas están muy bien pero no es suficiente.

Llevo aquí cinco meses y me iré dentro de cuatro. Hace tres meses escribí una carta que mandé por mail a un periódico local y que no me publicaron, no sé si por su extensión o por lo anteriormente citado. Les agradecería que la publicaran donde creyesen conveniente, ya que muestra mi impresión, la de un foráneo que le gusta ser de donde vive, y que, matizada y ampliada con este escrito (ya que el tiempo no pasa en balde, y menos aquí) ayudase a abrir un poco los ojos a los posibles lectores que, con similares inquietudes, visiten este blog, ya que mi intención lejos de ofender a nadie es la de hacer una crítica constructiva pues, como ya he dicho, mientras viva aquí me siento un onubense más… aunque ciertas cosas me duelan más que a la mayoría de mis circunstanciales paisanos.

Carrillo.

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