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Huelva en las Islas Galápagos

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en miércoles, 22 junio 2011

La Revista anual de las fiestas Patronales de San Juan del Puerto que se celebran en honor a San Juan Bautista, contiene numerosos e interesantes artículos. Y de ella hemos extraido para publicar en nuestra sección histórica, éste titulado Huelva en las Islas Galápagos, y que ha sido escrito por Alberto Casas Rodríguez. Esperamos que os guste:

Vasco Núñez de Balboa, acompañado por un grupo de españoles entre los que había varios de Huelva, como Pedro Martín de Palos, Juan de Beas, Juan García, Juan Gallego, y Pedro Fernán­dez, de Aroche, entre otros, descubrió el Océano Pacífico (Mar del Sur), un martes, 25 de septiembre de 1513.

Vasco Nuñez de Balboa

Vasco Nuñez de Balboa

El acontecimiento, de suma importancia, su­ponía la posibilidad del descubrimiento de nuevas tierras, de la explotación de sus riquezas y el establecimiento de un puente marítimo con las islas de las Especierías en las Indias Orientales. Asimismo, abría rutas para la exploración de la costa occiden­tal americana en la búsqueda de un paso que co­municara los dos océanos, labor en la que también destacaron marinos de Huelva, como Andrés Niño, Antón Martín y Alonso Quintero.

Con la fundación de Panamá comienzan las expediciones marítimas del Pacífico, principalmen­te, de las aguas que bañaban las costas al sur de la Castilla del Oro y que realizan navegantes, como el Adelantado Pascual de Andagoya y, especialmente, el moguereño Bartolomé Ruíz, el verdadero descu­bridor del Perú y el primero que llevó a Panamá noticias del fabuloso imperio de los Incas. Bartolomé Ruiz barajó aquellas costas cartografiándolas, sien­do el primero que atravesó la línea equinocial reco­nociendo el litoral norte del Arauco (Chile) y dando cuenta de la existencia de una poderosa corriente que hoy se llama de Humboldt, exploración que, más tarde, continuó y completó el también moguereño Juan Fernández Ladrillero, del que Andagoya dice en una carta que escribió a Carlos V que «es el hombre de más verdad, ciencia y habilidad que había encontrado».

Placa Homenaje a Juan Ladrillero en Puerto Natales (Chile)

Placa Homenaje a Juan Ladrillero en Puerto Natales (Chile)

La conquista del Perú originó una serie de con­flictos entre pizarristas y almagristas sobre los límites de sus respectivas gobernaciones, enmarcadas en territorios tan amplios como poco conocidos, situa­ción que decidió al Emperador a nombrar al obispo de Panamá, Tomás de Berlanga, para que arbitra­ra en tan enojosa cuestión. El obispo fracasó en la misión encomendada por la intransigencia tanto de Pizarro como de Almagro, pero ha pasado a la historia como el descubridor de las islas Galápagos, e 10 de marzo de 1535.

Estatua de Fray Tomás de Berlanga en Berlanga de Duero (Soria)

Estatua de Fray Tomás de Berlanga en Berlanga de Duero (Soria)

Situadas en el Océano Pacífico y atravesadas por la línea del Ecuador, latitud 0° y longitud 900 oeste, el archipiélago, que también se llama de Colón, se halla a unas 600 millas del lugar más próximo de la costa occidental suramericana.

Formado por unas quince islas y alrededor de cincuenta islotes, se halla en un punto geográfico que constituye una auténtica encrucijada de corrientes y contracorrientes que hacen que su navegación, a vela, se convierta en una peligrosa aventura, tanto a la ida como a la vuelta, aunque todo indica que hasta ellas llegaran algunas expediciones precolom­binas que no se asentaron por sus nulas condiciones de habitabilidad al carecer de agua potable, de tierras cultivables y de minas productivas, circunstan­cias a las que se añaden una intensa actividad vol­cánica y los accidentes meteorológicos que cubren las derrotas de ida y retorno.

El obispo Berlanga, remite al Emperador un detallado informe del descubrimiento, en el que explica cómo las naves se engolfaron arrastradas por los alisios del nordeste y la corriente surecuatorial, que puede alcanzar los 3 nudos de velocidad, hasta que divisaron las islas en las que recalaron con grandes dificultades. Al efectuar los correspon­dientes cálculos náuticos hallaron con sorpresa que se habían alejado de la costa unas 600 leguas. La vuelta hacia tierra firme constituyó un prodigio de pericia del piloto que maniobró hasta meterse en la corriente ecuatorial que corría hacia el este.

Berlanga las describe como pobladas por “lobos marinos e tortugas e galápagos tan grandes que llevaban cada uno un hombre encima, e mu­chas iguanas que son como sierpes”.

Tortuga de las Galápagos (imagen: wikipedia)

Tortuga de las Galápagos (imagen: wikipedia)

Sin embargo, este descubrimiento pasó casi desapercibido por las causas mencionadas, por lo que durante mucho tiempo sirvieron de refugio de piratas y de balleneros que fueron dando nombre a cada una de las islas: Chatham, Charles, Albermarle, Narborough, James, duque de Norfolk, Barrington, Abingdon, Duncan, Bidloe, Jervis, Hood, Tower, Wenman. El 12 de Abril de 1831 la República del Ecuador tomó posesión del archipiélago fundando la capital, Puerto Baquerizo Moreno, en la isla San Cristóbal, que es la que reúne las mejores condi­ciones para sostener una población y tiene buenos fondeaderos para los buques.

El estudio de la fauna y flora de estas islas fueron determinantes en la elaboración de las teo­rías de Darwin, que las visitó en 1835 durante su periplo a bordo del Beagle, mandado por el capitán Fitz Roy.

Con motivo del IV Centenario del Descubri­miento, que se celebró en Huelva, el gobierno del Ecuador decidió y aprobó una nueva toponimia de las islas Galápagos, que desde entonces es la si­guiente: San Cristóbal, Santa María, Isabela, Fernandina, San Salvador, Santa Cruz, Santa Fe, Pinta, Pinzón, Marchena, Rábida, Española y Genovesa.

En 1981, la Unesco las declaró Patrimonio de la Humanidad.

Alberto Casas Rodríguez

Podréis leer este y otros interesantes artículos en la web del Ayuntamiento de San Juan del Puerto: www.sanjuandelpuerto.es

Fuente:

Revista de las Fiestas Patronales de San Juan Bautista 2011. San Juan del Puerto (Huelva). Edita: ILMO. Ayuntamiento de San Juan del Puerto (Huelva). Pp. 96-97.

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El Indio de Palos (1/3)

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en martes, 9 junio 2009

Nuestro amigo y colaborador Enrique Carrillo lleva algún tiempo elaborando un relato histórico que quiere compartir con todos los lectores de este blog y que probablemente dejará a más de uno con la boca abierta por su historia y contenido y por la gracilidad en la redacción. Su extensión supera lo que consideramos razonable para un artículo, así que con su consentimiento y ayuda lo vamos a dividir en 3 partes que iremos publicando en días sucesivos. Os recomendamos encarecidamente su lectura y disfrute:

Como prometí, para que no todo sean críticas e intentando contribuir en la medida de mis posibilidades al aprecio olvidado de una tierra interesante, he redactado una colaboración intentando recrear un episodio que, como la mayoría de los que pueda yo hablar, imagino que muchos de ustedes conocerán pero que, quizás, otros, por lo ya comentado tantas veces, ignoren o, simplemente les suene de pasada.

Antes de comenzar, me gustaría puntualizar (aún a riesgo de que me linchen por insistente) el extraño comportamiento onubense de quienes, si bien son capaces de hacer autocrítica, reniegan, con frecuencia, de sus características más conocidas y explotadas, quizás por hastío del tópico exterior o por pena de que no se tengan o, al menos, valoren otras virtudes. Me refiero concretamente a la gesta colombina, lo más manido pero también importante, por su trascendencia, del pasado y la historia onubense.

Es verdad que se ha intentado vender el descubrimiento como algo exclusivamente local, a veces por darle a Huelva una identidad bien definida, aunque su influencia no tuviera una especial repercusión posterior en una tierra que parece condenada a ser maltratada por sus hijos. Pero también es verdad que la consecución de esta hazaña no tuvo su origen aquí por casualidad.

De todos es sabido que Palos de la Frontera, entre los siglos XV y XVI, era una importante cuna de marineros y artesanos navales, tanto por su peculiar situación, prácticamente en el océano pero resguardada en la ría del Tinto y protegida por la lengua de tierra de Saltes y Punta Umbría, como por su cercanía a la vecina Portugal, cuya hegemonía naval en esta época le daba el título a sus navegantes de ser los mejores del mundo.

Esta simbiosis con los marinos portugueses, cuyos intercambios eran frecuentes, dotaban a los marineros palermos de importantes conocimientos y habilidades náuticas, así como el hecho de ser el mar, prácticamente, el exclusivo sustento de la villa. A este punto, es justo añadir a las cualidades profesionales en la navegación y la construcción de barcos la de ser gente despierta e inquieta, llegando incluso a convertirse en corsarios (pirateando la negrería de las flotas extranjeras) cuando la necesidad obligaba.

Estas características no eran desconocidas por la Reina Católica quien eligió Palos como base de las legendarias naves predestinadas a la gloria e incluso astillero de una de ellas, siendo también el punto de partida de la España peninsular más directo para la gesta transoceánica.

Bien, pues en éstas estaba, recreando con mi imaginación la convulsa época mientras visitaba la casa-museo Pinzón en Palos cuando, mirando una serie de reproducciones que retrataban a los más conocidos participantes de los viajes americanos,  una de las imágenes me llamó la atención por lo peculiar: Sobre el nombre castellano “Gonzalo Guerrero” aparecía el retrato de un indígena ataviado de plumas con gesto solemne y embutido de cierta dignidad, como si de un jefe tribal se tratase.

Llegado a este punto, debo reconocer mi ignorancia en este episodio, disculpado, si se quiere, por mi condición de foráneo, así que, tras leer un breve comentario que indicaba la procedencia de aquel hombre, natural de Palos de la Frontera, y muerto en 1536 en las selvas de Honduras, me picó tanto la curiosidad que estuve buscando algo de información al respecto, y, como la gratificante sorpresa de quien va al cine sin conocer una película que resulta ser extraordinaria, quedé inmediatamente enamorado por la historia que, tras dejarla reposar durante un tiempo, este blog me ha vuelto a recordar y a continuación recrearé.

Intentaré, eso sí, evitar citas y copias bibliográficas para darle mayor dinamismo y espontaneidad, de forma que no sea más que un relato “oral” que sirva de reclamo para el que quiera profundizar en él.

Como prólogo, y para darle un toque literario a la narración, podríamos imaginarnos una figura encima de una atalaya, cuyo verdor contagia al extenso y claro mar, casi transparente, que la circunda. Encima de ella un hombre casi desnudo, con el cuerpo oscuro no por su raza sino producto del perseverante sol, tatuado de los pies a la cabeza, las orejas perforadas llenas de pendientes y aros. Ataviado con adornos de hueso, piel y oro, y un penacho de plumas tocando unos largos cabellos trenzados que enmarcan una cara labrada de extrañas marcas rituales. Todo indica el aspecto de un caribe, un indígena de las selvas tropicales de un mundo nuevo para unos, pero viejos como el sol para otros. Todo indica el aspecto de un gran cacique maya…, excepto un detalle…, un rostro barbado, unos ojos celestes como aquel océano, una nariz fina y recta y, sobretodo…, el reflejo de un alma atormentada.

Aquel guerrero mira la inmensidad del mar y piensa en unos tiempos que apenas son un recuerdo, un sueño. En su memoria se confunden vestigios de una vida que parece no corresponderle. Aquel guerrero recuerda, no sin esfuerzo, una juventud donde un relato casi fantástico escuchado en un puerto lleno de vida y trasiego le mantuvo siempre obsesionado. El descubrimiento de unos conquistadores españoles, un tal Alonso Niño y Cristóbal Guerra, de una isla en el golfo de Paria (Isla Margarita o de los Mosquitos, no recuerda bien) repleta de gigantescas ostras cargadas de purísimas perlas. Perlas que los aventureros llevaron consigo llenando cofres que les proporcionaron fama y riquezas.

Aquel guerrero indio ahora piensa que él es como esas perlas…, basura que el sufrimiento recubre de nácar…

—–……—–

La historia, como he dicho, comienza en Palos, en una fecha sin determinar en las últimas décadas del siglo XV. Gonzalo Guerrero nace en el entorno marinero de la villa pero es otro ambiente, el bélico de las guerras del momento, el que finalmente le llama, enrolándose en las tropas de otro Gonzalo tocayo suyo, Fernández de Córdoba, popularmente conocido como el Gran Capitán, con quien contribuirá a la toma de Granada y al final de la Reconquista.

Guerrero, que adquiere una gran experiencia como soldado, se convierte en un estimado arcabucero que continuará fiel al famoso comandante, acompañándolo en su posterior campaña en Nápoles, primer “sitio” del Imperio, donde formará parte de lo que será el germen de los afamados “tercios” que tanto éxito tendrán con Felipe II.

De esta forma, nuestro protagonista se consagra como curtido militar recorriendo Europa y haciendo honor a su apellido que, como un presagio del destino, marcará su vida hasta el final de sus días.

Pero esta historia no sería diferente a tantas de la época si no fuera porque en alguna de sus estancias en su pueblo natal, probablemente entre campañas, permisos y guerras, conoce las maravillosas historias, que en Palos se contaban por doquier, de viajes, mundos inexplorados, riquezas y aventuras. No hay que olvidar que Gonzalo era más joven que el menor de los Pinzón, quien en sus últimas empresas, posteriores a los viajes colombinos, coincidiría en tiempo y lugar con nuestro protagonista, el cual sabría de primera mano de las gestas de su ilustre paisano.

Puerto Histórico de Palos a finales del s. XV

Es por esto, que en algún momento, Gonzalo Guerrero pensaría que tantos años de adiestramiento y combate le sería útil para cambiar su destino y fortuna. La soldadesca era sacrificada y poco producente, sin embargo el Nuevo Mundo prometía una recompensa con tintes tan aventureros como redentores. Por otro lado, la bolsa apremiaba y, las “nuevas Indias” traían rumores de oro y plata, por lo que no tardó mucho en convencerse de que su futuro podría provenir del joven continente.

Mapa de Centroamérica, 1860.

De esta forma, Gonzalo Guerrero, que debido a su experiencia militar y currículum no encontraría demasiados problemas, se embarca, alrededor de 1510, rumbo a las Américas con el capitán Diego Nicuesa, gobernador de Veragua, al oeste del golfo de Urabá, y quien llevaba tiempo inmerso en disputas y guerras internas con otro capitán español, Alonso de Ojeda, que gobernaba Nueva Andalucía, al este. Estas tierras entre el cabo de Vela (Colombia) y el cabo Gracias a Dios (Honduras y Nicaragua) eran producto de la fiebre conquistadora fomentada por Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel y el propio Colón, para eludir el monopolio colombino y rentabilizar la costosa empresa americana.

En esta situación tan conflictiva, con guerras fraticidas de poder, ambiciosos proyectos territoriales, aspiraciones regias, abusos, crímenes y esclavitud, en donde Pizarro aún era un sobresaliente soldado partidario de Ojeda (quien lo deja a cargo de su feudo, más tarde Cartagena de Indias), y el famoso expedicionario Núñez de Balboa, tras explorar los mares del Sur, funda Santa María de la Antigua del Darién, llega nuestro héroe, Gonzalo Guerrero, quien será testigo e incluso partícipe de algunas de las historias protagonizadas por los citados personajes, algunos de los cuales conocerá personalmente.

El azar y su afán de progresar, sitúan a Gonzalo en un barco comandado por Valdivia, capitán de Balboa que, con el objetivo de informar del nuevo mar, parte de Darién (actual Panamá) con destino final en la Española (Santo Domingo), donde Guerrero pretende, bajo recomendación de Nicuesa, embarcar como oficial en un galeón.

2.Buque

De esta forma, la nave parte con buen tiempo, pero las peligrosas aguas del caribe y el traicionero clima tropical, acaban por desatar un temporal que azota al barco en alta mar, confirmando los temerosos presagios de algunos marineros tan supersticiosos como agoreros, que poco antes habían advertido señales desastrosas. Ahora, ante las gigantescas olas que engullen el navío y el viento huracanado que lo destroza, luchan sin demasiada esperanza por sobrevivir, aceptando algunos, entre la resignación y la impotencia, el castigo divino que saldará finalmente sus deudas y que hundirá sus pecados junto con el oro y las riquezas de aquel barco.

El combate con la madre naturaleza tuvo que ser encarnizado, el navío finalmente encalla en unos arrecifes llamados “de las Víboras”, también conocido por “los Alacranes”, cerca de Jamaica, y rompiéndose en mil pedazos expira llevándose consigo la mayoría de sus tripulantes.

Unos pocos consiguen salvarse, en un primer momento, de aquel apocalíptico final. Aunque es fácil imaginar − tras la agonía de los días posteriores, navegando a la deriva en una precaria barca, sin agua ni víveres, en un mar infectado de tiburones y donde el sol y el frío rivalizaban despiadadamente con el hambre y la sed − que algunos de los escasos supervivientes iniciales se hubieran sentido afortunados de haber acompañado a sus colegas al fondo del mar.

A los pocos días apenas quedaban una docena de una veintena de hombres y alguna mujer, entre ellos el capitán Valdivia, nuestro Gonzalo Guerrero y un temeroso fraile, natural de Écija, que aún desconocía que sería el primer intérprete maya de la historia y principal testigo de esta narración, Fray Jerónimo Aguilar. Éstos, que se habían visto obligados a recurrir a todo tipo de abominaciones para subsistir, entre ellas el inútil bucle de beber lo que orinaban o (como si de una macabra eucaristía se tratase) alimentarse con la sangre y carne de sus compañeros difuntos. Finalmente, ante la desesperación y el sufrimiento, divisan, en el último momento de su agonía y locura, un atisbo de esperanza. Los graznidos leves de unas gaviotas parecían indicar el final de catorce días de calvario. Una mancha de tierra sin montañas se iba formando.

Poco les dura la alegría. Cuando, exangües, llegan a la playa de aquella tierra desconocida (en la península del Yucatán), apenas les da tiempo a recuperarse ya que, frente a ellos, un número considerable de extraños seres, con el cuerpo semidesnudo, lleno de estigmas y señales, pintados de forma amenazante y armados con lanzas, porras, flechas y cerbatanas, los esperaban con indudable ánimo agresivo.

3.Apocalypto_peq

El capitán Valdivia, haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba sacó su espada dispuesto a defenderse y, entre gritos y aullidos inhumanos (la mayoría provenientes de aquellos salvajes) se enzarzaron en un combate, conscientes los españoles de no tener ya la más mínima oportunidad de salir con vida.

Apenas Valdivia atravesó a uno de ellos, un machetazo seco en el cráneo lo hizo caer como un pelele, dejándolo malherido. El resto se batieron como pudieron, llevándose Gonzalo Guerrero a dos indios 4.General apresadopor delante antes de acabar en el suelo molido a porrazos. Uno de éstos, con certero golpe de macana, reventó como un melón la cabeza de otro marino, huyendo el desgraciado hacia la selva mientras se la sujetaba entre las manos (más tarde sanaría quedándose tonto y perdonándoles los nativos la vida, por infeliz, durante los pocos años que vivió). Los que sobrevivieron fueron apresados y poco a poco sacrificados, pues aquellos indígenas eran caníbales y tanto Gonzalo Guerrero como Fray Jerónimo Aguilar tuvieron que presenciar horrorizados, junto a un par de compañeros más, como el resto, con Valdivia al frente, eran devorados “Cerré los ojos cuando vi que Valdivia moría como mueren las reses en mi tierra, acanalado por el pecho” (narraría Aguilar en sus memorias). La espantosa visión de aquellos salvajes arremolinándose alrededor de la carne de sus hermanos, que morían de la forma más bestial jamás imaginada (sus miembros tirados hacia todos lados y sus cuerpos atravesados por afiladas lanzas), con bastante probabilidad les insuflaría el coraje suficiente para, aprovechando un descuido, escapar al interior de la isla, donde vagaron por la selva como animales. No pasó, sin embargo, demasiado tiempo hasta caer en manos de otra tribu rival quienes, más pragmáticos, los explotaron como esclavos.

Llegados a este punto, permítanme una licencia que pueda dar gusto a mis aficiones cinéfilas. Son, a mi parecer, tres las películas que parecen encajar perfectamente con esta historia, cada una en un momento de ella. La primera que, quizás por ser relativamente reciente, se me viene a la cabeza es “Apocalypto” de Gibson. Si bien un tanto americanizada, las luchas tribales, los raptos, sacrificios y esclavitudes me dan un marco, para bien o para mal, de las escenas más duras que tuvieron que vivir aquellos ancestros nuestros. Las otras dos, me las reservo para no adelantar acontecimientos, pero les aseguro que se adecuan aún más a esta aventura.

5.Mayas

A estas alturas, es ya casi evidente que la primera pareja de actores se centra en el fraile y nuestro olvidado palermo. Los otros dos hombres que escaparon del canibalismo terminaron muriendo de extenuación ante las infrahumanas condiciones en las que se les hacía trabajar. Es así que, tanto el coraje y la fuerza de Guerrero como la fe y la sumisión de fray Jerónimo fueron claves para la supervivencia de ambos. Ahora, soldado y fraile, casi perdida su condición de personas, podían experimentar, seguramente multiplicado por las extremas condiciones de vida allí, la esclavitud que, de forma natural, sus conciudadanos europeos inflingían permanentemente a indios y africanos.

6.Soldado, la misiónEn este punto podemos analizar la diferencia, complementaria si se quiere, de nuestros dos protagonistas. Por un lado el religioso sevillano, fiel a su doctrina, discreto, sumiso y capaz de resistir todas las vejaciones como si de una prueba divina se tratara. Por otro, el guerrero onubense, acostumbrado a golpear primero, al que, seguramente, su rebeldía le provocaría un mayor maltrato que a su circunstancial compañero, pero que  se aferra a su vida como único patrimonio. No obstante, los años de trabajos forzados en aquella isla irán puliendo el ánimo de los dos españoles, adaptándolos por fuerza a la forma de vida nativa.

Durante aquel tiempo los dos cautivos, presenciarían más de una vez enfrentamientos y luchas entre el pueblo que los retenía y otros clanes enemigos, lo cual, por otro lado, era frecuente. Pero, probablemente, en alguna de aquellas batallas, quizás para salvar la vida, tuvieran que participar y pelear, demostrando Gonzalo sus dotes para el combate e impresionando de esa forma a sus captores, quienes acostumbrados a un tipo de guerra más “florida” se asombrarían ante las maneras del esclavo.

Después de esto, los jefes que ejercían de amos empezarían a ver a los dos andaluces de diferente manera, valorando de alguna forma las virtudes que aquellos extraños individuos blancos y barbudos parecían tener, especialmente el luchador. Aunque también el fraile tuvo ocasión de hacer gala de habilidades ignotas para los indígenas, como una ocasión en que, recolectando miel de los paneles, Jerónimo aprovechó la cera para fabricar velas y cirios, dotando a los sorprendidos nativos (aunque no fuera su intención inicial) de una fuente de luz más cómoda, económica y versátil que las hasta entonces exclusivas hogueras. Es por esto, que en algunos de sus trueques y negocios, el cacique del clan que los retenía los regalaría como valioso presente al monarca de otra tribu, Nachán Can, quien a su vez cede el palermo a su jefe militar, Nacom Balam, que inmediatamente reconoce en Gonzalo a un similar, aunque todavía no era consciente del potencial que Guerrero poseía. Éste, tuvo oportunidad en alguna ocasión de demostrar su nobleza y valor ante el jefe maya, quien a partir de entonces lo empezaría tratar con más respeto.

Entre tanto Fray Jerónimo ve, temeroso, como Guerrero se va aculturando y participando cada vez más de las costumbres de aquellos salvajes, e incluso mantiene, aunque no era la primera vez, relaciones sexuales con mujeres (siempre discretas porque aún sufría la condición de siervo) algo que el fraile evitaba con todas sus fuerzas para aferrarse a su castidad como último resquicio de su religión.

De esta forma, mientras el religioso trataba de pasar desapercibido, asumiendo su papel e intentando llamar la atención lo menos posible, en espera de algún milagro que recompensara su penitencia, Gonzalo empieza a gozar de una cierta consideración entre los indígenas, especialmente los guerreros, cuya pareja admiración y envidia (ya que aquel extraño empezaba captar la confianza de su jefe) provocará más de una disputa que el de Palos salvará con honor y valentía.

Continua…

Enrique Carrillo.

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