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Onubenses por el mundo: Un cateto en Manila

Posted by www.LaHuelvaCateta.es en domingo, 28 febrero 2010

Para el día de Andalucía queremos proponer con este artículo, lo que esperamos sea una saga de historias de onubenses viajeros al más puro estilo de “Andaluces Por el Mundo”. Para este primer artículo, nuestro amigo y colaborador “Lector” nos cuenta cosas de su prolongada estancia en Manila, capital de las Islas Filipinas, al otro lado del mundo. Esperamos que os guste:

Lo primero que impacta al llegar al aeropuerto de Manila es la humedad, que pocas veces baja del 80 por ciento, y la temperatura, que oscila entre los 25 y los 35 grados durante todo el año. Algunos no lo soportan, pero la mayoría nos acostumbramos en menos de una semana. Otra cosa son las cucarachas, que salen al anochecer, se cuelan hasta en los pliegues de la toalla, te despiertan por la noche paseándose por tu nuca y, lo peor, te pican. Los filipinos lo llevan bien; yo todavía no.

Manila

La llamaban “La perla de Oriente” porque era la ciudad más avanzada, occidentalizada, rica y hermosa del sudeste de Asia, y lo siguió siendo hasta la Segunda Guerra Mundial. Pero Manila ya no tiene alma: se la arrebataron las bombas americanas para “liberar” (bonito eufemismo) al pueblo filipino del yugo japonés. Se cargaron en tres días a 150.000 filipinos y el 90 por ciento del patrimonio arquitectónico colonial que heredaron de los españoles; no en vano fue la segunda ciudad más destruida durante la Segunda Guerra Mundial después de Varsovia. Por eso Manila no tiene monumentos destacados, pero se conservan algunas iglesias y catedrales, edificios sueltos y fortificaciones bien hermosos, pero son sólo un resto de lo que en tiempo fue. Filipinas, sin embargo, es un paraíso vivo: basta salir de la capital para disfrutar de una naturaleza impresionante: Palawan, Ifugao, Boracay, Mindoro, Camiguin, Vigán (guglead, guglead…).

Catedral de Manila

Isla de Corón. Archipiélago de Palawan

Isla de Malcapuya. Archipiélago de Palawa

Isla de Malcapuya. Archipiélago de Palawa

Los filipinos son gente sonriente, servicial, agradecida y simpatiquísima. Y fuertes ante las adversidades. Personas que habían perdido toda la casa tras el tifón Ondoy te lo contaban como si estuvieran hablando de una anécdota. Cierto que los asiáticos contienen las emociones, pero también es cierto que no se paran a lamentar por algo que no pudieron evitar.

Residentes sobre los cables eléctricos tras las inundaciones provocadas por el Tifón. Imagen: REUTERS/Erik de Castro. Fuente: http://www.boston.com

El castellano está casi extinguido y sólo lo hablan las personas de la clase más alta (algunos políticos hablan español) que son descendientes de los criollos españoles. El último periódico en castellano, que era una gacetilla que salía cada dos semanas, desapareció a fines del siglo pasado. La influencia de España está presente en la gastronomía (hay paella, lechón, ensaimada, adobo, gambas al ajillo, aunque no son exactamente los nuestros), el vocabulario (kumustás??, disgrasya, trabaho) y, eso dicen ellos, la corrupción (pudiera ser, pero entre España y la independencia estuvieron medio siglo ocupados por Estados Unidos).

Caótico orden del tráfico de Manila

Manila es una ciudad incómoda y caótica para vivir. No existe una red pública de transporte ni nada parecido, sino que cada uno debe ir aprendiendo poco a poco cómo llegar a los sitios. Existen tres líneas de metro elevado que forman un círculo y pertenecen a dos compañías diferentes (un viaje cuesta 20 céntimos de euro). Hay autobuses (como los de Damas) que hacen líneas por la ciudad, pero no hay paradas sino que te puedes bajar hasta en medio de una autopista (en serio, que yo lo he vivido) con sólo pedirlo al conductor; si quieres saber a dónde van tienes que entender al copiloto que va pegando voces con la puerta abierta o pararte a leer al costado del vehículo. Los jeepneys, que son un símbolo de Filipinas, más de lo mismo, pero hacen rutas de barrio a barrio, de no más de 4 kms. También están los FX, taxis-furgonetas con aire acondicionado, y los taxis (puedes estar media horita en uno y pagar un euro y medio). También están los triciclos (tirados por bici o por moto) que te llevan por dentro de un barrio o barangay (a la gente aquí no le gusta caminar, el concepto de paseo es casi inexistente). El combustible que usan es de la peor calidad posible y eso nos lleva a los mayores problemas de esta ciudad: la contaminación y el tráfico. Los atascos europeos son una broma comparados con éstos. Los jeepneys dejan nubes negras a su paso y muchos optan por caminar con un pañuelo en la nariz o una mascarilla. Lo peor es que la polución se te pega al cuerpo y si pasas mucho tiempo en la calle, el pelo te huele a gasolina quemada.

Los supermecados no tienen ni jamón, ni chorizo, ni mortadela, ni queso: eso hay que comprarlo en tiendas de ‘delicatessen’ a un precio estratosférico (y yo, para que os voy a engañar, de vez en cuando no puedo más y compro algo). El periódico sale a un euro (caro).

Aquí el concepto de crisis no funciona porque es contínua: la verdadera crisis llega cuando hay una mala cosecha de arroz y el precio sube; si la gente empieza a pasar hambre, entonces es que hay crisis de verdad (el pan no se come casi, aunque nos parezca improbable). La crisis les afecta en las remesas de los ‘filipino overseas’, su población fuera del país, que es de 25 millones de habitantes, la mayoría en Estados Unidos, Canadá, Emiratos Árabes y Europa.

Manila es, en pocas palabras, un conglomerado inhabitable incrustado en medio del paraíso.

Lector.

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