La Huelva Cateta

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En un rincón del alma: Proa

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en sábado, 3 noviembre 2012

Muelle del Tinto, serpenteado, majestuoso, idílico. Espejo claro y reflejo vivo en favor del pigmento inquieto de algún artista noble y recio que quisiera guardarse para sí un embeleso. El alba posándose sobre el esqueleto de “ferrum” y el blando maderaje que lo corteja. Las barquitas multicolores, como cascarones de nuez, meciéndose suaves al compás de la brisa marinera: “María del Mar”, “Estrella”, “Marisa”… Las sombras cuadriculadas y enigmáticas  en la quietud de la ría en noches de luna mágica.

Playa de la Gilda, concha de los arrullos, blanca y pequeña, en donde un día en que los astros se recrearon en conjura la palma de la mar dejó impresa su huella. Playa de la Gilda, con dibujos circulares en su arena, como mandala que albergara el sedimento de todos los tiempos. Y en la memoria de tantos y tantos chavales la caricia de sus aguas que por entonces lucían inmaculadas. Playa de la Gilda, en el mejor de los marcos puesta y eternizada.

Un barco pesquero, medio derruido, varado, haciendo de morada azul turquí y efímera. Un barco pesquero, marcado a fuego en los corazones henchidos de dos estudiantes de Preu. El amor primerizo entre tuercas y tornillos, trozos de madera, argollas de hierro, cabos sueltos ya por las puntas deshechos y la bodega repleta de periódicos viejos. El amor primero de los tesoros y de los sueños.

Balneario de la Cinta: “acogedor, con espléndido servicio de bar y cómodas terrazas, piscina para los más pequeños y hasta un botiquín para la asistencia sanitaria, servicio ininterrumpido de autobuses desde las siete de la mañana hasta las nueve y treinta minutos de la noche. Que por una módica cantidad puede hacerse socio del mismo y disfrutar de la serie de ventajas que en él existen. Patrocinado por la Obra Sindical de Educación y Descanso”. Balneario de la Cinta, hecho a la marinesca, un balcón de cara a la mar de Huelva.

La mirada de Colón escudriñando allende los mares. Las palmeras de Arabia. El trozo de playa con el embarcadero de vigas ennegrecidas y los más valientes tirándose desde su atalaya. Los jóvenes bañistas jugueteando como locos con los neumáticos gigantes de camión. Las familias enteras, como piñas, disfrutando de los aliños y de la tortilla de patatas. Los vestuarios de por detrás, y en los mostradores los bañadores que se alquilaban. El olor de los eucaliptos. El tren despacioso de los asientos de láminas de madera.

Aquellos paseos con mi padre a lo largo de la avenida de Francisco Montenegro, montados en la “BH” negra, tan felices y canturreando don Jesús a pleno pulmón “Mi Buenos Aires querido”…

J. J. Conde

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La mar de Huelva

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en domingo, 17 junio 2012

Puede que no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. Capa inmensa repleta de encantamientos, lo mismo al alba que a la tarde o en la clara lunar. Manto galano de azules y de verdes espolvoreado de sal. Espejo mágico en donde tan pocas veces el hombre se mira, y cuando se mira el hombre abre su corazón prieto de par en par para comulgar en secreto y limpiarse el alma y a la vez la paz que le toca hondo y, con ello, el renacimiento de un hombre nuevo.

Puede que no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. La mar que nos abraza cada día, como queriéndonos proteger de cualquier embestida que nos hiciera caer de bruces y desfallecer. La mar tuya. La mar mía. La mar, tuya y mía. Mar salpicada de gestas en la historia y cuna de agua de marinos gigantes: marinos que se quedaron inmortalizados a cincel en el granito de las piedras. La mar, lejana y rosa, que a escondidas buscaba mi ánimo inocente aquellas tardes en las que camino del “quinto pino”, con la manigueta acariciando el aro de hierro, me adentraba por entre las marismas y allí me quedaba ya, preso de un sueño atiborrado de pesqueros y de olas, del olor del salitre y de gaviotas.

Puede que no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. La mar que recibimos como regalo en el amanecer de un tiempo, y que a fuerza de darle la espalda y la espalda darle se nos convirtió en cristal opaco en el que las figuras se quedan difuminadas y la espuma, ¡ay, la espuma!, que ya no es nacarada. Que se fundieron en la mar otros hábitos muy distintos, impropios de la seña marinera, y fueron abriendo en canal, poco a poco, el cordón umbilical que nos mantuvo pegados al borbotear incesante de sus aguas, a su emblemática corriente, a su abrazo milenario, a la cadencia de un entorno privilegiado. Mar de reflejos vivos, de majestuosas onduladas y de barquitas de colores; que por pasivos nos la desfiguraron en nombre de una progresión mal entendida y miope, desprovista de sentimientos, sin querencias ninguna, sin más metas que la socavación de la identidad propia a costa de lo que fuera. La mar. La ría. Cómplice la ría de un sinfín de emociones y de cánticos: del amor etéreo de dos estudiantes de “Preu” en noches de luna llena, del muelle del Tinto entre las sombras enmarcado, de la playa de la Gilda como la palma de la mano, del Balneario de la Cinta hecho a manera de barco inmaculado, de los eucaliptos en interminable hilera, de Colón austero y vigilante… ¡de cuántas cosas!

(Foto: http://www.pueblos-espana.org)

Puede que, definitivamente, no haya gozo más intenso que la contemplación de la mar. La mar de Huelva. A la que debemos entregarnos en cuerpo y alma sin más dilación, sin más espera, con las ganas bien dispuestas, con el orgullo enraizado por haber sido engendrados bajo su mirada de plata y serena. La mar de Huelva, la que quisiéramos que fuera y la que podemos hacer que sea si aunamos las voluntades y como un solo marinero la trabajamos desde cubierta. La mar de Huelva, la que tenemos que llevar en todo momento suspendida de los labios para que aún más se extienda, la que debe estar constantemente en nuestros corazones impresa. La mar de Huelva, onubenses. La mar de Huelva, la nuestra.

J.J. Conde

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